viernes, 22 de agosto de 2025

Capítulo 19: El peso del haori

Ya habían pasado años desde aquella guerra.

Él se había convertido en un shinigami a la altura de cualquier teniente… e incluso de varios capitanes.
Pero a pesar de sus logros, de sus misiones cumplidas y su evolución como espadachín, había algo que todos en el Seireitei comentaban con extrañeza.

No usaba a su segunda zanpakutō.

Aquel que podía rivalizar en combate directo con el mismísimo Zaraki Kenpachi…
Le temía a su propia espada.

Muchos lo admiraban. Otros lo cuestionaban. Algunos incluso lo temían.
Pero nadie podía negar lo que se avecinaba.

Hasta que finalmente ocurrió.


Una batalla.
Una guerra inesperada.
Y el resultado que ningún escuadrón quiso aceptar:

Zaraki Kenpachi había caído.

El mismo demonio del Escuadrón 11…
El monstruo incontrolable…
…había sido vencido.

El escuadrón entero quedó devastado. No sabían cómo reaccionar.
Algunos lloraban. Otros se enfurecían. Algunos, en silencio, simplemente miraban al cielo.

Él no podía morir…
¡Él era nuestro Capitán!
¡Nuestro monstruo!

La sala de reuniones del Primer Escuadrón estaba cargada de un aire pesado y gris.
Los capitanes habían sido convocados de inmediato por el Capitán Comandante Kyōraku.

Frente a todos, el Comandante anunció la noticia con la misma tristeza que el resto:

—Zaraki Kenpachi… ha caído en batalla.

Un susurro de incredulidad se escuchó entre los presentes.

Mayuri fue el primero en hablar, con su tono acostumbradamente despectivo:

—Quién diría que algo mataría a ese demonio… Una lástima. Me hubiera encantado tener su cadáver para disección.

Rose apretó el puño, con la mandíbula tensa:

—¡Ten respeto, maldito loco! Al menos honra a los que ya no están con nosotros.

Un silencio helado se adueñó del lugar.

Kyōraku soltó un largo suspiro y agregó:

—Le ofrecí el puesto a uno de los miembros veteranos del escuadrón… pero lo rechazó.
Tendremos que nombrar a alguien más.

Abbys fue la primera en hablar sin rodeos:

—Si buscan un monstruo que no pierda el control… solo hay uno que conozco.

La maga del 4° escuadrón asintió con calma:

—Tiene una luz que lo guía… y una oscuridad que lo arrastra. Pero todavía no ha sucumbido.

Incluso Rukia, Capitana del 13°, levantó la voz con firmeza:

—Él nunca nos ha dejado atrás. Nunca.

Kyōraku sonrió con cierta melancolía. Miró hacia el techo unos segundos, luego cerró los ojos:

—Entonces será él.

—Aunque sé que no lo quiere.
—Él no desea títulos… ni aplausos.
—Solo quiere proteger.


Horas después, fue llamado a la Cámara Central.

Kyōraku lo esperaba de pie. Bebía sake con tranquilidad, pero su voz no vaciló:

—Tú peleaste que tantas guerras y sobreviviste, y llevaste tu escuadrón de vuelta con vida.

—No eres el más fuerte. Ni el más cruel.

—Pero eres el único… que camina con el sol y la oscuridad en la espalda.


La ceremonia fue convocada rápidamente.

El patio del Primer Escuadrón estaba en completo silencio.

Los 11 capitanes formaban un semicírculo.
Detrás del Capitán Comandante ondeaba el estandarte viejo del 11° escuadrón.
A su lado, colgaba el haori blanco del Capitán perdido… aún manchado con sangre reseca.

Cuando apareció, todos lo observaron.
Su reiatsu vibraba entre dorado y negro, danzando como una tormenta contenida.

Llevaba a Hinomaru en su cintura.
Y a Manzachiri, sellada con inscripciones oscuras en su espalda.

Kyōraku bebió un último sorbo, lo observó con su ojo brillante y le preguntó:

—¿Estás seguro de aceptar esto?

—El 11° no es para diplomáticos. Ni para cobardes.

Él tragó saliva.

En su costado, ellas lo observaban.

Abbys, con el rostro severo pero con los ojos firmes, sabiendo que su momento había llegado.
La Maga, con una mirada suave, pero profunda, deseando que todo salga bien.
Y su excapitana Rukia, con una leve sonrisa, sabiendo lo mucho que le había costado llegar hasta allí.

Él bajó la mirada. Respiró hondo. Luego la levantó con decisión.

—No quiero el título.
—…Pero no pienso dejarlo vacío.

Kyōraku sonrió con una expresión satisfecha.

—Entonces toma esto.

Le tendió el haori.
El mismo que había usado Zaraki Kenpachi.
El mismo que había guiado a un escuadrón durante generaciones.

Lo tomó con ambas manos.
El peso no venía de la tela… sino de la historia.
De la sangre.
De la violencia.
De lo que representaba.

Finalmente, se lo colocó sobre los hombros.
El viento sacudió los bordes del uniforme mientras el silencio cubría todo.

Un aplauso rompió la tensión.
Luego otro. Y otro.
No todos sinceros. Algunos temerosos. Otros por compromiso.

Un shinigami del 11° gritó desde el fondo:

—¡Nuestro Kenpachi!

Pero otro murmuró:

—Un falso Kenpachi…

Él bajó la cabeza, con el haori cubriendo su espalda.

No soy Kenpachi.
Solo soy yo.

Kyōraku se ajustó el sombrero, sonriendo otra vez:

—Bienvenido, Capitán.
—Manténlos a raya…
—Y no dejes que te maten en el proceso.

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