El tiempo pasó.
Ya todos eran más grandes en edad, experiencia y en espíritu.
Abbys seguía como teniente del Segundo Escuadrón.
Se decía en voz baja que era la única digna de suceder algún día a Soi Fong.
Que su lealtad y técnica eran impecables.
Aunque la capitana jamás lo decía en público, todos sabían que la valoraba más de lo que dejaba entrever.
La Bruja, mientras tanto, también había ascendido.
No era solo la prodigio en kidō que había impresionado desde la academia: ahora era teniente del Cuarto Escuadrón.
Pero no porque Kiyone hubiera muerto ni desaparecido.
Un día, Kiyone se acercó a ella, la miró sin titubear y puso su mano en su hombro:
—A partir de hoy, ocuparás mi lugar.
—No es necesario —respondió la Bruja con frialdad, sin mover un músculo—. Ya tienes el puesto.
—No. Ya no es mío —replicó Kiyone con seriedad—. Eres mejor que yo. Todos aquí lo saben.
—Eso no importa.
—Sí importa —zanjó Kiyone con dureza—. Lo que importa es que este escuadrón tenga a la mejor en ese puesto. Y eres tú.
La Bruja no dijo nada más.
Solo bajó la mirada.
Y Kiyone se alejó con un suspiro.
Desde entonces, nadie volvió a discutirlo.
Isane respaldó la decisión sin más palabras.
El Cuarto Escuadrón tuvo a la teniente más temida y respetada de su historia.
Y él...
Bueno, algo había cambiado en él también.
El Capitán Comandante sabía que desde aquel día en la bodega, algo había despertado.
Ya no era el mismo.
Era más seguro. Más decidido.
Pero no era solo su carácter.
Su bokken también había cambiado.
Ahora tenía un tono más oscuro, casi quemado.
En su hoja de madera aparecía un dragón tallado con una precisión imposible de explicar.
Y algo más inquietante: aquel viejo bokken cortaba como si fuera una zampakutō verdadera.
El reiryoku que manaba de él no era menor que el de cualquier espada.
Shunsui sabía muy bien de dónde venía ese bokken.
Lo había visto con sus propios ojos, cubierto de polvo durante generaciones, guardado en la bodega como un objeto inerte.
Nadie había logrado nunca despertar su espíritu.
Pero aquel día…
El bokken lo eligió.
O quizá lo reclamó como su dueño.
Pasaron meses de calma relativa hasta que llegó el mensaje:
una misión al mundo humano.
Era inusual.
Los tres escuadrones serían enviados juntos:
-
El Segundo, con Abbys al mando de un escuadrón de reconocimiento y eliminación.
-
El Cuarto, con la Bruja a cargo de sanidad avanzada y apoyo de kidō.
-
Y un equipo mixto del Primero para coordinación.
Cuando Shunsui anunció la lista de refuerzos, él se presentó voluntario.
Fue la primera vez que pidió ir a una misión.
El Capitán Comandante solo levantó una ceja, se acomodo su yokata y dijo con su tono desenfadado:
—¿Estás seguro?
—Sí, Capitán Comandante.
—Bien… —exhaló —. Entonces ve.
Cuando llegaron al mundo humano, se encontraron con algo mucho peor de lo que preveían.
Varias gargantas se abrieron de golpe en el cielo.
De ellas surgieron menos grandes y adjuchas.
Un verdadero enjambre.
El Segundo Escuadrón entró de inmediato en acción.
Abbys gritaba órdenes con voz firme:
—¡Divídanse en células de ataque! ¡Ninguno de estos bastardos regresa vivo!
El Cuarto Escuadrón se desplegaba en formación de curación y apoyo, lanzando hechizos de barrera y kidō ofensivo.
Pero no bastaba.
El cielo se llenaba de bestias blancas.
Fue entonces cuando la Bruja se adelantó, con el rostro imperturbable.
Sacó una pequeña zampakutō y la sostuvo al frente.
Su voz fue un susurro helado:
—Oscila... Pendulum.
El aire se cortó con un chasquido seco.
La hoja se desprendió del mango, extendiéndose en una fina cadena.
Al final, un péndulo de cuarzo brillante oscilaba con un resplandor espectral.
Su presión espiritual creció como una marea.
Incluso los hollows más grandes giraron sus máscaras hacia ella, cautelosos.
En el frente, Abbys no se quedó atrás.
Gritó mientras desenvainaba:
—¡Despedaza, Felina!
Su zampakutō se dividió en dos garras unidas por un mango central, una en cada mano.
El brillo de su reiryoku hizo temblar el suelo.
Los rugidos de los hollows se mezclaron con el estruendo de los choques de acero.
Él, en cambio, estaba paralizado.
Miraba todo, sin saber qué hacer.
Veía a sus amigas luchar con fiereza.
Y se sintió pequeño.
Insignificante.
Hasta que la voz regresó.
Susurró como brasas en su oído:
"Guíame, y yo te guiaré."
Miró a Abbys.
Ella estaba cercada por un hollow que levantaba su enorme brazo para aplastarla.
Le gritó:
—¡Viniste a mirar o a pelear! ¡Esta vez no puedo protegerte!
Y entonces lo vio.
Vio algo más que muerte.
Vio el destino para el que había nacido.
Cerró los ojos y se encontró otra vez en aquel espacio vacío con tres soles titilantes.
Pero ahora distinguía la silueta de una enorme serpiente o dragón.
"Solo si estás listo te diré mi nombre."
"Solo si estás listo para guiar tu destino y el mío."
"Para proteger a quien quieras proteger."
Abrió los ojos.
Y gritó.
Corrió hacia el hollow con su viejo bokken.
Cortó el brazo del monstruo de un solo tajo.
Abbys, atónita, lo miró.
Él no vaciló.
Le lanzó una última mirada:
—Es hora de que yo las proteja.
—...
—Es hora de ser quien debo ser.
Giró el bokken, sujetándolo con ambas manos.
La empuñadura con su izquierda.
La hoja con su derecha.
Y susurró:
—Guía mi destino... Hinomaru.
De la vieja madera emergió un destello abrasador.
Sacó una hoja real.
Una zampakutō viva.
En su mano izquierda tenía la espada.
En su derecha, la saya.
Su mirada era distinta.
Serena. Decidida.
Abbys se puso de pie, acomodó su uniforme y no pudo evitar decir, con una pequeña sonrisa:
—¿Quién diría… eres zurdo?
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