Luego de la misión en el mundo humano, apenas pudo regresar al escuadrón 13, Rukia lo detiene.
Su tono era grave, cargado de preocupación.
—Quiero que vayas de inmediato con el Capitán Mayuri —le ordenó, mirándolo directo a los ojos—. Y llévate ambas zanpakutō.
Él abrió la boca para protestar, pero se contuvo al ver su expresión firme.
—Hazlo ahora.
El laboratorio del escuadrón 12 estaba iluminado por luces frías que resaltaban los tubos de ensayo y las placas en las paredes, las cuales no quería preguntar de que eran.
Mayuri Kurotsuchi los esperaba con una sonrisa torcida.
—Ah, por fin llegas —dijo con voz chillona—. Vamos, deja esa reliquia sobre la mesa.
Akon, su teniente, sostenía una cápsula de contención nueva, con inscripciones kido brillando en su superficie.
Él colocó a Manzachiri con cuidado. Apenas la espada tocó la superficie, su reiryoku oscuro empezó a emanar como un vapor aceitoso, denso pero contenido, vibrante con ansias.
Mayuri se inclinó hacia ella con fascinación, analizando las inscripciones con sus ojos brillantes.
—Interesante... —susurró—. Los informes decían que lograste dominarla. Que incluso tiene un shikai.
Él tragó saliva.
—Sí. Su nombre es Manzachiri.
Al escuchar el nombre, la espada pareció estremecerse, liberando un pulso de reiryoku oscuro, vivo. Pero esta vez no era violencia descontrolada: más bien, hambre contenida.
Akon retrocedió un paso, con el ceño fruncido.
Mayuri se relamió los labios.
—Qué curioso... Una vez que leí sobre ese nombre fue en un viejo libro, casi destruido por el tiempo.
Se giró hacia él, sonrisa torcida en el rostro.
—La leyenda de Manzachiri —dijo con tono casi teatral—. Un mito sobre el ciclo de muerte y renacimiento. Cómo su propia destrucción dio origen a algo nuevo. Una nueva forma de existencia.
Hizo un chasquido con la lengua.
—Pero sinceramente, pensé que era solo eso. Una leyenda para asustar a niños en la Sociedad de Almas.
Él bajó la mirada, en silencio.
Mayuri suspiró, como si se aburriera.
—Bueno —dijo con su tono burlón habitual—. Si puedes dominarla, no hay motivo de pánico inmediato.
Se giró y le lanzó una última mirada.
—Solo cuida que ese poder no termine dominándote a ti. Porque si eso pasa... —Sonrió, mostrando sus dientes—. No tendré problemas en investigarte pieza por pieza.
Akon cerró la cápsula de contención con un chasquido, llevándosela a una bodega cercana.
Él respiró profundo, sintiendo el peso de las palabras de Mayuri.
Se dio media vuelta, ajustando sus armas. Puso a Manzachiri en su espalda, cruzada, y a Hinomaru en su cintura.
Mayuri arqueó una ceja.
—¿Por qué no llevas ambas en la cintura?
Él se detuvo.
—Lo intenté... pero algo entre ellas se repele. Se sienten... incompatibles. Creo que es lo que son. Pero por seguridad, prefiero mantenerlas alejadas.
Mayuri soltó una carcajada áspera.
—Sensato. Muy sensato.
Él no respondió. Solo ajustó las empuñaduras, asegurándose de que quedaran bien sujetas.
Mientras salía del laboratorio, sintió el reiryoku contenido de Manzachiri latir contra su espalda, como un corazón negro esperando su momento.
Y en su cintura, Hinomaru ardía con un calor constante, como recordándole que la luz también tenía su precio.
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