La noche había caído sobre el Seireitei como un sudario.
En la azotea del cuartel del 11°, las grietas negras, recuerdo de antiguas batallas seguían allí.
Él estaba solo.
O eso creyó.
Su haori de Capitán ondeaba con el viento frío.
Su reiatsu chisporroteaba, oro y negro mezclados en corrientes violentas.
No podía dormir.
No podía calmarse.
Solo preguntarse por qué.
Pero pronto sintió sus presencias.
Ellas estaban allí.
Calladas, pero imposibles de ignorar.
Sabía que lo observaban desde la sombra del umbral de la azotea.
No necesitaba mirarlas para saberlo.
Él habló al viento, con la voz cargada de rabia y cansancio:
—¿Por qué yo?
—Hay cientos que matarían por este puesto.
—¿Por qué no uno de ellos?
Silencio.
Solo el susurro del viento recorriendo los tejados.
El sonido áspero de su respiración.
Finalmente, escuchó la respuesta, dura como el acero:
—Porque ellos lo querrían.
—Y eso es justo lo que no se puede permitir aquí.
Él bajó la cabeza.
Hinomaru en su cintura pesaba como si tuviera un millar de pecados incrustados en su hoja.
Manzachiri en su espalda latía como un corazón salvaje, contenido pero vivo.
—¿Eso es todo? —escupió la pregunta con amargura— ¿Por que yo?
Otra voz, más serena, contestó:
—Porque tú sabes lo que es tener miedo de tu propio poder.
—Y alguien que conoce ese miedo no se deja corromper tan fácil.
Sus dedos temblaron en el mango de una de sus zanpakutō.
El frío de la noche no era nada comparado con el frío que sentía por dentro.
—No pedí esto.
—No quiero cargar con ellos.
—No quiero ser responsable si mueren.
El viento se detuvo un segundo.
Como si contuviera el aliento.
La última voz se unió, tranquila pero grave:
—Por eso mismo.
—Porque tú serías el primero en morir por ellos.
—Porque no los dejarías atrás.
—Y porque entiendes el peso de la decisión de mandar a alguien a morir.
Se hizo un silencio aún más denso.
Su respiración era áspera, casi un sollozo contenido.
Su reatsu se agitaba en oleadas contenidas.
Finalmente habló, apenas un susurro:
—Yo no quería ser Capitán.
—Yo solo quería... protegerlas.
La respuesta fue simple, casi brutal en su honestidad:
—Eso es exactamente lo que hace un Capitán.
Y con esas palabras, se marcharon.
Dejándolo solo bajo la luna.
Dejándolo con sus pensamientos.
Con el eco de su propio juramento.
El viento volvió a soplar.
Su haori ondeó con más violencia, como si quisiera volar de su cuerpo y abandonar esa carga.
Miró su sombra proyectada en las tejas.
Una única silueta.
Pero dentro de ella, podía ver dos corazones latiendo.
Una luz.
Una oscuridad.
Ambas suyas.
Y entendió, con dolor pero sin dudas, que aunque nunca hubiera querido ser Capitán…
era el único que no podía permitir que ese puesto quedara vacío.
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