El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido.
Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo avanzaba entre dunas que latían, contrayéndose con un pulso invisible, como si el desierto estuviera vivo.
A lo lejos, una estructura emergía de la neblina: torres fragmentadas, muros corroídos por la energía espiritual y un cielo rojizo que se doblaba sobre sí mismo.
Era el antiguo, Las Noches, la fortaleza que alguna vez dominó el reino hueco.
Nell levantó el brazo, deteniendo a todos.
—Ahí está… pero algo no anda bien. —Su voz, normalmente vivaz, sonaba apagada—. La arena no debería moverse así.
Ichigo avanzó un paso, el peso de Zangetsu vibrando en su espalda.
—No es viento… es reiatsu.
Kazui e Ichika, un poco más atrás, miraban el horizonte con los ojos entrecerrados.
Entre las torres se levantaban columnas de polvo negro que parecían contener rostros gritando en silencio.
Renji frunció el ceño.
—No es un enjambre… son restos espirituales.
Orihime apretó las manos.
—¿Restos? ¿De quién?
Renji no respondió.
A su alrededor, el suelo comenzaba a vibrar con un ritmo acompasado, como un corazón enterrado bajo kilómetros de arena.
Al llegar al umbral del palacio, el grupo sintió el cambio de inmediato.
El aire, antes árido, olía a humedad y hierro. Los muros estaban cubiertos de inscripciones que parecían moverse bajo la luz.
Y en el trono del salón principal, entre sombras y polvo, Tier Harribel los observaba.
Su cuerpo estaba cubierto de vendas improvisadas, el manto rasgado hasta los hombros. Su respiración era lenta, pero su mirada conservaba la dignidad de una reina.
Nell corrió hacia ella, con una mezcla de alivio y dolor.
—¡Harribel! ¡Pensé que estabas muerta!
La ex-Espada levantó la vista con esfuerzo, sus ojos dorados brillando con cansancio.
—Muerta… hubiera sido más sencillo —murmuró—. El Hueco Mundo ya no me pertenece.
Ichigo se adelantó, deteniendo a Nell con un gesto.
—¿Qué pasó aquí? ¿Quién te hizo esto?
Harribel lo observó por un momento, y en su rostro se dibujó una sombra de sonrisa.
—Tú… siempre llegas tarde, Kurosaki Ichigo.
Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió. Orihime se arrodilló a su lado, desplegando su escudo curativo.
Los anillos dorados flotaron sobre ella, iluminando las vendas manchadas.
El reishi que brotaba de sus heridas era anómalo: inestable, cambiaba de tonalidad, mezclando blanco, negro y rojo.
Orihime se estremeció.
—Esto… no es energía hollow.
Harribel asintió apenas.
—No… esto no es de este mundo.
La sala tembló levemente, y desde las grietas del techo comenzó a filtrarse arena negra.
Kazui la observó caer, notando que cada grano brillaba con una diminuta chispa espiritual.
—Papá… —murmuró—. Esa arena… respira.
Ichigo lo miró, sorprendido.
Y por un instante, creyó escuchar algo: una voz profunda, casi dormida, resonando en el fondo de su mente.
“El diseño… debe recomponerse.”
Ichigo se giró con violencia, espada en mano.
—¿Lo escucharon?
Renji, Rukia y Uryū intercambiaron miradas tensas.
Rukia habló primero:
—Sí. Una voz… como si no viniera de afuera, sino de dentro.
Harribel respiró con dificultad, la piel perlada de sudor.
—Hace semanas que los hollows dejaron de responder a mis órdenes. Primero, solo murmuraban cosas sin sentido. Luego… dejaron de pensar. —Sus ojos se entornaron—. Al principio creí que era una maldición. Pero no… todos escuchamos lo mismo.
Nadie habló.
El silencio pesó como una sentencia.
Finalmente, Ichigo rompió la quietud:
—¿Y qué escuchan?
Harribel alzó la cabeza, y sus labios se movieron apenas.
—Una voz que dice que el mundo debe volver a ser uno.
Renji golpeó el suelo con el mango de Zabimaru.
—¿Y quién demonios puede hacer algo así?
Uryū caminó hacia las columnas de piedra y apoyó la palma.
—Esto… —susurró—. Este reishi es demasiado antiguo. No pertenece a ninguna raza conocida. Ni shinigami, ni Quincy, ni hollow.
Rukia se acercó a Ichigo, la expresión grave.
—Entonces, ¿qué es?
Ichigo no respondió.
Solo miró a Harribel, que cerraba los ojos con un hilo de voz.
—El desierto… eligió un nuevo amo.
Las palabras se deshicieron en el aire como ceniza.
Horas después, mientras el grupo se reorganizaba, el capitán del 11.º escuadrón observaba el horizonte desde una terraza destruida.
El viento levantaba torbellinos de arena negra que parecían arrastrar susurros.
Sus dos zanpakutō, que vibraban suavemente, casi en sincronía.
Sintió una punzada en el pecho. No dolor… sino memoria.
Por un momento, creyó ver —en la refracción de la arena— una figura enorme, de cuerpo incompleto, moviéndose bajo la superficie del desierto.
Apretó los dientes.
“No es un enemigo común… es algo que siempre estuvo ahí.”
De regreso en la sala del trono, Harribel reposaba, mientras Nell vigilaba junto a ella.
Ichigo se acercó y habló con tono firme:
—Descansa. Nosotros nos encargaremos.
Harribel lo miró con un brillo extraño, entre tristeza y esperanza.
—No puedes encargarle nada al desierto, Kurosaki Ichigo.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque el desierto… ha despertado.
Desde lo alto, el Hueco Mundo parece latir en ondas.
Las dunas se desplazan, formando un espiral casi perfecto alrededor del palacio.
Y bajo ellas, algo antiguo y sin rostro abre lentamente los ojos.