lunes, 11 de agosto de 2025

Capítulo 14: El Peso del Orgullo

Tras descubrir la verdadera naturaleza de su Bankai, algo en él cambió.

Ya no era el mismo que entrenaba en silencio.

Pasaba los días desafiando a cada miembro de su escuadrón. Sonreía con arrogancia, exigía duelos uno tras otro. Ni siquiera fingía respeto, insistiendo en que necesitaba "probarse" y "ganarse" el derecho de usar su poder.

Muchos rehuían su mirada. Otros, más jóvenes, le temían.

Nadie sabía qué le pasaba.

Hasta que Rukia lo mandó llamar a su oficina.

Cuando abrió la puerta, se encontró con su capitana sentada tras su escritorio, con los codos apoyados y las manos entrelazadas frente al rostro. Sus ojos lo perforaban con la frialdad del invierno.

El ambiente estaba cargado.

—Siéntate —ordenó.

Él obedeció sin una palabra, pero con el ceño fruncido y el mentón en alto.

Un silencio helado cayó sobre ellos.

Finalmente, Rukia habló con voz grave:

—¿Qué te está pasando? No eres el mismo. Peleas con todos. Te comportas como un niño caprichoso con un arma afilada.

Él no respondió. Bajó apenas la mirada.

—Es por esa espada, ¿verdad? —continuó ella, señalando con un movimiento leve su espalda—. Esa espada maldita… ¿Te ha llevado a esto?

Él apretó los puños, pero no contestó.

Rukia chasqueó la lengua con molestia.

—Sabes que tengo órdenes del Capitán Comandante para deshacerme de ella si es necesario. Solo necesito hacer un llamado. Y tus amigas vendrán a ponerte en tu lugar.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Pero antes de que pudiera articular una defensa, escuchó en su mente un susurro oscuro, aceitoso, como un cuchillo raspando hueso:

"Me gusta esa actitud tuya… quieres pelear, quieres luchar, quieres sangre… déjame ser el próximo en salir… no él…"

El susurro le heló la sangre.

Se llevó una mano a la cara con fuerza, como si intentara borrar la voz de su mente.

—¡No! —gritó de pronto.

Rukia alzó una ceja.

Él respiraba con dificultad, sudor perlándole la frente.

—No es… por eso. —Su voz temblaba—. Entendí cómo funciona mi Bankai. Necesito luchar. Necesito que otras Zanpakutō me reconozcan. Si logro eso… seré más útil en el campo de batalla.

El silencio se volvió insoportable.

Rukia lo miraba con una mezcla de tristeza y desaprobación. Una brisa helada comenzó a recorrer la oficina.

—Arrogancia… —susurró ella.

Entonces, su voz se endureció.

—Sode no Shirayuki… muéstrale lo que opinas de él.

El aire se congeló. Un remolino de escarcha cubrió el suelo. Frente a él, surgió la figura etérea de una mujer de incomparable belleza, vestida con un kimono blanco como la luna, su cabello largo flotando con gracia antinatural.

Era Sode no Shirayuki.

Él contuvo el aliento.

La Zanpakutō lo miró con una calma sepulcral.

—Tu corazón era puro… —dijo con voz melodiosa, pero grave—. Pero cada vez se está volviendo más oscuro.

Él tragó saliva, queriendo protestar, pero se quedó sin voz.

Sode no Shirayuki bajó apenas el rostro, sin quitarle los ojos de encima.

—No por él —dijo, señalando con un leve gesto la espada envuelta en sellos en su espalda—. Sino por ti. Por tu propia arrogancia.

El silencio fue tan frío como el hielo que cubría el suelo.

—Quieres que te reconozcamos. Pero cada vez te alejas más de lo que hace digno tu deseo.

Y, sin más, su forma se desvaneció en una neblina blanca.

El aire recuperó su temperatura normal.

Rukia respiró hondo y se recargó en su silla.

—Te lo dijo más claro de lo que yo podría.

Él se sentía vacío, incapaz de alzar la mirada.

Rukia suspiró.

—Es hora de que entrenes solo. Que vuelvas a encontrar tu equilibrio. Hay misiones que se avecinan, y te necesito centrado.

Él se puso de pie lentamente, sin decir palabra. Dio media vuelta y salió de la oficina con el peso de su propia alma cargado en los hombros.

Sabía que tenía que elegir.

Entre su poder.

Y su corazón.

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