viernes, 29 de agosto de 2025

Capítulo 22: Reconocimiento

El tiempo pasó.

Peleas. Misión tras misión.
Grietas en las paredes del cuartel 11.
Marcas de su reiatsu, mezcladas con las cicatrices de otros.

Él no se impuso.
Se ganó el respeto.
A puro entrenamiento y combates.
A puro volver con todos vivos.

Un día, lo llamaron al 1° Escuadrón.
El Comandante Kyōraku lo esperaba recostado en su sillón, sake en mano.

—Capitán, toma asiento.

Él obedeció en silencio.

Kyōraku sonrió.

—Dicen que lograste domar a esas bestias.

Él entrecerró los ojos.

—No son bestias.
—Solo hombres y mujeres que quieren pelear.
—Yo solo los guío.

Kyōraku dejó escapar una carcajada suave.

—Bien dicho.
—No pierdas eso.
—...Serás un buen Capitán.

De regreso, el cuartel del 11° Escuadrón estaba caluroso y ruidoso.
Pero al verlo entrar, todos se callaron un segundo.
Algunos hicieron un gesto con la cabeza.
Otros solo lo siguieron con la mirada.

Uno de sus hombres se le plantó en el pasillo.

—Capitán. Dos cosas.

Él frunció el ceño.

—Habla.

El subordinado tragó saliva.

—¿Por qué no tenemos aun teniente?

Él suspiró.

—Ikaku renunció antes de que yo llegara.
—Tenía sus motivos.
—Tal vez lo mejor sea deba hablar con él.

El otro bajó la cabeza, conforme.

—¿Y la segunda?

Señaló el mango negro sobresaliendo de su espalda.

—¿Por qué nunca usas esa zanpakutō?

Silencio.
Su mirada se endureció.

—Porque no sé si sea seguro para ustedes.
—En mi espalda... puedo controlarla.

El shinigami alzó la barbilla.

—No importa.
—Somos el 11° Escuadrón.
—Si algo te pasa, pelearemos contigo.

Él se quedó quieto.
Luego asintió.

—Entiendo.

Le pasó una mano por el hombro y siguió su camino.
Escuchó los pasos de su escuadrón detrás.
Sonrió apenas.
Esta vez, esos cuarteles ya no era un lugar prestado.
Era su hogar.

miércoles, 27 de agosto de 2025

Capítulo 21: La prueba del 11° Escuadrón

Los días pasaban lentos y ásperos como una soga mal hecha.

Él llevaba el haori del 11° Escuadrón sobre los hombros, pero no sobre el corazón.
El escuadrón no lo aceptaba.
Lo miraban con recelo, con desconfianza.
Algunos con desprecio apenas disimulado.
Otros con asco.

Porque así era la tradición del 11° Escuadrón.
El Capitán siempre se había ganado el puesto con sangre.
El nuevo tenía que matar al viejo.
Ese era el contrato tácito.
Ese era el derecho de mando.

Pero esta vez no había sido así.
Zaraki Kenpachi había muerto en combate, y el Comandante Kyōraku lo había nombrado a dedo.
Un acto que para muchos fue como escupir en el suelo sagrado del 11° Escuadrón.

Podían acatar la orden del Seireitei.
Pero aceptarlo como Capitán… era otra cosa.

Él podía sentir sus ojos en la nuca cada vez que pasaba por los pasillos.
Podía oír sus murmullos.
Podía leer en sus gestos la burla y el odio.

Hasta que un día, harto de todo eso, se detuvo en medio del patio del cuartel.
Rodeado por decenas de shinigami de su escuadrón, levantó la voz con todo el aire de sus pulmones:

—¡Escúchenme bien, bastardos!
—Si alguno de ustedes quiere este haori, venga por él.
—Si no me quieren como Capitán… ¡quítenmelo!
—¡Y háganlo... solo como el 11° Escuadrón sabe hacerlo!

El silencio que siguió fue como un filo.
Algunos se miraron, incrédulos.
Otros rieron, pensando que estaba loco.

En un rincón dos veteranos se cruzaron miradas.
Uno soltó una carcajada ronca.

—No será como Kenpachi... pero tiene agallas para gritarnos a todos.

El otro asintió con media sonrisa:

—No sé si son agallas o simplemente está loco... pero me empieza a gustar el nuevo Capitán.

No dijeron más.
Se dieron la vuelta, dejando al resto clavado en su lugar.

Y luego todo se desató.
Uno tras otro saltaron al círculo.
Espadas desenvainadas, shikai liberados, gritos feroces.
El patio se transformó en un campo de batalla improvisado.

Él no sacó sus zanpakutō.
No pronunció sus nombres.
No liberó nada.

Solo peleó.
Con las manos desnudas.
Bloqueando filos con movimientos certeros.
Esquivando tajos mortales con un paso mínimo.
Atajando golpes y lanzando a sus atacantes contra el suelo.
A veces con un solo dedo en la frente.

Horas pasaron así.
El polvo del patio se alzó como niebla.
El aire olía a sudor y sangre.
Sus nudillos estaban ya gastados.
Su haori sucio y desordenando.
Su respiración se volvió un jadeo áspero.

Pero nunca cayó.
Ni una sola vez.

Uno a uno, sus hombres cayeron exhaustos.
No muertos.
No heridos de gravedad.
Solo vencidos.

Finalmente, al verlos tirados, temblando y cubiertos de polvo, levantó la mano:

—¡Tiempo!
—Ya fue suficiente juego por hoy...
—Me duele la espalda de tanto moverme.

El silencio fue roto por una carcajada seca.
Uno de los shinigami en el suelo se incorporó con un gruñido:

—¿Cómo que juego...?
—¡Pensé que veníamos por tu cabeza!

Él le devolvió la mirada.
Y sonrió.
Una sonrisa cansada pero llena de vida.

—Vendrán por ella... cuando puedan.
—Cuando puedan sacarme este haori con mi cadáver aún caliente.
—Hoy... apenas lograron un simple calentamiento.

Algunos bajaron la cabeza, avergonzados.
Otros levantaron el puño con rabia.
Pero todos escuchaban.

—Mañana seguimos —dijo, dándose la vuelta con un suspiro—.
—Si en verdad son el 11° Escuadrón, demuéstrenlo.
—Si quieren quitarme este haori... primero tienen que sobrevivir a mis juegos.

Un murmullo se transformó en un rugido.
El puño de todos se alzó al unísono:

—¡SÍ!

Él caminó hacia los pasillos del cuartel, dejando atrás el campo lleno de shinigami agotados y sonriendo como niños.
Fue entonces que vio a Yumichika apoyado contra la pared, mirándolo con su aire lánguido.

—Al parecer —dijo un antiguo miembro del escuadrón, con un tono burlón pero sincero— ya te estás ganando su confianza.
—No serás como Zaraki Kenpachi... pero tienes tu propio estilo para jugar con ellos.
—Bienvenido, Capitán.

Él solo bajó la cabeza un momento.
El haori, pesado como siempre, ondeó tras él.
Pero por primera vez… sintió que le quedaba bien.

lunes, 25 de agosto de 2025

Capítulo 20: En la azotea del 11° Escuadrón

La noche había caído sobre el Seireitei como un sudario.

En la azotea del cuartel del 11°, las grietas negras, recuerdo de antiguas batallas seguían allí.

Él estaba solo.
O eso creyó.

Su haori de Capitán ondeaba con el viento frío.
Su reiatsu chisporroteaba, oro y negro mezclados en corrientes violentas.
No podía dormir.
No podía calmarse.
Solo preguntarse por qué.

Pero pronto sintió sus presencias.
Ellas estaban allí.
Calladas, pero imposibles de ignorar.
Sabía que lo observaban desde la sombra del umbral de la azotea.
No necesitaba mirarlas para saberlo.

Él habló al viento, con la voz cargada de rabia y cansancio:

—¿Por qué yo?
—Hay cientos que matarían por este puesto.
—¿Por qué no uno de ellos?

Silencio.
Solo el susurro del viento recorriendo los tejados.
El sonido áspero de su respiración.

Finalmente, escuchó la respuesta, dura como el acero:

—Porque ellos lo querrían.
—Y eso es justo lo que no se puede permitir aquí.

Él bajó la cabeza.
Hinomaru en su cintura pesaba como si tuviera un millar de pecados incrustados en su hoja.
Manzachiri en su espalda latía como un corazón salvaje, contenido pero vivo.

—¿Eso es todo? —escupió la pregunta con amargura— ¿Por que yo?

Otra voz, más serena, contestó:

—Porque tú sabes lo que es tener miedo de tu propio poder.
—Y alguien que conoce ese miedo no se deja corromper tan fácil.

Sus dedos temblaron en el mango de una de sus zanpakutō.
El frío de la noche no era nada comparado con el frío que sentía por dentro.

—No pedí esto.
—No quiero cargar con ellos.
—No quiero ser responsable si mueren.

El viento se detuvo un segundo.
Como si contuviera el aliento.

La última voz se unió, tranquila pero grave:

—Por eso mismo.
—Porque tú serías el primero en morir por ellos.
—Porque no los dejarías atrás.
—Y porque entiendes el peso de la decisión de mandar a alguien a morir.

Se hizo un silencio aún más denso.
Su respiración era áspera, casi un sollozo contenido.
Su reatsu se agitaba en oleadas contenidas.

Finalmente habló, apenas un susurro:

—Yo no quería ser Capitán.
—Yo solo quería... protegerlas.

La respuesta fue simple, casi brutal en su honestidad:

—Eso es exactamente lo que hace un Capitán.

Y con esas palabras, se marcharon.
Dejándolo solo bajo la luna.
Dejándolo con sus pensamientos.
Con el eco de su propio juramento.

El viento volvió a soplar.
Su haori ondeó con más violencia, como si quisiera volar de su cuerpo y abandonar esa carga.

Miró su sombra proyectada en las tejas.
Una única silueta.
Pero dentro de ella, podía ver dos corazones latiendo.
Una luz.
Una oscuridad.
Ambas suyas.

Y entendió, con dolor pero sin dudas, que aunque nunca hubiera querido ser Capitán…
era el único que no podía permitir que ese puesto quedara vacío.

viernes, 22 de agosto de 2025

Capítulo 19: El peso del haori

Ya habían pasado años desde aquella guerra.

Él se había convertido en un shinigami a la altura de cualquier teniente… e incluso de varios capitanes.
Pero a pesar de sus logros, de sus misiones cumplidas y su evolución como espadachín, había algo que todos en el Seireitei comentaban con extrañeza.

No usaba a su segunda zanpakutō.

Aquel que podía rivalizar en combate directo con el mismísimo Zaraki Kenpachi…
Le temía a su propia espada.

Muchos lo admiraban. Otros lo cuestionaban. Algunos incluso lo temían.
Pero nadie podía negar lo que se avecinaba.

Hasta que finalmente ocurrió.


Una batalla.
Una guerra inesperada.
Y el resultado que ningún escuadrón quiso aceptar:

Zaraki Kenpachi había caído.

El mismo demonio del Escuadrón 11…
El monstruo incontrolable…
…había sido vencido.

El escuadrón entero quedó devastado. No sabían cómo reaccionar.
Algunos lloraban. Otros se enfurecían. Algunos, en silencio, simplemente miraban al cielo.

Él no podía morir…
¡Él era nuestro Capitán!
¡Nuestro monstruo!

La sala de reuniones del Primer Escuadrón estaba cargada de un aire pesado y gris.
Los capitanes habían sido convocados de inmediato por el Capitán Comandante Kyōraku.

Frente a todos, el Comandante anunció la noticia con la misma tristeza que el resto:

—Zaraki Kenpachi… ha caído en batalla.

Un susurro de incredulidad se escuchó entre los presentes.

Mayuri fue el primero en hablar, con su tono acostumbradamente despectivo:

—Quién diría que algo mataría a ese demonio… Una lástima. Me hubiera encantado tener su cadáver para disección.

Rose apretó el puño, con la mandíbula tensa:

—¡Ten respeto, maldito loco! Al menos honra a los que ya no están con nosotros.

Un silencio helado se adueñó del lugar.

Kyōraku soltó un largo suspiro y agregó:

—Le ofrecí el puesto a uno de los miembros veteranos del escuadrón… pero lo rechazó.
Tendremos que nombrar a alguien más.

Abbys fue la primera en hablar sin rodeos:

—Si buscan un monstruo que no pierda el control… solo hay uno que conozco.

La maga del 4° escuadrón asintió con calma:

—Tiene una luz que lo guía… y una oscuridad que lo arrastra. Pero todavía no ha sucumbido.

Incluso Rukia, Capitana del 13°, levantó la voz con firmeza:

—Él nunca nos ha dejado atrás. Nunca.

Kyōraku sonrió con cierta melancolía. Miró hacia el techo unos segundos, luego cerró los ojos:

—Entonces será él.

—Aunque sé que no lo quiere.
—Él no desea títulos… ni aplausos.
—Solo quiere proteger.


Horas después, fue llamado a la Cámara Central.

Kyōraku lo esperaba de pie. Bebía sake con tranquilidad, pero su voz no vaciló:

—Tú peleaste que tantas guerras y sobreviviste, y llevaste tu escuadrón de vuelta con vida.

—No eres el más fuerte. Ni el más cruel.

—Pero eres el único… que camina con el sol y la oscuridad en la espalda.


La ceremonia fue convocada rápidamente.

El patio del Primer Escuadrón estaba en completo silencio.

Los 11 capitanes formaban un semicírculo.
Detrás del Capitán Comandante ondeaba el estandarte viejo del 11° escuadrón.
A su lado, colgaba el haori blanco del Capitán perdido… aún manchado con sangre reseca.

Cuando apareció, todos lo observaron.
Su reiatsu vibraba entre dorado y negro, danzando como una tormenta contenida.

Llevaba a Hinomaru en su cintura.
Y a Manzachiri, sellada con inscripciones oscuras en su espalda.

Kyōraku bebió un último sorbo, lo observó con su ojo brillante y le preguntó:

—¿Estás seguro de aceptar esto?

—El 11° no es para diplomáticos. Ni para cobardes.

Él tragó saliva.

En su costado, ellas lo observaban.

Abbys, con el rostro severo pero con los ojos firmes, sabiendo que su momento había llegado.
La Maga, con una mirada suave, pero profunda, deseando que todo salga bien.
Y su excapitana Rukia, con una leve sonrisa, sabiendo lo mucho que le había costado llegar hasta allí.

Él bajó la mirada. Respiró hondo. Luego la levantó con decisión.

—No quiero el título.
—…Pero no pienso dejarlo vacío.

Kyōraku sonrió con una expresión satisfecha.

—Entonces toma esto.

Le tendió el haori.
El mismo que había usado Zaraki Kenpachi.
El mismo que había guiado a un escuadrón durante generaciones.

Lo tomó con ambas manos.
El peso no venía de la tela… sino de la historia.
De la sangre.
De la violencia.
De lo que representaba.

Finalmente, se lo colocó sobre los hombros.
El viento sacudió los bordes del uniforme mientras el silencio cubría todo.

Un aplauso rompió la tensión.
Luego otro. Y otro.
No todos sinceros. Algunos temerosos. Otros por compromiso.

Un shinigami del 11° gritó desde el fondo:

—¡Nuestro Kenpachi!

Pero otro murmuró:

—Un falso Kenpachi…

Él bajó la cabeza, con el haori cubriendo su espalda.

No soy Kenpachi.
Solo soy yo.

Kyōraku se ajustó el sombrero, sonriendo otra vez:

—Bienvenido, Capitán.
—Manténlos a raya…
—Y no dejes que te maten en el proceso.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Capítulo 18: Juicio de los Deseos Celestiales

 Los sueños con esa figura junto al río se volvían cada vez más intensos. En cada uno, lograba verla más claro: no era él mismo, pero su presencia imponía como la de un dios antiguo, algo anterior a todo lo que conocía.

Pasaron años. Pocas veces usó el bankai de Manzachiri; se podían contar con los dedos de una mano.

En un entrenamiento, Abbys lo observaba mientras descansaban.

—Oye... —dijo limpiándose el sudor—. ¿Por qué solo usas dos deseos de Hinomaru? Son tres soles... ¿no deberían ser tres deseos?

Él bajó la mirada.

—Sí... pero cada vez que intento usar el tercero, algo me detiene. Es como si me dijera que no es el momento.

Abbys asintió con seriedad. Entendía más de lo que decía.

Con el tiempo, se volvió uno de los shinigami más fuertes de su escuadrón. Incluso decían que estaba por encima de Sentarō Kotsubaki, el teniente, aunque él prefería mantener un bajo perfil. A todos les caía bien, y más por cómo nunca dejaba de entrenar junto a sus amigas de la infancia, ahora capitanas reconocidas del Gotei 13.

Un día llegó un llamado de emergencia. El Escuadrón 2 había sido superado en misión. Pedían refuerzos de varios escuadrones... pero el 13 no estaba convocado.

Fue directo a la oficina de Rukia.

—Capitana... déjeme ir.

—Está prohibido. No nos han llamado.

—No me importa. Algo dentro de mí me dice que debo ir. Que debo protegerla... cueste lo que cueste. No me quedaré aquí sentado mientras ella muere. Si tengo que enfrentar a todo el Seireitei para salvarla, lo haré.

Rukia lo miró largo rato. Entonces, su rostro se iluminó con una pequeña sonrisa.

—Cuando vuelvas, tendrás un castigo. Quédate advertido. Así que asegúrate de volver vivo... y tráela contigo.

Salió sin dudar. Corrió al senkaimon. Los guardias lo dejaron pasar casi sin preguntar, como si supieran algo de antemano. Quizá una pequeña capitana ya había dado instrucciones.

Al llegar al mundo humano, supo que no había exagerado. Jamás había visto tantos Menos Grandes juntos en un sitio tan árido y devastado. Era como si los hubieran atraído a propósito.

Abbys lo vio llegar en medio del caos. Saltó hacia él, casi furiosa:

—¡Di orden de que no te quería aquí!

Él solo se encogió de hombros.

—Ah... no me avisaron. Vine solo.

Abbys lo miró con rabia y alivio a la vez.

—Si ya estás aquí, desembaina. Pero si lo haces... ¡no pierdas el control!

Sabía a qué se refería. A Manzachiri.

Pero él tomó a Hinomaru en su mano y murmuró:

—Guía mi destino... Hinomaru.

Adjuchas se le abalanzaron. Los fue cortando con la hoja, desviando golpes con la saya. Fue una ayuda crucial para mantener el frente. Pero los Menos Grandes no cesaban de llegar.

Miró a su alrededor. Sabía lo que debía hacer.

Respiró hondo. Su voz fue fría, decidida:

—BANKAI.

Tres soles ardientes surgieron a su espalda. Algunos shinigami se quedaron boquiabiertos. Habían oído rumores de su bankai, pero no lo habían visto.

—Escucha mi deseo... Senbonzakura.

Del primer sol brotó un fuego carmesí que se fragmentó en pétalos ardientes, como los de Byakuya. Cortaron en mil pedazos a decenas de hollows.

El primer sol se apagó y se convirtió en un orbe que giró a su alrededor.

—Escucha mi deseo... Felina.

Su espada y saya se transformaron en la forma del shikai de Abbys. Ella gritó:

—¡Ahora!

Los dos lanzaron un ataque coordinado, como si hubieran practicado juntos por años esos movimientos. Hollows cayeron destrozados en un abrir y cerrar de ojos.

El segundo sol también se apagó y giró a su alrededor como un orbe. Solo quedaba el sol central.

Abbys lo miró de reojo:

—¡No pares! ¡Usa todo!

Él tragó saliva. Dudó, pero habló:

—Escucha mi deseo... Haineko.

El sol se transformó en arena incandescente. Una tormenta abrasadora consumió a todo hollow en su trayectoria.

El último sol se tornó un orbe... y algo extraño sucedió.

El orbe estalló en llamas que cubrieron su cuerpo entero. Todos contuvieron el aliento, temiendo lo peor.

De su interior se escuchó un grito:

    ¡DIOS CELESTIAL HINOMARU!

Las llamas se disiparon revelando su verdadera forma de bankai: una armadura samurái completa, reluciente como el sol naciente, protegiéndolo de pies a cabeza. El casco una cabeza de Dragón, con su boca abierta, como si estuviera lista para lanzar bolas ardiente desde su frente. El peto, las hombreras, los brazales y las grebas brillaban como oro fundido. Manzachiri estaba sellado en su espalda, contenido por placas doradas que parecían crecer de la armadura misma para evitar que interfiriera.

Cuando se movió, fue tan rápido que sus aliados apenas podían seguirlo. Cortaba a hollows y Menos Grandes como si fueran aire.

Se detuvo en medio del campo, rodeado de enemigos. Levantó su espada al cielo y dijo con voz solemne:

—¡Juicio de los Deseos Celestiales!

De la punta de su hoja brotaron dragones de fuego que se lanzaron en todas direcciones, atravesando a cada hollow, arrasando sin piedad.

Cuando el silencio reinó al fin, el suelo estaba cubierto de cuerpos consumidos.

Abbys se puso de pie con dificultad, tapando con la mano una herida en su brazo. Lo miró con asombro y respeto.

—Así que... ese es tu bankai. Tu verdadero bankai.

Él la miró, exhausto, con lágrimas recorriendo sus mejillas. No eran de dolor ni de miedo.

—Sí —susurró—. Ahora puedo protegerlas... tanto como ustedes me protegieron todos estos años.

lunes, 18 de agosto de 2025

Capítulo 17: El Precio de Proteger

Con el tiempo, él aprendió la verdadera naturaleza del bankai de Hinomaru. Logró invocar formas de varias zanpakutō, incluso de capitanes de los 13 escuadrones y otras consideradas leyendas de la Sociedad de Almas.

Pero había algo que no estaba bien. Y todos lo notaban.

Sus amigas se lo habían dicho más de una vez:

—Si Manzachiri tiene shikai, debe tener bankai. —La Maga lo decía con calma, pero con fuerza—. Si ya puedes usarlo... ¿por qué no vas más allá?

Pero él desviaba la mirada.

Manzachiri se materializaba en su mundo interior, oscuro y denso como brea. Su voz pesada y casi burlona:

Mi bankai es el más poderoso de todos. Superaría incluso a esas "grandes leyendas" que tanto veneras. Pero no lo usas... porque tienes miedo.

Sí, pensaba. Era miedo.
Pero no a morir.
Miedo a perderse. A dejar de proteger.
A destruir a quienes amaba.

Porque para él, sus amigas y su escuadrón eran más que camaradas. Eran su familia.

En cada misión, cuando todo se salía de control, no gritaba el nombre de Hinomaru.
Gritaba el de Manzachiri.

Con el tiempo, entendió por qué: Hinomaru lo convertía en un bastión, un muro inquebrantable.
Pero Manzachiri... era destrucción pura, velocidad asesina, al nivel del bankai de la capitana Abbys.

Pero esa misión fue distinta.
Un escuadrón pequeño.
Demasiados caídos.
Sangre shinigami marcaba el suelo del mundo humano.

Sus amigas estaban rodeadas.
Y todos sabían que no habría refuerzos.

Fue entonces cuando ellas se miraron y entendió.
Abbys clavó su mirada feroz en el enemigo.

—...BANKAI.

En un estallido de reiryoku, placas negras como obsidiana recubrieron su cuerpo, formándole una armadura ajustada con garras afiladas. De su espalda surgieron espinas que se alargaron formando una cola flexible. Su cabello se erizó como si tuviera orejas felinas, y su reatsu rugió como una bestia.

A un costado, la Maga respiró hondo. Su voz fue fría y grave:

—BANKAI.

Su uniforme se volvió blanco como la cal. Su cabello y piel se volvieron tan pálidos como la nieve, pero sin frío. De su espalda se balanceaba un péndulo gigantesco que giraba lentamente, emitiendo un sonido metálico como campanadas. Su mirada se endureció.

En ese momento Abbys gritó:

—¡Todos los shinigami de bajo rango, retírense—ya! ¡Vuelvan al Senkaimon! ¡Los demás lucharemos hasta el final!

Hubo un si al unísono.

Él tragó saliva.
Su respiración se aceleró. Aunque ya poseia un bankai, no era catalogado como un shinigami de alto rango.
Un chico de su escuadrón le agarró el brazo con desesperación.

—¡Es una orden! ¡Embaina eso y vámonos!

Él lo miró con ojos apagados.

—...No. Esta vez, yo las voy a proteger...

El chico se quedó helado.

Fue entonces cuando escuchó esa voz pesada en su mente.

Yo te prestaré todo mi poder. Verás que no serán rivales para nosotros...

Su reiryoku se agitó como un huracán.
El aire se volvió denso.
Su mirada se endureció.

—...BANKAI.

Una explosión de brea negra cubrió su cuerpo.
Su shikai se retorció y cambió.

Un casco negro se formó, cubriendo su cabeza hasta sus ojos, con un cuerno afilado en la frente. Su lado derecho se reforzó con una hombrera enorme y maciza. Al lado izquierdo placas óseas negras cubrían el costado, como protegiendo donde normalmente estaría Hinomaru... pero Hinomaru se veía sellado en su espalda con filamentos duros y retorcidos como huesos.

Muñequeras gruesas se formaron en sus brazos, de las cuales emergían tentáculos negros como brea viva, retorciéndose, ansiosos.

Su reatsu era tan denso que deformaba el aire.

Abbys giró con horror.

—¡¿QUÉ MIERDA HAS HECHO?!

Antes de que pudiera moverse más, un hollow gigante la atacó. La golpeó de lleno, haciéndola retroceder.

La Maga levantó las manos, invocando kido de alto nivel ya preparado, con los ojos como platos.

Él rugió desde el casco.

Su cuerno se iluminó con un brillo pálido.
Todo su reatsu se reunió en la punta de su cuerno, y solo dijo:

—...Cero Blanco.

Un haz de energía pura salió disparado con un chillido ensordecedor, arrasando hollows, cortando el suelo como mantequilla, haciendo temblar el aire.

El terreno quedó carbonizado.
El silencio fue absoluto.


Luego... oscuridad.


Despertó días después.
Vendado. Adolorido.
Ambas zanpakutō estaban ahí.
Manzachiri apoyado contra la pared, en su superficie se podrían ver las inscripciones antiguas.
Hinomaru descansando a su lado, con calma.

Se incorporó con dificultad.
Bajó la mirada.

Sabía que había salvado vidas.
Pero también sabía lo que había liberado.

Ese poder no era gratis.
Y esa vez, no tuvo otra opción.

viernes, 15 de agosto de 2025

Capítulo 16: La Leyenda de Manzachiri

Luego de la misión en el mundo humano, apenas pudo regresar al escuadrón 13, Rukia lo detiene.

Su tono era grave, cargado de preocupación.

—Quiero que vayas de inmediato con el Capitán Mayuri —le ordenó, mirándolo directo a los ojos—. Y llévate ambas zanpakutō.

Él abrió la boca para protestar, pero se contuvo al ver su expresión firme.

—Hazlo ahora.

El laboratorio del escuadrón 12 estaba iluminado por luces frías que resaltaban los tubos de ensayo y las placas en las paredes, las cuales no quería preguntar de que eran.

Mayuri Kurotsuchi los esperaba con una sonrisa torcida.

—Ah, por fin llegas —dijo con voz chillona—. Vamos, deja esa reliquia sobre la mesa.

Akon, su teniente, sostenía una cápsula de contención nueva, con inscripciones kido brillando en su superficie.

Él colocó a Manzachiri con cuidado. Apenas la espada tocó la superficie, su reiryoku oscuro empezó a emanar como un vapor aceitoso, denso pero contenido, vibrante con ansias.

Mayuri se inclinó hacia ella con fascinación, analizando las inscripciones con sus ojos brillantes.

—Interesante... —susurró—. Los informes decían que lograste dominarla. Que incluso tiene un shikai.

Él tragó saliva.

—Sí. Su nombre es Manzachiri.

Al escuchar el nombre, la espada pareció estremecerse, liberando un pulso de reiryoku oscuro, vivo. Pero esta vez no era violencia descontrolada: más bien, hambre contenida.

Akon retrocedió un paso, con el ceño fruncido.

Mayuri se relamió los labios.

—Qué curioso... Una vez que leí sobre ese nombre fue en un viejo libro, casi destruido por el tiempo.

Se giró hacia él, sonrisa torcida en el rostro.

—La leyenda de Manzachiri —dijo con tono casi teatral—. Un mito sobre el ciclo de muerte y renacimiento. Cómo su propia destrucción dio origen a algo nuevo. Una nueva forma de existencia.

Hizo un chasquido con la lengua.

—Pero sinceramente, pensé que era solo eso. Una leyenda para asustar a niños en la Sociedad de Almas.

Él bajó la mirada, en silencio.

Mayuri suspiró, como si se aburriera.

—Bueno —dijo con su tono burlón habitual—. Si puedes dominarla, no hay motivo de pánico inmediato.

Se giró y le lanzó una última mirada.

—Solo cuida que ese poder no termine dominándote a ti. Porque si eso pasa... —Sonrió, mostrando sus dientes—. No tendré problemas en investigarte pieza por pieza.

Akon cerró la cápsula de contención con un chasquido, llevándosela a una bodega cercana.

Él respiró profundo, sintiendo el peso de las palabras de Mayuri.

Se dio media vuelta, ajustando sus armas. Puso a Manzachiri en su espalda, cruzada, y a Hinomaru en su cintura.

Mayuri arqueó una ceja.

—¿Por qué no llevas ambas en la cintura?

Él se detuvo.

—Lo intenté... pero algo entre ellas se repele. Se sienten... incompatibles. Creo que es lo que son. Pero por seguridad, prefiero mantenerlas alejadas.

Mayuri soltó una carcajada áspera.

—Sensato. Muy sensato.

Él no respondió. Solo ajustó las empuñaduras, asegurándose de que quedaran bien sujetas.

Mientras salía del laboratorio, sintió el reiryoku contenido de Manzachiri latir contra su espalda, como un corazón negro esperando su momento.

Y en su cintura, Hinomaru ardía con un calor constante, como recordándole que la luz también tenía su precio.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Capítulo 15: El Nombre del Abismo

 Era una misión de reconocimiento en el mundo humano. Al principio parecía sencilla: patrullar un barrio olvidado donde habían detectado firmas hollow, verificar, limpiar y volver.

Pero todo se torció rápido.

Los hollows no eran simples carroñeros: estaban organizados, acechaban en grupo. Veloces, feroces. El escuadrón fue separado en callejones y azoteas mientras los gritos de alerta se mezclaban con rugidos salvajes.

Él avanzaba con Hinomaru en su cintura y la espada maldita enfundada en su espalda.

Quería liberarla. Gritar su nombre.

Pero no pudo.

Su mano temblaba sobre la empuñadura.

"¿Y si Hinomaru está enojado conmigo...? Hace días que no escucho su voz. Tal vez me odia ahora."

El miedo lo paralizó.

Un hollow emergió de la niebla, con fauces abiertas como un túnel de sombras. Apenas rodó a tiempo, sintió las garras chocar contra el asfalto.

No pudo llamar a Hinomaru.

No dijo nada.

Su mente se bloqueó.

El mundo se oscureció.

Sintió que el aire se volvía espeso, frío como la muerte. En un parpadeo, ya no estaba en la calle.

Todo era negro. Viscoso. El suelo parecía líquido, brea hirviente que expulsaba burbujas malolientes. Era igual al lugar donde la encontró por primera vez.

Allí estaba esa silueta gigantesca, encapuchada. Su reatsu pesaba como un alud.

Pero no habló con burla. Ni con odio.

Su voz fue un trueno grave, cavernoso:

—Tranquilízate. Respira.

Él jadeaba, los ojos dilatados.

—¿Por qué me hablas así...? —logró soltar con voz rota—. Yo... yo pensé que Hinomaru me odia. Que ya no quiere pelear conmigo... por eso no esta aquí.

La figura permaneció inmóvil.

Su reatsu parecía sofocarlo, pero el tono era extraño. No era cruel. Era calmado.

—No estoy aquí porque él te odie. Estoy aquí porque tú me trajiste.

El aire se espesó aún más, como si el tiempo se congelara.

—Tu miedo no es por mí —continuó con esa voz grave—. Es porque temes perderlo a él. Temes no ser digno de su luz.

Él bajó la cabeza, las manos crispadas.

—Hinomaru es tu llama, tu guía. Yo soy el otro lado. Este equilibrio no existe sin oscuridad.

La silueta se inclinó apenas.

—No puedo reemplazarlo. No quiero hacerlo. Pero tampoco debes temerme. Acepta lo que soy. Entiende que también soy parte de ti.

El silencio fue pesado.

Él respiró, cerró los ojos con fuerza.

—...Si realmente no quieres destruirme —susurró—. Dime tu nombre.

La sombra levantó el rostro. Sus ojos ardían como brasas vivas.

—Te lo daré porque entendiste la verdad.

El mundo se quebró como vidrio.

Cuando volvió en sí, estaba de nuevo en la calle.

El hollow se lanzaba sobre él.

Sin pensar más, apartó la mano de Hinomaru, dejándolo calmo en su cintura.

Fue hacia la espada maldita que llevaba en la espalda.

Su voz salió con un bramido lleno de determinación:

—¡Al morir nació la vida! ¡Resucita... MANZACHIRI!

La hoja se quebró en su mano. Breas negras cubrieron las grietas, solidificándose y transformándose en dos hojas cortas contrapuestas, unidas por un mango central en ángulo recto, como tonfas negras decoradas con vetas rojas ardientes.

El reiryoku oscuro estalló como un rugido de bestia.

Pero él no fue arrastrado.

No perdió el control, como la primera vez que blandió a esa espada maldita.

Él sostenía las armas con firmeza.

El hollow chilló, pero el tajo fue limpio, mortal. De un solo movimiento lo partió en dos.

Se giró para enfrentar a otro. Su grito murió ahogado en brea chisporroteante cuando la segunda hoja se hundió en su pecho.

Finalmente se detuvo.

Respiraba con fuerza, el corazón golpeando con violencia.

Miró las armas en sus manos. Las tonfas negras humeaban con calor oscuro, como brasas vivas.

—Manzachiri... —murmuró.

No sabía si había liberado algo bueno.

O si solo había desatado un plan aún más siniestro de esa zanpakutō maldita.

Pero él la había elegido.

Y sabía que ahora tenía que cargar con ello.

lunes, 11 de agosto de 2025

Capítulo 14: El Peso del Orgullo

Tras descubrir la verdadera naturaleza de su Bankai, algo en él cambió.

Ya no era el mismo que entrenaba en silencio.

Pasaba los días desafiando a cada miembro de su escuadrón. Sonreía con arrogancia, exigía duelos uno tras otro. Ni siquiera fingía respeto, insistiendo en que necesitaba "probarse" y "ganarse" el derecho de usar su poder.

Muchos rehuían su mirada. Otros, más jóvenes, le temían.

Nadie sabía qué le pasaba.

Hasta que Rukia lo mandó llamar a su oficina.

Cuando abrió la puerta, se encontró con su capitana sentada tras su escritorio, con los codos apoyados y las manos entrelazadas frente al rostro. Sus ojos lo perforaban con la frialdad del invierno.

El ambiente estaba cargado.

—Siéntate —ordenó.

Él obedeció sin una palabra, pero con el ceño fruncido y el mentón en alto.

Un silencio helado cayó sobre ellos.

Finalmente, Rukia habló con voz grave:

—¿Qué te está pasando? No eres el mismo. Peleas con todos. Te comportas como un niño caprichoso con un arma afilada.

Él no respondió. Bajó apenas la mirada.

—Es por esa espada, ¿verdad? —continuó ella, señalando con un movimiento leve su espalda—. Esa espada maldita… ¿Te ha llevado a esto?

Él apretó los puños, pero no contestó.

Rukia chasqueó la lengua con molestia.

—Sabes que tengo órdenes del Capitán Comandante para deshacerme de ella si es necesario. Solo necesito hacer un llamado. Y tus amigas vendrán a ponerte en tu lugar.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Pero antes de que pudiera articular una defensa, escuchó en su mente un susurro oscuro, aceitoso, como un cuchillo raspando hueso:

"Me gusta esa actitud tuya… quieres pelear, quieres luchar, quieres sangre… déjame ser el próximo en salir… no él…"

El susurro le heló la sangre.

Se llevó una mano a la cara con fuerza, como si intentara borrar la voz de su mente.

—¡No! —gritó de pronto.

Rukia alzó una ceja.

Él respiraba con dificultad, sudor perlándole la frente.

—No es… por eso. —Su voz temblaba—. Entendí cómo funciona mi Bankai. Necesito luchar. Necesito que otras Zanpakutō me reconozcan. Si logro eso… seré más útil en el campo de batalla.

El silencio se volvió insoportable.

Rukia lo miraba con una mezcla de tristeza y desaprobación. Una brisa helada comenzó a recorrer la oficina.

—Arrogancia… —susurró ella.

Entonces, su voz se endureció.

—Sode no Shirayuki… muéstrale lo que opinas de él.

El aire se congeló. Un remolino de escarcha cubrió el suelo. Frente a él, surgió la figura etérea de una mujer de incomparable belleza, vestida con un kimono blanco como la luna, su cabello largo flotando con gracia antinatural.

Era Sode no Shirayuki.

Él contuvo el aliento.

La Zanpakutō lo miró con una calma sepulcral.

—Tu corazón era puro… —dijo con voz melodiosa, pero grave—. Pero cada vez se está volviendo más oscuro.

Él tragó saliva, queriendo protestar, pero se quedó sin voz.

Sode no Shirayuki bajó apenas el rostro, sin quitarle los ojos de encima.

—No por él —dijo, señalando con un leve gesto la espada envuelta en sellos en su espalda—. Sino por ti. Por tu propia arrogancia.

El silencio fue tan frío como el hielo que cubría el suelo.

—Quieres que te reconozcamos. Pero cada vez te alejas más de lo que hace digno tu deseo.

Y, sin más, su forma se desvaneció en una neblina blanca.

El aire recuperó su temperatura normal.

Rukia respiró hondo y se recargó en su silla.

—Te lo dijo más claro de lo que yo podría.

Él se sentía vacío, incapaz de alzar la mirada.

Rukia suspiró.

—Es hora de que entrenes solo. Que vuelvas a encontrar tu equilibrio. Hay misiones que se avecinan, y te necesito centrado.

Él se puso de pie lentamente, sin decir palabra. Dio media vuelta y salió de la oficina con el peso de su propia alma cargado en los hombros.

Sabía que tenía que elegir.

Entre su poder.

Y su corazón.

viernes, 8 de agosto de 2025

Capítulo 13: El Precio del Deseo

 Luego de aquella revelación, él sabía que tenía que probarlo.

Apretó con fuerza la empuñadura doble, que ardía con la forma de Felina, y miró hacia un árbol enorme al borde del claro.

—¡Vamos! —gritó, lanzándose con un tajo veloz.

El impacto fue brutal. El árbol se partió en decenas de trozos ardientes, cayendo como lluvia de brasas sobre el suelo.

Apenas tuvo tiempo de respirar, cuando la energía desapareció. La hoja y la saya se retorcieron, volviendo a su forma original de shikai.

El primer sol detrás de él se apagó, su luz se contrajo hasta formar un orbe pequeño y cálido que flotaba a su lado, girando suavemente.

Él lo miró con sorpresa, casi con una sonrisa amarga.

—Creo que ya empiezo a entender…

Alzó su espada, y con un destello de arrogancia divertida gritó:

—¡Deseo que seas Senbonzakura!

Pero no pasó nada.

Parpadeó confundido. Y en un parpadeo más, ya no estaba en el claro.

Su mundo interior había cambiado. Nada de soles ni desiertos infinitos. Solo un extenso campo de bambú, el viento silbando entre los tallos. Al fondo, un templo. Una casa idéntica a la de su maestro.

Frente a la puerta estaba un hombre alto, con armadura brillante como el sol mismo. El resplandor no quemaba, pero tampoco dejaba dudas de su poder.

—¿Quién eres? —preguntó él, empuñando su bokken por instinto.

El hombre sonrió con calma.

—No me sorprende tu pregunta. Soy Hinomaru. Tu zanpakutō. En mi forma de Bankai.

El hombre se giró y señaló el interior del templo.

—Ven. Toma té conmigo. Es hora de hablar.

Él tragó saliva, inseguro, pero avanzó. Se sentó frente al espíritu, el té humeante entre ambos.

—Tu Bankai no es como otros —explicó Hinomaru con voz firme pero serena—. Cada zanpakutō tiene formas distintas, Shikai y Bankai, pero también tiene propósitos. El mío se forjó para cumplir deseos.

—¿Deseos?

—Sí. Pero no caprichos. —El espíritu lo miró fijo, como si pudiera ver su alma—. Cada sol detrás de ti es un deseo. Un deseo que puedes invocar. Pero no cualquiera. Son deseos del pasado. Llamarás a zanpakutō con las que peleaste alguna vez.

Él abrió mucho los ojos.

—¿Puedo invocarlas… todas?

—No. —Hinomaru negó con calma—. Solo podrás invocar a aquellas que te permitan hacerlo. No por derrotarlas o mostrar poder. Sino porque sus portadores y las propias zanpakutō consideren que tu corazón es digno de ser escuchado.

El silencio llenó el templo.

—Gánate esos deseos —continuó Hinomaru—. Como tú ya te ganaste los míos.

Él bajó la cabeza. Entendía. Alzó la vista y asintió.

Y despertó.

Estaba de nuevo en el claro, de rodillas. A su lado, el orbe del primer sol giraba como un farol pequeño.

Abbys y la Maga se acercaron de inmediato.

—¿Y? —preguntó Abbys, intentando sonar relajada pero con los ojos brillantes de curiosidad—. ¿Qué te dijo?

Él respiró hondo.

—Ya sé cómo funciona mi Bankai.

Se puso de pie con solemnidad. Frente a Abbys, bajó la cabeza y se inclinó.

—Gracias, Felina… por haber creído que tengo un corazón puro y digno. Que escuchaste mi deseo.

Abbys se quedó muda. Su mirada endurecida se suavizó, pero alzó la barbilla, orgullosa.

La Maga bajó la vista, conmovida.

—Entonces no es solo moldear deseos —dijo con asombro genuino—. Es cumplir aquellos que nacen del corazón. Del deseo sincero de proteger.

Él asintió, sintiendo el calor del orbe flotando a su lado.

Ya no era solo su poder. Era la prueba viva de sus lazos.

Y con ello, entendió que el verdadero peligro no era la espada…

Sino qué tan puro podría mantener su propio corazón.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Capítulo 12: Tres Soles, Una Llamarada

 El entrenamiento había terminado, pero la tensión seguía en el aire.

Abbys se recostaba sobre una roca, secándose el sudor con un trapo. La Maga estaba cerca, brazos cruzados, evaluándolo en silencio.

—Oye… —rompió el silencio Abbys—. ¿Por qué no usas tu Bankai?

Él levantó la vista, sorprendido.

—Sé que ya puedes activarlo —insistió Abbys—. Pero… ¿por qué no?

Él bajó la mirada.

—No sé cómo funciona.

La Maga arqueó una ceja.

—Un Bankai es un Bankai… —dijo pensativa—. Puede hacerte más fuerte, más rápido… o más violento… o…

—¡Sí, ya entendimos! —interrumpió Abbys con una risa breve—. Gracias, cerebrito.

Él suspiró y se puso de pie. Su mano se apoyó en el bokken oscuro en su costado izquierdo.

—Guía mi destino… Hinomaru.

El fuego encendió la hoja mientras salía de la vieja funda de madera. Su aura cálida iluminó el lugar. Dio un paso al frente y levantó la zanpakutō hacia sus amigas.

—Bankai.

El destello fue brutal. Ambas alzaron los brazos para cubrirse los ojos.

Cuando la luz se disipó, lo vieron allí, firme, con tres soles girando lentamente detrás de él. Pero la hoja y la saya parecían idénticas a su shikai.

—¿Eso es todo? —preguntó Abbys con un tono incrédulo.

Él suspiró.

—Sí… Este es mi Bankai. No sé qué más hace.

La Maga lo miraba con detenimiento.

—Tōshirō… —murmuró—. Su Bankai tiene flores de hielo detrás de él. Son un contador. Quizá sea algo similar.

Él negó con la cabeza.

—Ya lo intenté. Muchas veces. Terminé exhausto. Hinomaru volvió a su forma sellada, pero los soles nunca desaparecen.

Hizo una mueca frustrada.

—Creo que es un Bankai inútil. Me siento más útil usando solo el Shikai.

—¿Y no le preguntaste cómo se usa? —insistió Abbys, cruzada de brazos.

—¿Que si le pregunté a quién?

—¡A Hinomaru, cabeza hueca!

—Claro que le pregunté —respondió con un suspiro pesado—. Le dije: “¿Cómo funciona tu Bankai?”. Y me contestó: “Así como tú me guiaste, ahora yo guiaré tus deseos”.

Hizo un gesto de rendición.

—Ya no sé ni qué hacer… Desearía que fuera como Felina, que…

Pero no terminó la frase.

El primer sol brilló con intensidad. Una llamarada descendió en un haz de fuego que impactó la hoja y la saya al mismo tiempo.

Ambas se retorcieron como si tuvieran vida propia. La madera ennegrecida y el acero incandescente se moldearon hasta transformarse en algo nuevo.

Frente a sus amigas, la espada y la saya se fusionaron en un arma doble idéntica a Felina: dos garras filosas conectadas por un mango central, envueltas en un resplandor solar ardiente.

El silencio fue total.

Abbys abrió mucho los ojos.

—Eso… es Felina…

Él bajó la vista, respirando agitado. Veía su arma, pero sentía que ya no era del todo suya.

La Maga se acercó, fascinada.

—Nunca había visto algo así… —dijo con voz queda, pero asombrada—. Es un Bankai que moldea la forma real de tus deseos… los hace realidad. Y esa energía… es como si el mismo sol la habitara.

Él tragó saliva, temblando apenas.

Y por primera vez, comprendieron que el poder de su Bankai no tenía límites definidos.

Era tan peligroso… como sus propios deseos.

lunes, 4 de agosto de 2025

Capítulo 11: Ecos en el Agua

 Aquella noche, un sueño extraño lo visitó.

Estaba de pie junto a un lago silencioso. Sobre sus aguas quietas, tres remolinos giraban lentamente, como si quisieran arrastrar la luz misma al fondo. En sus manos sostenía una espada pesada como un juramento.

Pero la partió en dos, dejando cada mitad a un lado, marcando un límite entre ellas. Sintió que ambas se miraban, enfrentadas, retándose en el reflejo turbio del agua.

Y al otro lado del lago, una figura imponente, apenas una silueta, lo observaba en silencio. Sin palabras, pero con una autoridad que helaba la sangre.

Despertó de golpe, con el pulso acelerado.

—Solo fue un mal sueño... —murmuró.

Pero al mirar su habitación, algo no cuadraba.

Sus zanpakutō estaban perfectamente alineadas, cada una en un lado opuesto, como si se estudiaran o se desafiaran mutuamente. Exactamente igual que en el sueño.

—No puede ser… —susurró, intentando convencerse de que solo era casualidad.

Ese día tenía que reunirse con ellas. No solo era un entrenamiento: había cosas que hablar.

Cuando llegó al claro de práctica, Abbys lo esperaba sentada sobre un tronco, con los brazos cruzados y la mirada seria. La Maga estaba de pie a su lado, el rostro impasible pero atento.

Él respiró hondo y se acercó.

Abbys habló primero, directa como siempre:

—Sobre esa espada que llevas...

La Maga continuó:

—Rukia nos contó. El informe de Mayuri. Dónde la encontraste.

Él tragó saliva.

—¿Y...?

—Mandamos escuadrones de reconocimiento —dijo Abbys—. Kido de rastreo, sensores...

La Maga negó con la cabeza.

—Solo encontraron un terreno baldío. Muerto. Como si nada hubiera existido nunca.

Él bajó la vista, sintiendo un vacío en el pecho.

—Yo estuve ahí —murmuró—. Había un templo. Había sellos.

La Maga lo sostuvo con la mirada.

—Por eso estamos aquí.

Abbys cruzó los brazos otra vez.

—Queremos saber qué es esa cosa. Y entrenar contigo. Si alguna vez hay que detenerla, sabremos cómo hacerlo.

Él tragó saliva. No pudo decir nada.

Mientras calentaban, la tensión era evidente. Él era el único que no había mostrado aún su Bankai. Y todos sabían que tarde o temprano tendría que hacerlo.

Fue entonces que una voz conocida interrumpió:

—Vaya... parece que llegué en el momento justo.

Renji Abarai estaba allí, con su banda en la frente y esa media sonrisa confiada.

Abbys levantó una ceja.

—Renji. No te esperábamos.

La Maga inclinó apenas la cabeza.

—Teniente...

Renji saludó de manera informal.

—Rukia me contó. Sobre esa espada. Sobre lo que pasó con Mayuri. Vine a verlo con mis propios ojos.

Él respiró hondo.

—No creo que sea buena idea.

Renji rió apenas.

—Por eso vine. Hay que saber si vas a controlarla o no.

El duelo comenzó.

Él se colocó en guardia, bokken oscuro en la izquierda, la espada maldita envuelta en su espalda, la empuñadura asomando sobre su hombro derecho.

Renji no esperó. Atacó con fuerza, haciéndolo retroceder de inmediato.

—¡Si dudas en batalla, morirás! —gritó Renji mientras Zabimaru se extendía como un látigo.

El corazón le latía con fuerza. Y entonces escuchó la voz oscura en su cabeza.

"Libérame de nuevo... Sabes que puedo matar a quien sea, donde sea..."

Sus manos temblaron. El látigo estaba a punto de alcanzarlo.

Fue cuando sintió algo.

Un toque en su hombro izquierdo. Firme. Cálido. Como si Hinomaru mismo estuviera ahí, apoyándolo.

"Es hora de ponerse serios. No juegues."

Su voz retumbó en su pecho:

—Guía mi destino… Hinomaru.

El bokken se iluminó con un brillo claro, casi cegador, mientras la hoja afilada emergía de su interior con un destello puro. El fuego crepitó pero no quemó. Fue luz, no destrucción.

Renji detuvo a Zabimaru en seco. Envainó con calma.

—Suficiente.

Abbys y la Maga se tensaron, confundidas.

Él respiraba con dificultad, aún sosteniendo a Hinomaru liberado.

Renji se dio vuelta, levantando una mano.

—¿Por qué paras? —preguntó Abbys con un tono duro.

Renji se detuvo apenas un segundo.

—¿Por qué? —repitió, sin mirarlos—. Podría seguir. Podría presionarlo a que use esa otra espada.

Volteó apenas el rostro para verlos de reojo.

—O podría ver si de verdad tiene la determinación de alguien que va a pelear al lado de dos capitanas.

Su tono fue más bajo, casi como para sí mismo.

—No vine a matarlo hoy. Solo a verlo decidir.

Y sin más, empezó a alejarse entre los árboles, dejando a los tres en silencio.

Abbys apretó los puños. La Maga bajó la mirada.

Él solo se quedó ahí, sintiendo el peso de Hinomaru en su mano, el otro acero maldito aún amarrado a su espalda.

Intentando decidir en quién quería convertirse.

viernes, 1 de agosto de 2025

Capítulo 10: Sombras en el Informe

El atardecer bañaba el despacho del Capitán Comandante con un tono rojizo y grave. Dentro, el ambiente era sobrio. Un par de pergaminos, un tintero, silencio casi solemne.

Rukia Kuchiki estaba de pie frente al escritorio, su postura impecable. La tensión en su expresión se notaba apenas en su ceño fruncido y en la rigidez de sus manos entrelazadas a la espalda.

Del otro lado, el Capitán Comandante Kyōraku leía con lentitud un informe sellado con el emblema del 12º escuadrón. Su único ojo visible brillaba con seriedad bajo el ala de su sombrero.

Finalmente, dejó el pergamino sobre la mesa con un suspiro pesado.

—Mayuri no cambia —dijo con su voz grave, casi cansada—. Sus informes son como advertencias veladas más que datos concretos.

Rukia lo observaba con firmeza.

—¿Qué dice? —preguntó al fin.

Kyōraku bajó un poco la cabeza, buscando sus palabras.

—Dice que esa espada no aparece en registros. Que su reiryoku es comparable al de un hollow de alto nivel… antiguo. Que no está forjada como nuestras zanpakutō normales, sino más bien... sellada para contener algo.

Hizo una pausa.

—Agrega que fue un error romper esos sellos. Que esos sellos no eran para atarla a un usuario, sino para mantener lo que sea que vive ahí encerrado.

El silencio se instaló en la habitación, pesado como plomo.

—Entiendo —respondió Rukia con frialdad contenida—. Pero ya está aquí, y él la empuña.

Kyōraku asintió lentamente.

—Mayuri también señala que, aunque la espada se calma en sus manos, no es porque esté purificada ni controlada. Es porque lo eligió a él. Por alguna razón.

El Capitán Comandante suspiró, bajando la voz.

—Él siempre fue un muchacho complicado. Tú lo sabes, pero yo también. Era muy cercano a su maestro… un hombre con el que compartí más de una copa en los viejos días.

Rukia bajó la vista apenas un segundo, comprendiendo.

—¿Qué quiere que haga, Capitán Comandante?

Kyōraku la miró con su ojo firme y sereno, aunque algo apagado por la preocupación.

—No le quites la mirada de encima. Habla con él. Pero no solo tú. Quiero que contactes a las otras capitanas… sus amigas. Ellas también merecen saberlo.

Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran.

—No es solo tu escuadrón el que se verá afectado si esto se sale de control. Y recuerda algo... tú y tus amigos también tuvieron que decidir si confiar en alguien con un poder que podía destruirlos a todos. Alguien que necesitaba amigos que lo vigilaran… y creyeran en él.

Rukia alzó la cabeza, sus ojos más firmes que nunca.

—Entiendo. Hablaré con ellas.

Kyōraku se recostó ligeramente en su silla, sin quitarle la vista.

—Eso es todo lo que puedo pedirte. Protégelo si puedes. Ayúdenlo a cargar con esto. No está solo, aunque esa espada intente convencerlo de lo contrario.

Ella respiró profundo, se inclinó apenas en señal de respeto y se giró para salir.

Antes de cruzar la puerta, escuchó su voz grave una última vez:

—Rukia… No olvides. A veces, la diferencia entre un monstruo y un amigo… es quien esté dispuesto a recordarle quién es.

Ella se detuvo apenas un instante, asintió en silencio y continuó su camino hacia la oscuridad del pasillo, con el informe de Mayuri ardiendo en su mente.

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido. Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo a...