viernes, 7 de noviembre de 2025

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido.

Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo avanzaba entre dunas que latían, contrayéndose con un pulso invisible, como si el desierto estuviera vivo.

A lo lejos, una estructura emergía de la neblina: torres fragmentadas, muros corroídos por la energía espiritual y un cielo rojizo que se doblaba sobre sí mismo.
Era el antiguo, Las Noches, la fortaleza que alguna vez dominó el reino hueco.

Nell levantó el brazo, deteniendo a todos.
—Ahí está… pero algo no anda bien. —Su voz, normalmente vivaz, sonaba apagada—. La arena no debería moverse así.

Ichigo avanzó un paso, el peso de Zangetsu vibrando en su espalda.
—No es viento… es reiatsu.

Kazui e Ichika, un poco más atrás, miraban el horizonte con los ojos entrecerrados.
Entre las torres se levantaban columnas de polvo negro que parecían contener rostros gritando en silencio.

Renji frunció el ceño.
—No es un enjambre… son restos espirituales.

Orihime apretó las manos.
—¿Restos? ¿De quién?

Renji no respondió.
A su alrededor, el suelo comenzaba a vibrar con un ritmo acompasado, como un corazón enterrado bajo kilómetros de arena.

Al llegar al umbral del palacio, el grupo sintió el cambio de inmediato.
El aire, antes árido, olía a humedad y hierro. Los muros estaban cubiertos de inscripciones que parecían moverse bajo la luz.

Y en el trono del salón principal, entre sombras y polvo, Tier Harribel los observaba.
Su cuerpo estaba cubierto de vendas improvisadas, el manto rasgado hasta los hombros. Su respiración era lenta, pero su mirada conservaba la dignidad de una reina.

Nell corrió hacia ella, con una mezcla de alivio y dolor.
—¡Harribel! ¡Pensé que estabas muerta!

La ex-Espada levantó la vista con esfuerzo, sus ojos dorados brillando con cansancio.
—Muerta… hubiera sido más sencillo —murmuró—. El Hueco Mundo ya no me pertenece.

Ichigo se adelantó, deteniendo a Nell con un gesto.
—¿Qué pasó aquí? ¿Quién te hizo esto?

Harribel lo observó por un momento, y en su rostro se dibujó una sombra de sonrisa.
—Tú… siempre llegas tarde, Kurosaki Ichigo.

Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió. Orihime se arrodilló a su lado, desplegando su escudo curativo.
Los anillos dorados flotaron sobre ella, iluminando las vendas manchadas.
El reishi que brotaba de sus heridas era anómalo: inestable, cambiaba de tonalidad, mezclando blanco, negro y rojo.

Orihime se estremeció.
—Esto… no es energía hollow.

Harribel asintió apenas.
—No… esto no es de este mundo.

La sala tembló levemente, y desde las grietas del techo comenzó a filtrarse arena negra.
Kazui la observó caer, notando que cada grano brillaba con una diminuta chispa espiritual.

—Papá… —murmuró—. Esa arena… respira.

Ichigo lo miró, sorprendido.
Y por un instante, creyó escuchar algo: una voz profunda, casi dormida, resonando en el fondo de su mente.

“El diseño… debe recomponerse.”

Ichigo se giró con violencia, espada en mano.
—¿Lo escucharon?

Renji, Rukia y Uryū intercambiaron miradas tensas.
Rukia habló primero:
—Sí. Una voz… como si no viniera de afuera, sino de dentro.

Harribel respiró con dificultad, la piel perlada de sudor.
—Hace semanas que los hollows dejaron de responder a mis órdenes. Primero, solo murmuraban cosas sin sentido. Luego… dejaron de pensar. —Sus ojos se entornaron—. Al principio creí que era una maldición. Pero no… todos escuchamos lo mismo.

Nadie habló.
El silencio pesó como una sentencia.

Finalmente, Ichigo rompió la quietud:
—¿Y qué escuchan?

Harribel alzó la cabeza, y sus labios se movieron apenas.
—Una voz que dice que el mundo debe volver a ser uno.

Renji golpeó el suelo con el mango de Zabimaru.
—¿Y quién demonios puede hacer algo así?

Uryū caminó hacia las columnas de piedra y apoyó la palma.
—Esto… —susurró—. Este reishi es demasiado antiguo. No pertenece a ninguna raza conocida. Ni shinigami, ni Quincy, ni hollow.

Rukia se acercó a Ichigo, la expresión grave.
—Entonces, ¿qué es?

Ichigo no respondió.
Solo miró a Harribel, que cerraba los ojos con un hilo de voz.
—El desierto… eligió un nuevo amo.

Las palabras se deshicieron en el aire como ceniza.

Horas después, mientras el grupo se reorganizaba, el capitán del 11.º escuadrón observaba el horizonte desde una terraza destruida.
El viento levantaba torbellinos de arena negra que parecían arrastrar susurros.

Sus dos zanpakutō, que vibraban suavemente, casi en sincronía.
Sintió una punzada en el pecho. No dolor… sino memoria.
Por un momento, creyó ver —en la refracción de la arena— una figura enorme, de cuerpo incompleto, moviéndose bajo la superficie del desierto.

Apretó los dientes.

“No es un enemigo común… es algo que siempre estuvo ahí.”

De regreso en la sala del trono, Harribel reposaba, mientras Nell vigilaba junto a ella.
Ichigo se acercó y habló con tono firme:
—Descansa. Nosotros nos encargaremos.

Harribel lo miró con un brillo extraño, entre tristeza y esperanza.
—No puedes encargarle nada al desierto, Kurosaki Ichigo.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque el desierto… ha despertado.

Desde lo alto, el Hueco Mundo parece latir en ondas.
Las dunas se desplazan, formando un espiral casi perfecto alrededor del palacio.
Y bajo ellas, algo antiguo y sin rostro abre lentamente los ojos.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Capítulo 51: Camino a la marea

El grupo quedó enfilado tras la reacción en la arena. Los heridos habían sido atendidos por la Maga e Orihime; los que podían seguir, lo hicieron. La calma era tensa, como la calma antes del mar embravecido. Nell señaló una dirección con el brazo, la voz grave entre la arena:

—Allí está el fuerte de Harribel. Si la estructura madre está aquí, es en esa zona donde más probables son los nodos de conexión.

Abyss asintió y lanzó una orden corta: todos en formación. El capitán del 11.º colocó a sus filas con rapidez; su presencia imponía un ritmo que los demás seguían sin rechistar. Grimmjow y Nell avanzaron al frente como exploradores, seguidos por Ichigo, Uryū, Renji, Rukia, Orihime, Chad, Kazui, Ichika, Abyss, La Maga y el resto del contingente.

Mientras caminaban por la llanura polvorienta, Rukia se acercó a Ichika, que iba fría, aún con la tensión de la batalla pegada al pecho.

—¿Qué pasó hace un momento con Kazui? —preguntó Rukia con calma, mirando discretamente a la chica.

Ichika sintió cómo le subía el calor y se tornó roja como un tomate. Tartamudeó una excusa torpe:

—N-no es nada, mamá. Fue... nada.

Justo entonces, Renji apareció corriendo de la nada, como si lo hubiera llamado el viento,  con la sonrisa burlona, la señaló con el dedo.

—¿Qué pasa aquí? ¿Qué no me cuentan? ¿Qué ocurre con el hijo de Ichigo?

La cara de Ichika se contraía en una mezcla de irritación y vergüenza. Kazui trató de mirar al frente con naturalidad, pero su rubor no pasaba inadvertido.

Ichigo, que venía justo detrás con la respiración fuerte por la persecución del desierto, clavó los ojos en él.

—¿Por qué te miraba así Ichika? ¿Qué hiciste ahora? —preguntó Ichigo con esa mezcla de autoridad y cachondeo paternal.

Orihime, sonriendo y un tanto maternal, intervino antes de que la cosa subiera de tono:

—No es asunto nuestro. Es algo que ellos dos deben resolver.

Ichigo alzó una ceja, enarcando la voz con patente preocupación.

—Si es algo serio, me lo dices y yo lo arreglo.

—Ya no es un niño —respondió Orihime con firmeza, refiriéndose a Kazui—. Debe aprender por sí mismo a comportarse. Si no, Rukia y yo le enseñaremos.

El silencio que siguió a la frase fue ligero y cómico. Ichigo sintió, por primera vez en mucho tiempo, un frío de verdad: no por la guerra, sino por el hecho de que su hijo ya no era tan solo el niño que él recordaba. Rodó los ojos y murmuró algo entre dientes, pero no pudo evitar sonreír.

La formación avanzó con esos sobresaltos domésticos como ruido de fondo. En la delantera, los tres capitanes se reagruparon para discutir la estrategia. Sus voces eran bajas y tensas.

—Si lo que paso en Karakura y aquí está conectado —dijo Abyss—, no se trata solo de un brote aislado. Es un patrón.

La Maga, con su voz mesurada, añadió:

—Los hollows que vimos no se comportan como hollows. Se han convertido en alguna cosa nueva que consume y reconstituye. Si podemos cortar la raíz en varios puntos, quizá evitemos que el proceso se extienda.

El capitán del 11° escuadrón, serio, asintió.

—Necesitamos a Harribel. Si su castillo es el centro, su visión del Hueco Mundo nos dará una pista. Pero si esto ya ha avanzado, puede que no llegue a tiempo.

Nell, que caminaba a su lado, los miró con gravedad. Recordó entonces algo de las leyendas que había compartido con su propio pueblo, y habló con voz justa, sin dramatismo, pero con peso:

—Cuando peleamos en la guerra contra Yhwach, oímos de la antigua división de los tres mundos. Las historias dicen que, en los albores, todo era uno: humanos, hollows, espíritus. El Rey Espiritual separó aquello para preservar la armonía. Su espada estabilizó el equilibrio, y de esa división nacieron los reinos que conocemos.

Silencio. Las palabras calaron hondo.

—Eso existió por una razón —continuó Nell—. Si alguien o algo quiere volver a unirlos, las consecuencias serían... incalculables. No se trata solo de guerras territoriales: se trata de la mismísima línea entre la vida y la muerte.

La Maga tragó saliva y añadió:

—El Rey Espiritual es la razón por la que no sentimos a diario el peso del mundo en nuestros hombros. Si esa barrera se rompe, todo lo que llamamos orden colapsará.

Rukia apretó los labios, mirando al horizonte donde la silueta del fuerte de Harribel empezaba a recortarse.

—Si hay un plan para hablar con Harribel, debemos hacerlo cuanto antes; pero no como visitantes. Iremos con respuestas y, si es necesario, con fuerza.

El capitán clavó la mirada en Nell y dijo con voz baja:

—Nosotros llegaremos a la fortaleza. Esperemos que Harribel aun siga en pie, sino la tomamos a quien este ahí en ese momento. Este mundo no va a caer por inacción.

Nell lo miró con cierta melancolía y luego asintió. No era la primera vez que veían enemigos convertirse en aliados por la necesidad. No era la primera vez que la supervivencia dictaba extrañas alianzas.

El grupo aceleró el paso. En la marcha, entre planes y risas nerviosas, la brisa del Hueco Mundo traía un eco antiguo: un rumor del eclipse que nadie quería oír en voz alta, pero que nadie ya podía ignorar.

Mientras avanzaban, Ichika lanzó una última mirada a Kazui. No era una mirada de miedo, sino de decisión. Aquella conversación pendiente, prometida entre dientes, se acercaba.

En el aire, sobre la llanura de arenas, algo más profundo que la batalla empezaba a despertar: la certeza de que el tiempo para vacilar se acababa. Y una pregunta latente, entre los pasos de todos, resonaba como un latigazo: ¿quién iba a liderar la defensa cuando los tres mundos dejasen de estar separados?

lunes, 3 de noviembre de 2025

Capítulo 50: Ecos en la Arena

 El rugido de los HollowVacío sacudió el desierto. Sus cuerpos serpenteaban entre la arena como gusanos interminables, emergiendo y devorando a todo lo que se movía. El reishi en el aire era pesado, corrupto, imposible de clasificar.

—¡Liberen sus zanpakutō! —bramó el Capitán del 11º escuadrón, desenvainando a Hinomaru en un destello abrasador.

Uno a uno, respondieron al llamado:

Ichigo, con ambas manos, empuñó su Zangetsu cruzándolas frente a sí.

Renji desplegó a Zabimaru como un látigo sangriento.

Rukia hizo florecer a Sode no Shirayuki, levantando columnas de hielo que partían la arena.

Uryū materializó su arco, sus flechas iluminando la oscuridad.

Ichika y Kazui, aunque nerviosos, liberaron sus shikai, decididos a no quedarse atrás.

A su lado, Chad avanzó al frente. El Brazo Derecho del Gigante emergió sólido como hierro, mientras en el izquierdo se encendió el Brazo Izquierdo del Diablo, envuelto en energía abrasadora. Se plantó junto al Capitán del 11º como un muro inquebrantable.

Chad miró al capitán con seriedad.
—Tu segunda espada… ¿por qué la cargas a la espalda? Siento un reatsu muy distinto en ella.

El capitán giró apenas la cabeza, con una sonrisa feroz.
—Esa… es de último recurso.

Chad asintió, comprendiendo, y apretó los puños.

Mientras tanto, en la retaguardia, Orihime desplegaba sus escudos, restaurando miembros mutilados y cerrando heridas imposibles. Su voz temblaba, pero su poder se mantenía firme. A su lado, La Maga y los miembros del 4º escuadrón realizaban un milagro tras otro, arrancando a sus compañeros de las garras de la muerte.
Nell, con fuerza bruta y reishi salvaje, repelía a los HollowVacío que intentaban atravesar las líneas.

El caos era total. Cada vez que un HollowVacío caía, otro surgía de la arena.

—¡Esto es como pelear contra una maldita hidra! —gritó Kazui, jadeando, al cortar por enésima vez a uno de los gusanos.

—¿Qué hidra ni qué nada? —bufó Ichika, fulminándolo con la mirada—. Y luego de esto… vamos a tener una conversación los dos.

Kazui tragó saliva y se quedó callado, esquivando un zarpazo.

Fue Uryū quien respondió, sus ojos fríos calculando cada movimiento.
—A lo que se refiere es que en la mitología griega era una bestia a la que, si le cortabas una cabeza, le salían dos. Pero esto es distinto… —Disparó una flecha y luego frunció el ceño—. Estas cosas no duplican, no se multiplican. Son las mismas… como clones.

Uryū saltó a través de una plataforma de reishi, ganando altura. Desde lo alto, sus ojos se abrieron con alarma.

—¡No es una hidra… es más bien un hongo! ¡Están formando un círculo! ¡Y nosotros estamos en el centro!

El grito retumbó como un disparo.
De la arena emergió una estructura abominable: raíces oscuras que se entrelazaban como venas gigantes, todas conectadas a una máscara central con un orificio en medio. De allí fluía el reishi, unificando a todas las criaturas.

El grupo apenas alcanzó a escapar del círculo cuando la figura completa emergió. Era un monstruo colosal, un enjambre hecho carne, la encarnación del Hueco Mundo retorcido.

Sin dudar, Abyss dio un paso al frente.
—¡Yo me encargo!

Su shikai cortó en silencio, preciso, hiriendo directamente la estructura central. Un alarido gutural sacudió todo el desierto. El HollowVacío comenzó a desmoronarse, deshaciéndose en arena, disolviéndose en la nada como si jamás hubiera existido.

El silencio tras la batalla fue tan pesado como el rugido anterior.

Rukia se acercó a Nell, aún con la respiración agitada.
—Cuando apareció… lo llamaste HollowVacío. ¿Qué significa eso?

Nell la miró con seriedad, muy diferente a su tono habitual.
—Porque eso era. No era un hollow. No del todo. Hay leyendas… de criaturas que dejan de ser hollows, que pierden incluso lo que los hace hollows. Como un Plus que pierde el corazón y se convierte en hollow. Pero estos… estos son hollows que ya no son hollows. Vacíos de todo.

Se quedó en silencio un instante antes de añadir:
—Aizen escuchó hablar de ellos una vez. Se sorprendió… y envió a Arrancars para buscarlos. Pero nunca encontraron nada. Hasta ahora.

La arena volvió a crujir bajo sus pies. Nadie respiraba tranquilo.

El Hueco Mundo no estaba muerto. Estaba despertando.

viernes, 31 de octubre de 2025

Capítulo 49: HollowVacío

El desierto del Hueco Mundo se estremecía con el rugido de decenas de Gillians avanzando como un ejército ciego. El aire pesado vibraba con sus pisadas, y la arena temblaba bajo cada movimiento.

El grupo de avanzada —con Abyss, La Maga, el Capitán del 11º escuadrón, Nell y Grimmjow— se preparaba para recibirlos.

Pero antes de que pudieran reaccionar, a lo lejos comenzaron a escucharse tres rugidos familiares.

—¡Aúlla, Zabimaru! —retumbó una voz grave. En la distancia, un látigo surcó el aire y partió en pedazos a varios Gillians, cayendo como muñecos rotos.

—¡Danza, Sode no Shirayuki! —el frío se extendió con un murmullo cristalino, y varios hollows quedaron congelados en un instante, quebrándose en mil fragmentos que se disolvieron con el viento.

—¡Getsuga Tenshō! —la oscuridad cortó el cielo, un filo de poder que atravesó a los últimos Gillians con violencia.

Los cuerpos gigantes se desplomaron uno tras otro, levantando una nube de arena y polvo espiritual.

El grupo de avanzada abrió los ojos de par en par.

—…No puede ser —susurró Abyss.

De entre la polvareda aparecieron Ichigo, Rukia, Renji, Orihime, Uryū, Chad, Kazui e Ichika. La sorpresa en los dos grupos era mutua.

Ichigo apenas alcanzó a mirar a Nell cuando ella saltó sobre él con una sonrisa enorme.
—¡Ichigo! ¡Estás más viejo! —dijo, aplastándolo contra la arena mientras lo abrazaba con fuerza.

Orihime saludó con una mano, divertida.
—Hola, Nell.

Nell se giró de inmediato hacia Kazui, que la miraba con la cara roja como un tomate.
—¡Ohhh! Debes ser el hijo de Ichigo, tienen el mismo reatsu.

Kazui solo bajó la cabeza, asintiendo con torpeza.

Ichika, que observaba la escena, se cruzó de brazos y miró a Nell de arriba a abajo. Su vista se detuvo un instante en el prominente busto de la arrancar… luego se miró a sí misma, bajó el ceño y chasqueó la lengua.

Al notar a Kazui rojo, le dio un golpe en el brazo, que llego a tumbarlo.
—¡Oye, deja de mirarla tanto, idiota!

Todos alrededor se quedaron congelados. Orihime y Rukia se taparon la boca, riendo por lo bajo, mientras Renji y el propio Ichigo —aún atrapado bajo Nell— no entendían nada.

Fue el capitán del 11º escuadrón quien cortó el momento.
—Capitana Kuchiki. —Hizo un saludo rápido a Rukia—. No te preocupes. Cumplí tu orden. Dejé a Tala en el escuadrón, como lo prometí.

Rukia asintió, aliviada por dentro, aunque la tensión en sus ojos revelaba que no dejaba de pensar en ella.

El capitán miró a Ichigo y al grupo completo, sorprendido.
—Jamás pensé que vería al legendario equipo de Karakura reunido otra vez. Cuándo estaba dentro de la Academia, sus nombres eran una leyenda.

Un murmullo de los hombres del 11º escuadrón interrumpió la reverencia.
—Leyenda o no, yo no pienso pelear junto a un sucio Quincy —dijo uno de los soldados, mirando con desprecio a Uryū.

El Quincy, sereno, materializó su arco de luz.
—Si crees que eres digno de enfrentarte a mí… ven. Y veremos si sigues vivo.

El aire se volvió espeso, hasta que la voz de Abyss cortó la tensión como un filo.
—Llevamos cinco minutos aquí… y ya la mitad de ustedes ha muerto en la arena. —Su mirada se clavó en todos—. No traje a débiles, y tu capitán tampoco. Si quieren vivir, dejen de actuar como idiotas.

El shinigami que había hablado bajó la cabeza, mordiéndose el labio. Dio media vuelta… y no alcanzó a dar un paso más.

Un grito ahogado escapó de su garganta cuando algo emergió de la arena y lo partió a la mitad.

—¡¿Qué demonios…?! —bramó Grimmjow, desenvainando.

La arena comenzó a convulsionar. Decenas de criaturas emergieron, largas como gusanos, con cuerpos formados de arena compacta, venas negras y máscaras blancas de los anteriores hollows incrustadas en su superficie. Sus ojos brillaban vacíos, pero su reatsu era antinatural, imposible de clasificar.

—No los destruimos... ellos terminaron absorbiéndolos—murmuró La Maga, retrocediendo un paso—. Se… se crearon de la nada.

Los rodeaban por completo.

—HollowVacío —susurró Nell, con el rostro tenso.

La arena del Hueco Mundo, por primera vez en siglos, rugió como si estuviera viva.

Un nuevo enemigo había llegado.

viernes, 24 de octubre de 2025

Capítulo 48: Como en los viejos tiempos

 La tienda de Urahara vibraba con la energía acumulada. Frente al grupo, la garganta se abría poco a poco, expandiéndose como un túnel blanco que parecía tragarse la luz de la sala.

Urahara ajustó su sombrero y habló con tono ligero, aunque su mirada denotaba tensión:
—La garganta debería llevarlos aproximadamente al sector donde se encuentra el grupo de avanzada.

Ichigo, con los brazos cruzados, lo miró con severidad.
—¿Cómo que “aproximadamente”?

Urahara se encogió de hombros, ocultando media sonrisa tras el abanico.
—El Hueco Mundo está… inestable. Mis lecturas no son precisas. No solo los hollows han cambiado: incluso el espacio mismo allí parece alterado.

Ichigo resopló, apretando los puños. Por un momento, miró a cada uno de los presentes: Rukia, Renji, Chad, Uryū, Orihime, Ichika, Kazui… hasta el hijo de Ishida que se mantenía junto a su madre a la distancia.

Entonces, con una media sonrisa cargada de determinación, pronunció una sola frase:
—Como los viejos tiempos.

El grupo cruzó el umbral.

Avanzar por ese túnel dimensional era siempre una experiencia perturbadora: oscuridad infinita alrededor, plataformas de reishi bajo los pies y esa sensación de que, si alguien titubeaba, podía perderse para siempre.

Los padres avanzaban con experiencia, pero ahora no solo eran guerreros: eran padres y mentores.

Renji caminaba al frente, observando de reojo a Ichika.
—No sé si hice bien trayéndola —murmuró a Rukia.

Ella lo miró, con el rostro serio.
—Si no la hubiésemos dejado venir, habría encontrado otra forma de seguirnos. Es hija de Abarai Renji, ¿recuerdas? —añadió con un brillo orgulloso en los ojos.

Orihime observaba a Kazui, que avanzaba junto a Ichika con paso firme. Sus manos temblaban levemente, deseando protegerlo, pero al mismo tiempo entendiendo que debía dejarlo ser.

Ichigo no decía nada. Caminaba unos pasos por delante, como si cargar con esa decisión fuese un peso que prefería llevar en silencio.

La luz del Hueco Mundo los envolvió de golpe cuando salieron. El cielo perpetuamente oscuro, las dunas infinitas y la opresión espiritual los recibieron como un rugido invisible.

No alcanzaron a avanzar demasiado cuando un grupo de hollows surgió desde la arena.

Pero no eran hollows comunes. Sus máscaras parecían incompletas, sus cuerpos distorsionados, como si estuvieran a medio camino entre varias formas. Y, lo más perturbador, sus ojos no eran vacíos… sino conscientes.

Ichika retrocedió un paso al verlos, el corazón latiéndole a mil.

Uno de los hollows, de torso delgado y brazos alargados, habló con una voz ronca pero clara:
—La unión de los mundos… es inevitable. El eclipse marcará el comienzo.

Ichika abrió los ojos de par en par.
—¡Eso mismo escuché en Karakura! —exclamó, mirando a los demás—. Es lo que le conté a Tala… ¡ella me dijo que hablan sobre una profecía!

El hollow giró la cabeza hacia ella, como si reconociera su voz.
—Los herederos… serán testigos.

Renji se puso de inmediato frente a Ichika, desenvainando Zabimaru.
—¡No te acerques a ella!

El aire se llenó de tensión.

Ichigo no esperó más. Tomo su zampakuto y se lanzó hacia el primer hollow. A su lado, Chad activo "El brazo derecho del Gigante" y "El brazo izquierdo del Diablo", Orihime invocó su escudo y Uryū tensó su arco Quincy.

Por un instante, el tiempo pareció retroceder años atrás. El viejo equipo luchaba nuevamente, hombro con hombro, contra lo desconocido.

Chad derribó de un golpe a un hollow que intentaba abalanzarse desde un costado. Orihime protegía las aberturas, bloqueando ataques con sus barreras de luz. Uryū disparaba ráfagas de flechas, precisas como siempre, atravesando a los enemigos antes de que pudieran moverse.

E Ichigo, con el filo de Zangetsu brillando en el aire, cortaba el frente con la misma furia indomable que en sus días de juventud.

Kazui e Ichika observaban la escena con los ojos muy abiertos.

No era un cuento, ni una leyenda. Era lo que significaba luchar de verdad. Era lo que habían heredado.

Ichika apretó el mango de su zanpakutō, sintiendo en el pecho tanto miedo como determinación. Kazui, en silencio, entendía ahora por qué su padre siempre hablaba de luchar “con todo”.

El eco del viejo equipo resonaba en el Hueco Mundo, pero ya no eran los únicos que cargarían con ese deber.

La nueva generación estaba presenciando la batalla que definiría el futuro… y pronto sería su turno de blandir sus zampakuto.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Capítulo 47: Ecos del Legado

La noche en Karakura estaba inquietantemente tranquila. Ni un solo hollow rondaba las calles, como si el mismo aire aguardara en silencio. Dentro de la tienda de Urahara, las luces estaban encendidas y las sombras de varias figuras se proyectaban sobre los biombos de papel.

Urahara, abanico en mano, hablaba con su tono ligero, pero sus ojos escondían una seriedad poco habitual.

—Para este punto, el escuadrón de avanzada ya debería haber ingresado en Hueco Mundo. Capitaneados por los más aptos para ese terreno, y acompañados de Nelliel y Grimmjow —explicó—. Los viejos compañeros quizá no estén en su mejor momento físico… pero créanme, la experiencia cuenta más de lo que creen.

Orihime apretó las manos sobre su regazo, sin dejar de mirar a Ichigo, que se mantenía de pie, rígido, con esa mezcla de impaciencia y preocupación que le era tan característica.

—No pienso quedarme de brazos cruzados —dijo Ichigo, con voz baja pero firme—. Kazui es fuerte, pero aún es un niño. No lo dejaré arriesgarse.

Kazui, sentado en las escaleras, se levantó de golpe.

—¡Soy un shinigami, papá! —su voz resonó, cargada de emoción y orgullo—. ¡Ese poder corre por mi sangre! Si te lanzas a luchar sin mí, ¿cómo esperas que me convierta en alguien digno de ese mismo legado?

El ambiente se tensó. Ichigo giró bruscamente hacia él, dispuesto a frenarlo con palabras que sonaban más a rugido que a consejo, pero Urahara levantó una mano, interponiéndose entre ambos.

—Kurosaki-kun, deja que termine —interrumpió suavemente, aunque sus ojos estaban afilados como cuchillas—. Vamos a necesitar toda la ayuda posible. Incluso la que no esperábamos.

Ichigo lo miró con incredulidad.

—¿Estás diciendo que…?

—Así es —Urahara cerró el abanico—. Por eso llamé a Chad y a Ishida. Este no es un problema que deban cargar solos. El mundo entero podría verse afectado.

Justo entonces, la puerta corrediza se abrió con un golpe seco.

Rukia entró con la misma elegancia de siempre, Renji tras ella con paso seguro, e Ichika cerrando el trío, con su uniforme, esta vez, bien ajustado y el cabello recogido con firmeza.

—Tardamos demasiado —dijo Rukia, mirando a Ichika algo molesta.
—Pero llegamos a tiempo —añadió Renji, posando una mano en el hombro Rukia.

Ichika miró a Kazui con complicidad, como si las palabras sobraran. Ambos sabían que estarían lado a lado en lo que venía.

Orihime contuvo la respiración. Yuzu y Karin, que habían ido a apoyar discretamente a su hermano, se miraron entre sí sin atreverse a interrumpir.

Todo parecía alinearse para un último reencuentro del antiguo equipo… pero con un giro inesperado.

Al salir de la tienda, para despedir a Yuzu y Karin, quien debían volver a la clínica, una silueta los esperaba frente a la calle iluminada por faroles. Era una mujer de porte sereno, con rasgos refinados, y a su lado un muchacho de cabello oscuro, algo más joven que Ichika y Kazui.

El chico clavó los ojos en Uryū, y dio un paso al frente.

—Sé que aún soy demasiado joven para luchar a tu lado, padre… —su voz tembló apenas, pero cada palabra pesaba—. Pero prométeme que volverás. Que seguirás entrenándome para convertirme en un Quincy, como tú… y como el abuelo.

El silencio fue absoluto.

Todos voltearon, sorprendidos. Nadie, ni siquiera Ichigo, sabía que Uryū había tenido un hijo.

Ichigo entrecerró los ojos. Renji levantó una ceja incrédulo. Rukia apenas pudo ocultar el impacto. Incluso Urahara dejó caer el abanico, sonriendo con esa mezcla de misterio y satisfacción que solo mostraba cuando los secretos salían a la luz.

Uryū, serio, apoyó una mano en el hombro del muchacho.

—Lo prometo. Pero ahora no es tu momento.

El chico bajó la cabeza, aceptando, aunque sus puños seguían apretados con fuerza.

Ichika susurró para sí misma:
—Entonces… la nueva generación no solo somos nosotros dos.

El grupo entero entro al antiguo sótano la tienda. Frente a ellos, la garganta que los llevaría a Hueco Mundo empezaba a abrirse, resplandeciendo como un ojo blanco en medio de la oscuridad.

El aire vibraba con una mezcla de nostalgia y anticipación. Viejos camaradas, nuevos herederos, y un enemigo desconocido aguardando al otro lado.

La última misión, el cruce de legados, estaba a punto de comenzar.

martes, 21 de octubre de 2025

Capítulo 46: El rugido contenido

 El 11º escuadrón estaba más silencioso que nunca. Las risas y los gritos de batalla que normalmente llenaban el patio habían desaparecido, sustituidos por el eco lejano de pasos y órdenes secas. La ausencia del capitán se sentía como un hueco que ni cien hombres podían llenar.

Tala Kuchiki, aún con los informes bajo el brazo, recorría los pasillos revisando las rondas de guardia. Sus pasos eran firmes, pero dentro de ella el zumbido de la duda todavía no la dejaba en paz.

Fue entonces cuando una voz fresca, casi descarada, rompió el ambiente:

—Así que es cierto…

Tala se giró con brusquedad. En la entrada del pasillo, con el uniforme desordenado y el cabello recogido de forma descuidada, estaba Ichika Abarai.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Tala, sorprendida.

Ichika sonrió con nerviosismo.
—Tenía que verlo con mis propios ojos. Todos en la familia hablan que ahora eres la teniente del 11º… pero no me lo creía.

Tala frunció el ceño.
—Estoy ocupada... ¿Qué quieres?.

Ichika se acercó, bajando la voz.
—No estoy aquí para pelear. Quería contarte lo que nos paso Karakura.

Tala la miró con atención, y la joven no esperó permiso para continuar.
—Un hollow extraño apareció. No era como los demás… su marcara casi no parecía hollow. Pero habló, Tala. Habló como un humano. Dijo que “los mundos deben unirse” y que “el eclipse se acerca”. Kazui y yo lo escuchamos.

Las manos de Tala se crisparon sobre los informes.
—…Lo sé. Ya recibimos parte del reporte de Urahara.

—No entiendes. —Ichika dio un paso más cerca, con una mezcla de miedo y emoción en los ojos—. No eran solo palabras. Su reatsu era… raro, como si no fuera de ningún mundo. Y Urahara piensa que pueden haber más.

El silencio cayó entre ellas. Tala podía sentir la seriedad en el rostro de la hija de Renji.

—¿Y cuál es el plan? —preguntó al fin.

Ichika tragó saliva.
—Investigar. Saber qué son de verdad esos hollows. Kazui y yo pensamos que si aparecen más, no podemos quedarnos de brazos cruzados.

Tala cerró los ojos un instante. Dentro de ella, algo se agitaba con fuerza. La imagen de su capitán cruzando hacia Hueco Mundo, la de Abyss desapareciendo en la garganta a su lado, y la de La Maga caminando tras ellos con esa calma temible. Todos allí, enfrentándose a algo desconocido.

Y ella… ella se había quedado atrás.

Un peso invisible le presionó el pecho.

—Ichika… —dijo al fin, con un tono bajo pero cargado de filo—. ¿Entiendes lo que dices? ¿Entiendes lo que puede significar enfrentarse a algo que ni siquiera reconocemos?

Ichika alzó la barbilla.
—Lo entiendo más de lo que crees.

Los ojos de Tala brillaron con una intensidad repentina, como si en su interior se encendiera un fuego oculto. La preocupación que llevaba acumulando se transformaba en una sensación peligrosa: la certeza de que tal vez su capitán y su maestra no volverían.

Y si eso pasaba… todo recaería sobre ella.

Respiró hondo, intentando controlar el rugido contenido en su pecho.

—Escucha, Ichika. Si de verdad vas a seguir ese camino… no lo hagas como una niña buscando aventuras. Hazlo como un soldado preparado para morir.

Ichika guardó silencio, sorprendida por el peso de esas palabras.

Tala la miró de frente, y por primera vez, Ichika vio en ella no solo era la pequeña de la Familia Kuchiki, sino a alguien que cargaba el peso de todo un escuadrón sobre sus hombros.

En ese momento, el “Pequeño Tigre Blanco” ya no parecía tan pequeño.

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido. Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo a...