miércoles, 20 de agosto de 2025

Capítulo 18: Juicio de los Deseos Celestiales

 Los sueños con esa figura junto al río se volvían cada vez más intensos. En cada uno, lograba verla más claro: no era él mismo, pero su presencia imponía como la de un dios antiguo, algo anterior a todo lo que conocía.

Pasaron años. Pocas veces usó el bankai de Manzachiri; se podían contar con los dedos de una mano.

En un entrenamiento, Abbys lo observaba mientras descansaban.

—Oye... —dijo limpiándose el sudor—. ¿Por qué solo usas dos deseos de Hinomaru? Son tres soles... ¿no deberían ser tres deseos?

Él bajó la mirada.

—Sí... pero cada vez que intento usar el tercero, algo me detiene. Es como si me dijera que no es el momento.

Abbys asintió con seriedad. Entendía más de lo que decía.

Con el tiempo, se volvió uno de los shinigami más fuertes de su escuadrón. Incluso decían que estaba por encima de Sentarō Kotsubaki, el teniente, aunque él prefería mantener un bajo perfil. A todos les caía bien, y más por cómo nunca dejaba de entrenar junto a sus amigas de la infancia, ahora capitanas reconocidas del Gotei 13.

Un día llegó un llamado de emergencia. El Escuadrón 2 había sido superado en misión. Pedían refuerzos de varios escuadrones... pero el 13 no estaba convocado.

Fue directo a la oficina de Rukia.

—Capitana... déjeme ir.

—Está prohibido. No nos han llamado.

—No me importa. Algo dentro de mí me dice que debo ir. Que debo protegerla... cueste lo que cueste. No me quedaré aquí sentado mientras ella muere. Si tengo que enfrentar a todo el Seireitei para salvarla, lo haré.

Rukia lo miró largo rato. Entonces, su rostro se iluminó con una pequeña sonrisa.

—Cuando vuelvas, tendrás un castigo. Quédate advertido. Así que asegúrate de volver vivo... y tráela contigo.

Salió sin dudar. Corrió al senkaimon. Los guardias lo dejaron pasar casi sin preguntar, como si supieran algo de antemano. Quizá una pequeña capitana ya había dado instrucciones.

Al llegar al mundo humano, supo que no había exagerado. Jamás había visto tantos Menos Grandes juntos en un sitio tan árido y devastado. Era como si los hubieran atraído a propósito.

Abbys lo vio llegar en medio del caos. Saltó hacia él, casi furiosa:

—¡Di orden de que no te quería aquí!

Él solo se encogió de hombros.

—Ah... no me avisaron. Vine solo.

Abbys lo miró con rabia y alivio a la vez.

—Si ya estás aquí, desembaina. Pero si lo haces... ¡no pierdas el control!

Sabía a qué se refería. A Manzachiri.

Pero él tomó a Hinomaru en su mano y murmuró:

—Guía mi destino... Hinomaru.

Adjuchas se le abalanzaron. Los fue cortando con la hoja, desviando golpes con la saya. Fue una ayuda crucial para mantener el frente. Pero los Menos Grandes no cesaban de llegar.

Miró a su alrededor. Sabía lo que debía hacer.

Respiró hondo. Su voz fue fría, decidida:

—BANKAI.

Tres soles ardientes surgieron a su espalda. Algunos shinigami se quedaron boquiabiertos. Habían oído rumores de su bankai, pero no lo habían visto.

—Escucha mi deseo... Senbonzakura.

Del primer sol brotó un fuego carmesí que se fragmentó en pétalos ardientes, como los de Byakuya. Cortaron en mil pedazos a decenas de hollows.

El primer sol se apagó y se convirtió en un orbe que giró a su alrededor.

—Escucha mi deseo... Felina.

Su espada y saya se transformaron en la forma del shikai de Abbys. Ella gritó:

—¡Ahora!

Los dos lanzaron un ataque coordinado, como si hubieran practicado juntos por años esos movimientos. Hollows cayeron destrozados en un abrir y cerrar de ojos.

El segundo sol también se apagó y giró a su alrededor como un orbe. Solo quedaba el sol central.

Abbys lo miró de reojo:

—¡No pares! ¡Usa todo!

Él tragó saliva. Dudó, pero habló:

—Escucha mi deseo... Haineko.

El sol se transformó en arena incandescente. Una tormenta abrasadora consumió a todo hollow en su trayectoria.

El último sol se tornó un orbe... y algo extraño sucedió.

El orbe estalló en llamas que cubrieron su cuerpo entero. Todos contuvieron el aliento, temiendo lo peor.

De su interior se escuchó un grito:

    ¡DIOS CELESTIAL HINOMARU!

Las llamas se disiparon revelando su verdadera forma de bankai: una armadura samurái completa, reluciente como el sol naciente, protegiéndolo de pies a cabeza. El casco una cabeza de Dragón, con su boca abierta, como si estuviera lista para lanzar bolas ardiente desde su frente. El peto, las hombreras, los brazales y las grebas brillaban como oro fundido. Manzachiri estaba sellado en su espalda, contenido por placas doradas que parecían crecer de la armadura misma para evitar que interfiriera.

Cuando se movió, fue tan rápido que sus aliados apenas podían seguirlo. Cortaba a hollows y Menos Grandes como si fueran aire.

Se detuvo en medio del campo, rodeado de enemigos. Levantó su espada al cielo y dijo con voz solemne:

—¡Juicio de los Deseos Celestiales!

De la punta de su hoja brotaron dragones de fuego que se lanzaron en todas direcciones, atravesando a cada hollow, arrasando sin piedad.

Cuando el silencio reinó al fin, el suelo estaba cubierto de cuerpos consumidos.

Abbys se puso de pie con dificultad, tapando con la mano una herida en su brazo. Lo miró con asombro y respeto.

—Así que... ese es tu bankai. Tu verdadero bankai.

Él la miró, exhausto, con lágrimas recorriendo sus mejillas. No eran de dolor ni de miedo.

—Sí —susurró—. Ahora puedo protegerlas... tanto como ustedes me protegieron todos estos años.

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