viernes, 1 de agosto de 2025

Capítulo 10: Sombras en el Informe

El atardecer bañaba el despacho del Capitán Comandante con un tono rojizo y grave. Dentro, el ambiente era sobrio. Un par de pergaminos, un tintero, silencio casi solemne.

Rukia Kuchiki estaba de pie frente al escritorio, su postura impecable. La tensión en su expresión se notaba apenas en su ceño fruncido y en la rigidez de sus manos entrelazadas a la espalda.

Del otro lado, el Capitán Comandante Kyōraku leía con lentitud un informe sellado con el emblema del 12º escuadrón. Su único ojo visible brillaba con seriedad bajo el ala de su sombrero.

Finalmente, dejó el pergamino sobre la mesa con un suspiro pesado.

—Mayuri no cambia —dijo con su voz grave, casi cansada—. Sus informes son como advertencias veladas más que datos concretos.

Rukia lo observaba con firmeza.

—¿Qué dice? —preguntó al fin.

Kyōraku bajó un poco la cabeza, buscando sus palabras.

—Dice que esa espada no aparece en registros. Que su reiryoku es comparable al de un hollow de alto nivel… antiguo. Que no está forjada como nuestras zanpakutō normales, sino más bien... sellada para contener algo.

Hizo una pausa.

—Agrega que fue un error romper esos sellos. Que esos sellos no eran para atarla a un usuario, sino para mantener lo que sea que vive ahí encerrado.

El silencio se instaló en la habitación, pesado como plomo.

—Entiendo —respondió Rukia con frialdad contenida—. Pero ya está aquí, y él la empuña.

Kyōraku asintió lentamente.

—Mayuri también señala que, aunque la espada se calma en sus manos, no es porque esté purificada ni controlada. Es porque lo eligió a él. Por alguna razón.

El Capitán Comandante suspiró, bajando la voz.

—Él siempre fue un muchacho complicado. Tú lo sabes, pero yo también. Era muy cercano a su maestro… un hombre con el que compartí más de una copa en los viejos días.

Rukia bajó la vista apenas un segundo, comprendiendo.

—¿Qué quiere que haga, Capitán Comandante?

Kyōraku la miró con su ojo firme y sereno, aunque algo apagado por la preocupación.

—No le quites la mirada de encima. Habla con él. Pero no solo tú. Quiero que contactes a las otras capitanas… sus amigas. Ellas también merecen saberlo.

Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran.

—No es solo tu escuadrón el que se verá afectado si esto se sale de control. Y recuerda algo... tú y tus amigos también tuvieron que decidir si confiar en alguien con un poder que podía destruirlos a todos. Alguien que necesitaba amigos que lo vigilaran… y creyeran en él.

Rukia alzó la cabeza, sus ojos más firmes que nunca.

—Entiendo. Hablaré con ellas.

Kyōraku se recostó ligeramente en su silla, sin quitarle la vista.

—Eso es todo lo que puedo pedirte. Protégelo si puedes. Ayúdenlo a cargar con esto. No está solo, aunque esa espada intente convencerlo de lo contrario.

Ella respiró profundo, se inclinó apenas en señal de respeto y se giró para salir.

Antes de cruzar la puerta, escuchó su voz grave una última vez:

—Rukia… No olvides. A veces, la diferencia entre un monstruo y un amigo… es quien esté dispuesto a recordarle quién es.

Ella se detuvo apenas un instante, asintió en silencio y continuó su camino hacia la oscuridad del pasillo, con el informe de Mayuri ardiendo en su mente.

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