lunes, 4 de agosto de 2025

Capítulo 11: Ecos en el Agua

 Aquella noche, un sueño extraño lo visitó.

Estaba de pie junto a un lago silencioso. Sobre sus aguas quietas, tres remolinos giraban lentamente, como si quisieran arrastrar la luz misma al fondo. En sus manos sostenía una espada pesada como un juramento.

Pero la partió en dos, dejando cada mitad a un lado, marcando un límite entre ellas. Sintió que ambas se miraban, enfrentadas, retándose en el reflejo turbio del agua.

Y al otro lado del lago, una figura imponente, apenas una silueta, lo observaba en silencio. Sin palabras, pero con una autoridad que helaba la sangre.

Despertó de golpe, con el pulso acelerado.

—Solo fue un mal sueño... —murmuró.

Pero al mirar su habitación, algo no cuadraba.

Sus zanpakutō estaban perfectamente alineadas, cada una en un lado opuesto, como si se estudiaran o se desafiaran mutuamente. Exactamente igual que en el sueño.

—No puede ser… —susurró, intentando convencerse de que solo era casualidad.

Ese día tenía que reunirse con ellas. No solo era un entrenamiento: había cosas que hablar.

Cuando llegó al claro de práctica, Abbys lo esperaba sentada sobre un tronco, con los brazos cruzados y la mirada seria. La Maga estaba de pie a su lado, el rostro impasible pero atento.

Él respiró hondo y se acercó.

Abbys habló primero, directa como siempre:

—Sobre esa espada que llevas...

La Maga continuó:

—Rukia nos contó. El informe de Mayuri. Dónde la encontraste.

Él tragó saliva.

—¿Y...?

—Mandamos escuadrones de reconocimiento —dijo Abbys—. Kido de rastreo, sensores...

La Maga negó con la cabeza.

—Solo encontraron un terreno baldío. Muerto. Como si nada hubiera existido nunca.

Él bajó la vista, sintiendo un vacío en el pecho.

—Yo estuve ahí —murmuró—. Había un templo. Había sellos.

La Maga lo sostuvo con la mirada.

—Por eso estamos aquí.

Abbys cruzó los brazos otra vez.

—Queremos saber qué es esa cosa. Y entrenar contigo. Si alguna vez hay que detenerla, sabremos cómo hacerlo.

Él tragó saliva. No pudo decir nada.

Mientras calentaban, la tensión era evidente. Él era el único que no había mostrado aún su Bankai. Y todos sabían que tarde o temprano tendría que hacerlo.

Fue entonces que una voz conocida interrumpió:

—Vaya... parece que llegué en el momento justo.

Renji Abarai estaba allí, con su banda en la frente y esa media sonrisa confiada.

Abbys levantó una ceja.

—Renji. No te esperábamos.

La Maga inclinó apenas la cabeza.

—Teniente...

Renji saludó de manera informal.

—Rukia me contó. Sobre esa espada. Sobre lo que pasó con Mayuri. Vine a verlo con mis propios ojos.

Él respiró hondo.

—No creo que sea buena idea.

Renji rió apenas.

—Por eso vine. Hay que saber si vas a controlarla o no.

El duelo comenzó.

Él se colocó en guardia, bokken oscuro en la izquierda, la espada maldita envuelta en su espalda, la empuñadura asomando sobre su hombro derecho.

Renji no esperó. Atacó con fuerza, haciéndolo retroceder de inmediato.

—¡Si dudas en batalla, morirás! —gritó Renji mientras Zabimaru se extendía como un látigo.

El corazón le latía con fuerza. Y entonces escuchó la voz oscura en su cabeza.

"Libérame de nuevo... Sabes que puedo matar a quien sea, donde sea..."

Sus manos temblaron. El látigo estaba a punto de alcanzarlo.

Fue cuando sintió algo.

Un toque en su hombro izquierdo. Firme. Cálido. Como si Hinomaru mismo estuviera ahí, apoyándolo.

"Es hora de ponerse serios. No juegues."

Su voz retumbó en su pecho:

—Guía mi destino… Hinomaru.

El bokken se iluminó con un brillo claro, casi cegador, mientras la hoja afilada emergía de su interior con un destello puro. El fuego crepitó pero no quemó. Fue luz, no destrucción.

Renji detuvo a Zabimaru en seco. Envainó con calma.

—Suficiente.

Abbys y la Maga se tensaron, confundidas.

Él respiraba con dificultad, aún sosteniendo a Hinomaru liberado.

Renji se dio vuelta, levantando una mano.

—¿Por qué paras? —preguntó Abbys con un tono duro.

Renji se detuvo apenas un segundo.

—¿Por qué? —repitió, sin mirarlos—. Podría seguir. Podría presionarlo a que use esa otra espada.

Volteó apenas el rostro para verlos de reojo.

—O podría ver si de verdad tiene la determinación de alguien que va a pelear al lado de dos capitanas.

Su tono fue más bajo, casi como para sí mismo.

—No vine a matarlo hoy. Solo a verlo decidir.

Y sin más, empezó a alejarse entre los árboles, dejando a los tres en silencio.

Abbys apretó los puños. La Maga bajó la mirada.

Él solo se quedó ahí, sintiendo el peso de Hinomaru en su mano, el otro acero maldito aún amarrado a su espalda.

Intentando decidir en quién quería convertirse.

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