Era una misión de reconocimiento en el mundo humano. Al principio parecía sencilla: patrullar un barrio olvidado donde habían detectado firmas hollow, verificar, limpiar y volver.
Pero todo se torció rápido.
Los hollows no eran simples carroñeros: estaban organizados, acechaban en grupo. Veloces, feroces. El escuadrón fue separado en callejones y azoteas mientras los gritos de alerta se mezclaban con rugidos salvajes.
Él avanzaba con Hinomaru en su cintura y la espada maldita enfundada en su espalda.
Quería liberarla. Gritar su nombre.
Pero no pudo.
Su mano temblaba sobre la empuñadura.
"¿Y si Hinomaru está enojado conmigo...? Hace días que no escucho su voz. Tal vez me odia ahora."
El miedo lo paralizó.
Un hollow emergió de la niebla, con fauces abiertas como un túnel de sombras. Apenas rodó a tiempo, sintió las garras chocar contra el asfalto.
No pudo llamar a Hinomaru.
No dijo nada.
Su mente se bloqueó.
El mundo se oscureció.
Sintió que el aire se volvía espeso, frío como la muerte. En un parpadeo, ya no estaba en la calle.
Todo era negro. Viscoso. El suelo parecía líquido, brea hirviente que expulsaba burbujas malolientes. Era igual al lugar donde la encontró por primera vez.
Allí estaba esa silueta gigantesca, encapuchada. Su reatsu pesaba como un alud.
Pero no habló con burla. Ni con odio.
Su voz fue un trueno grave, cavernoso:
—Tranquilízate. Respira.
Él jadeaba, los ojos dilatados.
—¿Por qué me hablas así...? —logró soltar con voz rota—. Yo... yo pensé que Hinomaru me odia. Que ya no quiere pelear conmigo... por eso no esta aquí.
La figura permaneció inmóvil.
Su reatsu parecía sofocarlo, pero el tono era extraño. No era cruel. Era calmado.
—No estoy aquí porque él te odie. Estoy aquí porque tú me trajiste.
El aire se espesó aún más, como si el tiempo se congelara.
—Tu miedo no es por mí —continuó con esa voz grave—. Es porque temes perderlo a él. Temes no ser digno de su luz.
Él bajó la cabeza, las manos crispadas.
—Hinomaru es tu llama, tu guía. Yo soy el otro lado. Este equilibrio no existe sin oscuridad.
La silueta se inclinó apenas.
—No puedo reemplazarlo. No quiero hacerlo. Pero tampoco debes temerme. Acepta lo que soy. Entiende que también soy parte de ti.
El silencio fue pesado.
Él respiró, cerró los ojos con fuerza.
—...Si realmente no quieres destruirme —susurró—. Dime tu nombre.
La sombra levantó el rostro. Sus ojos ardían como brasas vivas.
—Te lo daré porque entendiste la verdad.
El mundo se quebró como vidrio.
Cuando volvió en sí, estaba de nuevo en la calle.
El hollow se lanzaba sobre él.
Sin pensar más, apartó la mano de Hinomaru, dejándolo calmo en su cintura.
Fue hacia la espada maldita que llevaba en la espalda.
Su voz salió con un bramido lleno de determinación:
—¡Al morir nació la vida! ¡Resucita... MANZACHIRI!
La hoja se quebró en su mano. Breas negras cubrieron las grietas, solidificándose y transformándose en dos hojas cortas contrapuestas, unidas por un mango central en ángulo recto, como tonfas negras decoradas con vetas rojas ardientes.
El reiryoku oscuro estalló como un rugido de bestia.
Pero él no fue arrastrado.
No perdió el control, como la primera vez que blandió a esa espada maldita.
Él sostenía las armas con firmeza.
El hollow chilló, pero el tajo fue limpio, mortal. De un solo movimiento lo partió en dos.
Se giró para enfrentar a otro. Su grito murió ahogado en brea chisporroteante cuando la segunda hoja se hundió en su pecho.
Finalmente se detuvo.
Respiraba con fuerza, el corazón golpeando con violencia.
Miró las armas en sus manos. Las tonfas negras humeaban con calor oscuro, como brasas vivas.
—Manzachiri... —murmuró.
No sabía si había liberado algo bueno.
O si solo había desatado un plan aún más siniestro de esa zanpakutō maldita.
Pero él la había elegido.
Y sabía que ahora tenía que cargar con ello.
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