miércoles, 27 de agosto de 2025

Capítulo 21: La prueba del 11° Escuadrón

Los días pasaban lentos y ásperos como una soga mal hecha.

Él llevaba el haori del 11° Escuadrón sobre los hombros, pero no sobre el corazón.
El escuadrón no lo aceptaba.
Lo miraban con recelo, con desconfianza.
Algunos con desprecio apenas disimulado.
Otros con asco.

Porque así era la tradición del 11° Escuadrón.
El Capitán siempre se había ganado el puesto con sangre.
El nuevo tenía que matar al viejo.
Ese era el contrato tácito.
Ese era el derecho de mando.

Pero esta vez no había sido así.
Zaraki Kenpachi había muerto en combate, y el Comandante Kyōraku lo había nombrado a dedo.
Un acto que para muchos fue como escupir en el suelo sagrado del 11° Escuadrón.

Podían acatar la orden del Seireitei.
Pero aceptarlo como Capitán… era otra cosa.

Él podía sentir sus ojos en la nuca cada vez que pasaba por los pasillos.
Podía oír sus murmullos.
Podía leer en sus gestos la burla y el odio.

Hasta que un día, harto de todo eso, se detuvo en medio del patio del cuartel.
Rodeado por decenas de shinigami de su escuadrón, levantó la voz con todo el aire de sus pulmones:

—¡Escúchenme bien, bastardos!
—Si alguno de ustedes quiere este haori, venga por él.
—Si no me quieren como Capitán… ¡quítenmelo!
—¡Y háganlo... solo como el 11° Escuadrón sabe hacerlo!

El silencio que siguió fue como un filo.
Algunos se miraron, incrédulos.
Otros rieron, pensando que estaba loco.

En un rincón dos veteranos se cruzaron miradas.
Uno soltó una carcajada ronca.

—No será como Kenpachi... pero tiene agallas para gritarnos a todos.

El otro asintió con media sonrisa:

—No sé si son agallas o simplemente está loco... pero me empieza a gustar el nuevo Capitán.

No dijeron más.
Se dieron la vuelta, dejando al resto clavado en su lugar.

Y luego todo se desató.
Uno tras otro saltaron al círculo.
Espadas desenvainadas, shikai liberados, gritos feroces.
El patio se transformó en un campo de batalla improvisado.

Él no sacó sus zanpakutō.
No pronunció sus nombres.
No liberó nada.

Solo peleó.
Con las manos desnudas.
Bloqueando filos con movimientos certeros.
Esquivando tajos mortales con un paso mínimo.
Atajando golpes y lanzando a sus atacantes contra el suelo.
A veces con un solo dedo en la frente.

Horas pasaron así.
El polvo del patio se alzó como niebla.
El aire olía a sudor y sangre.
Sus nudillos estaban ya gastados.
Su haori sucio y desordenando.
Su respiración se volvió un jadeo áspero.

Pero nunca cayó.
Ni una sola vez.

Uno a uno, sus hombres cayeron exhaustos.
No muertos.
No heridos de gravedad.
Solo vencidos.

Finalmente, al verlos tirados, temblando y cubiertos de polvo, levantó la mano:

—¡Tiempo!
—Ya fue suficiente juego por hoy...
—Me duele la espalda de tanto moverme.

El silencio fue roto por una carcajada seca.
Uno de los shinigami en el suelo se incorporó con un gruñido:

—¿Cómo que juego...?
—¡Pensé que veníamos por tu cabeza!

Él le devolvió la mirada.
Y sonrió.
Una sonrisa cansada pero llena de vida.

—Vendrán por ella... cuando puedan.
—Cuando puedan sacarme este haori con mi cadáver aún caliente.
—Hoy... apenas lograron un simple calentamiento.

Algunos bajaron la cabeza, avergonzados.
Otros levantaron el puño con rabia.
Pero todos escuchaban.

—Mañana seguimos —dijo, dándose la vuelta con un suspiro—.
—Si en verdad son el 11° Escuadrón, demuéstrenlo.
—Si quieren quitarme este haori... primero tienen que sobrevivir a mis juegos.

Un murmullo se transformó en un rugido.
El puño de todos se alzó al unísono:

—¡SÍ!

Él caminó hacia los pasillos del cuartel, dejando atrás el campo lleno de shinigami agotados y sonriendo como niños.
Fue entonces que vio a Yumichika apoyado contra la pared, mirándolo con su aire lánguido.

—Al parecer —dijo un antiguo miembro del escuadrón, con un tono burlón pero sincero— ya te estás ganando su confianza.
—No serás como Zaraki Kenpachi... pero tienes tu propio estilo para jugar con ellos.
—Bienvenido, Capitán.

Él solo bajó la cabeza un momento.
El haori, pesado como siempre, ondeó tras él.
Pero por primera vez… sintió que le quedaba bien.

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