Al llegar de vuelta al escuadrón 13, lo primero que hizo fue ir a ver a Rukia. Entró a la oficina con el rostro pálido y el uniforme manchado de tierra.
—¿Encontraste algo? —preguntó ella con calma.
Él respiró hondo y dejó la vieja katana envuelta en trapos sobre la mesa. Incluso con los sellos colgando, se sentía el reiryoku pesado como plomo.
—Solo esto... pero no es una espada normal. Su reiryoku... es igual al de una zampakutō, pero... algo la habita. Algo horrible.
Rukia frunció el ceño.
—¿Quieres que la envíe al escuadrón 12 para examinarla?
Él asintió. No tenía idea de qué hacer con algo así.
Fue así como terminaron en el laboratorio de Mayuri Kurotsuchi. El Capitán del 12º escuadrón los recibió con una sonrisa torcida y curiosa.
—Veamos esta “pieza de museo” —dijo, desenvolviendo la hoja con sus dedos largos y fríos.
Apenas la tela cayó al suelo, el aire se volvió denso, pesado como bruma espesa. Un hedor nauseabundo se expandió como si mil cuerpos se pudrieran a la vez.
Mayuri se quedó mirándola en silencio. Su ojo mecánico chisporroteó mientras analizaba el reiryoku.
—Interesante... —murmuró con un tono que no ocultaba su fascinación—. Ni siquiera la zampakutō de ese monstruo de Zaraki Kenpachi tenía un reiryoku tan... diabólico.
Todos en la sala tragaron saliva. Él se tensó.
—Capitán, solo quiero saber qué es —dijo con la voz áspera.
Mayuri soltó una risa breve y seca.
—Es tu problema, no el mío —dijo mientras se giraba—. Pero un error fue quitarle los sellos. Eso era lo que mantenía a esa cosa bajo control.
Se escuchó un silencio incómodo.
—Ese fue el problema —murmuró él con amargura—. Se desprendieron solos mientras veníamos aquí.
Mayuri se congeló. Su rostro se torció en un gesto casi divertido.
—¿¡Qué!? —gritó, con un brillo maniático en los ojos—. ¡Eso es malo! Muy malo.
Le gritó a su teniente.
—¡Tráeme una cápsula de contención, ya!
Akon llegó corriendo con un cilindro reforzado. Entre varios shinigamis sellaron la katana dentro. El contenedor temblaba, grietas negras aparecieron en sus bordes. Luego de un zumbido aterrador, la cápsula explotó, liberando un vaho negro como brea, el mismo hedor nauseabundo llenando el laboratorio.
Algunos retrocedieron, pero él sintió cómo su corazón se helaba.
Sin pensarlo, se adelantó y tomó la espada con ambas manos, como lo había hecho la primera vez que la vio, casi por instinto. En cuanto sus dedos la aferraron, la brea negra pareció calmarse al instante, el hedor nauseabundo se disipó como si alguien hubiera abierto una ventana, y el reiryoku maligno se volvió apenas un susurro.
El silencio se apoderó del lugar.
Mayuri se acercó con una mueca burlona, analizándolo de arriba a abajo.
—Parece que solo contigo se calma... Qué decepcionante —dijo con tono sarcástico—. Supongo que ya no es mi problema.
Sin más, tiró las telas que envolvían la zanpakutō hacia él.
—Envuélvela y llévatela. Y no vuelvas con esa cosa nuevamente aquí.
Él tomó las telas, la envolvió, la sentía pesada como el pecado. Mientras salía del laboratorio, escuchó a Mayuri murmurando entre dientes:
—Si es la zampakutō maldita que una vez leí en esos viejos libros... estamos todos condenados.
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