lunes, 29 de septiembre de 2025

Capítulo 35: Sombras del Hueco Mundo

 La alarma aún resonaba en todo el Seireitei. La garganta permanecía abierta, y las dos figuras que habían emergido avanzaron lentamente hacia el suelo, su reiryoku pesado como una tormenta.

Los shinigamis rodearon la zona, espadas en mano. Incluso Shunsui Kyōraku, con todo su habitual relajo, esta vez sostenía con firmeza la empuñadura de sus zanpakutōs.
—Ni siquiera en los peores días de Aizen los arrancar se atrevieron a poner un pie aquí… —murmuró, con el sombrero cubriéndole los ojos.

El aire se volvió insoportablemente denso. Los soldados del Seireitei apenas lograban sostener su postura bajo aquella presión espiritual. El murmullo inquieto recorrió las filas, pero ninguno se atrevía a dar un paso atrás.

Entonces, una de las figuras dio un paso al frente. La brisa del reishi agitó su melena verde, brillante como esmeralda bajo la luz del Seireitei.
—No hemos venido a luchar. —Su voz fue clara, solemne, y el peso de su presencia obligó a más de uno a contener la respiración—. Soy Nelliel Tu Odelschwanck.

La segunda figura dejó escapar una risa baja, ronca, cargada de amenaza.
—Y yo soy Grimmjow Jaegerjaquez. —Su mirada felina recorrió a los shinigamis como si fuesen presas—. No estamos aquí para pedir permiso… pero tampoco para matarlos.

Kyōraku ladeó la cabeza, con el sombrero ocultando su vista. Aunque su voz sonó relajada, sus dedos permanecían tensos en las empuñaduras.
—Eso está por verse…

Los tenientes y capitanes presentes intercambiaron miradas nerviosas. El simple recuerdo de la última vez que aquellos nombres resonaron en la Sociedad de Almas bastaba para helar la sangre.

Nelliel levantó ambas manos, gesto inusual de conciliación en alguien de su raza.
—Urahara Kisuke nos contactó. Nos habló de anomalías que ustedes también han presenciado. Harribel, nuestra reina, nos dio la orden de venir aquí.

El nombre de la reina del Hueco Mundo cayó con un peso terrible. Muchos shinigamis contuvieron el aliento: no era un enemigo menor quien enviaba a esos dos.

Nelliel continuó:
—En Hueco Mundo, Hollows extraños están apareciendo… obedecen a un nuevo rey. No son como nosotros, ni como las criaturas que alguna vez conocieron. Devoran a los más débiles, como todo ciclo, pero algunos que sobreviven se deforman, mutan en algo más salvaje y peligroso. Harribel y otros Arrancar aún combaten para contenerlos, pero la situación empeora día tras día.

Su mirada recorrió a los capitanes frente a ella, sin rastro de arrogancia.
—Nosotros vinimos a confirmar la naturaleza de esta amenaza. Y si ustedes también la enfrentan, necesitamos respuestas.

Grimmjow dio un paso adelante, su sonrisa salvaje resplandeciendo con fiereza.
—No malinterpreten nada. No venimos buscando amistad ni piedad. Vinimos porque nos interesa sobrevivir. Y si para eso tenemos que arrancarles información, lo haremos.

Un murmullo furioso recorrió a los shinigamis. Las manos se tensaron sobre las empuñaduras de sus zanpakutō, el ambiente a punto de estallar.

Kyōraku levantó una mano, pidiendo silencio, pero su mirada estaba más serios que nunca.
—Es curioso… antes de la batalla contra Yhwach nos matábamos los unos a los otros. Y ahora ustedes aparecen aquí, proclamando que su reina los envía como mensajeros de paz.

Nelliel sostuvo su mirada sin vacilar.
—No es paz lo que buscamos, Shinigami. Es supervivencia.

Por un instante, todo el Seireitei quedó atrapado en ese silencio cargado de tensión.

Porque esta no era la primera vez que enemigos irreconciliables se encontraban en un mismo frente.
No era la primera vez que shinigamis y arrancar combatían en el mismo suelo, unidos por una amenaza que superaba su odio mutuo.

Las memorias de la guerra contra Yhwach se proyectaron en la mente de muchos. Allí, donde las líneas de enemigo y aliado se distorsionaron, habían aprendido que a veces la única forma de vencer era compartir la misma espada contra un enemigo mayor.

El eco de esa certeza quedó grabado en todos: lo que alguna vez ocurrió por necesidad, podía repetirse.
La diferencia era que ahora, la guerra se trasladaba al corazón mismo del Hueco Mundo.

Y mientras Nelliel y Grimmjow permanecían en pie, bajo la mirada de todo el Seireitei, la pregunta era inevitable:
¿Sería esta alianza forzada la única esperanza para detener al nuevo rey de las sombras?

viernes, 26 de septiembre de 2025

Capítulo 34: El eco de dos máscaras

La sala de reuniones de la Primera División estaba impregnada de solemnidad. Los capitanes formaban un círculo alrededor de la mesa central. Shunsui Kyōraku, con su sombrero ladeado y expresión grave, abrió la sesión con voz tranquila pero cargada de peso:

—Bien… escuchemos el reporte.

El Capitán del 11° Escuadrón dio un paso al frente. Su presencia imponía silencio.

—Lo que enfrentamos no era un Hollow común. —Su tono era firme, casi cortante—. Al destruir su máscara, algo más intentó ocupar su cuerpo. No fue simple regeneración… era otra energía, otro espíritu. Dos fuerzas chocando por el mismo cascarón.

Un murmullo se propagó entre los presentes.

Mayuri se adelantó con su habitual sonrisa torcida.
—Interesante… una anomalía. Normalmente, los Hollows devoran a otros para fortalecerse, pero solo uno mantiene la dominancia. Dos entidades coexistiendo… eso es, cómo decirlo, ¿antinatural? —se relamió los labios como si ya pensara en diseccionar uno.

Hitsugaya frunció el ceño, brazos cruzados.
—No es solo ciencia, Kurotsuchi. Si esas criaturas siguen apareciendo, puede significar que alguien está rompiendo el ciclo de almas.

La Maga habló con calma, aunque sus palabras pesaban más que una sentencia:
—Incluso los heridos que atendí estaban afectados. La presión espiritual alrededor del Hollow se volvió inestable, casi corrosivo. No es una mutación casual.

Abyss, casi apoyada contra la pared, sonrió con ironía.
—Lo que vimos no era un monstruo luchando por sobrevivir. Era como si alguien más quisiera salir… una segunda máscara, un segundo grito.

Shunsui los miro con una expresión seca.
—Entonces no podemos ignorarlo. Si hay manos externas en esto, debemos averiguar quién juega con los Hollows.

Todos guardaron silencio. Fue el Capitán del 11° quien preguntó lo que todos pensaban:
—¿A quién recurrimos?

Kyōraku suspiró.
—A quien siempre mete la nariz en estos asuntos… Kisuke Urahara.

Tres figuras se materializaron en el Mundo Humano: el Capitán del 11°, Abyss y La Maga. La presencia de los tres se mantenía discreta, oculta a los humanos.

En una tienda aparentemente común, Kisuke Urahara los recibió con su sonrisa eterna, abanico en mano.

—Ara, ara… qué sorpresa tener visitantes tan distinguidos. ¿A qué debo este honor?

El Capitán del 11° fue directo.
—Sabes por qué estamos aquí. Hollows con dos presencias espirituales. Uno casi tomó otra forma frente a nosotros.

Los ojos de Urahara brillaron con interés, aunque no perdió su tono burlón.
—Hmmm… lo suponía. —Cerró el abanico y su voz bajó—. Antes de que ustedes llegaran, ya había decidido investigar esas anomalías por mi cuenta. Algo en el flujo del reishi en Karakura no encaja.

La Maga lo interrumpió, seria:
—¿Sabes qué es exactamente?

Urahara ladeó la cabeza, sombrío.
—Si un Hollow logra sostener dos consciencias, significa que alguien está alterando la base misma de su existencia. No es evolución… es manipulación.

Abyss arqueó una ceja.
—¿Y quién tendría el poder de hacer algo así?

Urahara sonrió de nuevo, aunque sin alegría.
—Si quieren respuestas, solo hay una que podría dárselas. La actual soberana del Hueco Mundo… Tier Halibel.

El Capitán del 11° asintió lentamente.
—Entonces iremos a verla.

Cuando los tres se desvanecieron en el aire rumbo a la Sociedad de Almas, Urahara se quedó solo, apoyado en su bastón. Por primera vez, dejó caer la sonrisa.

—…Hora de pedir un poco más de ayuda.

De vuelta en la sala de reuniones, Shunsui escuchó el informe de los tres. Tras un largo silencio, sentenció:

—Entonces está decidido. Abyss, Maga y tú —miró al Capitán del 11°—. Irán al Hueco Mundo. Hablen con Halibel, investiguen lo que está ocurriendo… y regresen vivos.

El eco de esas últimas palabras retumbó en la sala.

Apenas la reunión terminó, una alarma sacudió todo el Seireitei. Una garganta se abrió de golpe sobre el cielo, desgarrando el espacio como un tajo negro. Las divisiones se movilizaron de inmediato.

De su interior emergieron dos figuras humanoides, caminando con paso firme. La energía era inconfundible: Arrancar.

Los shinigamis se tensaron, listos para combatir.

Pero había algo distinto… esas presencias no eran hostiles.

Las dos siluetas se quedaron en silencio frente a los capitanes reunidos.

El Seireitei entero aguardaba, sin saber aún quiénes eran esos inesperados visitantes.


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Capítulo 33: El eco de dos presencias

La misión había sido planteada como un simple reconocimiento.

El Capitán del 11° Escuadrón caminaba al frente, con sus zampakutōs, una en cada lado, mientras Tala, su teniente, marchaba a su lado. Detrás, Abyss del 2° Escuadrón y La Maga del 4° cerraban la formación, ambas acompañadas de sus respectivos tenientes.

Venían de otra operación en la que múltiples gargantas se habían abierto en un sector humano. Apenas habían terminado de derrotar a los Hollows provenientes de ellas. cuando una nueva presión espiritual, densa y salvaje, volvió a surgir en los alrededores. Era inusual… demasiado.

Todos vestían su uniforme de siempre, aunque Tala llevaba un detalle diferente: un adorno en el cabello, un broche sencillo pero elegante, con el emblema Kuchiki grabado. Llamaba la atención precisamente porque ella casi nunca mostraba nada que la ligara a su linaje.

El Capitán del 11° Escuadrón giró un poco la cabeza hacia ella.
—…Ese accesorio no lo llevas nunca. ¿Por qué ahora?

Tala apretó los labios, como si le incomodara la pregunta.
—Me lo regaló Byakuya-dono… y prácticamente me obligaron a usarlo.

Abyss sonrió con sorna, aunque sin malicia.
—Se te ve lindo. Ya era hora de que tu cabello estuviera un poco más ordenado.

Tala se giró bruscamente, con un leve rubor en las mejillas y el ceño fruncido.
—¡No lo uso por vanidad! ¡Es solo una formalidad de la familia Kuchiki!

El Capitán insistió, ladeando la mirada hacia ella.
—Pero si a ti no te gusta usar nada de la familia Kuchiki… ¿por qué este sí?

El silencio se extendió unos segundos. Tala bajó un poco la vista, su voz sonó más baja de lo normal.
—Porque fue un regalo por mi nombramiento como teniente. Byakuya-dono dijo que perteneció a mi madre.

Las palabras cayeron pesadas. Nadie respondió de inmediato. Ni Abyss con sus burlas ni el Capitán con su voz recia. La Maga fue la única que habló, suavizando el momento.
—Qué bueno que lo estés usando… ella debe estar feliz de verte con él.

Tala apenas alcanzó a abrir la boca, cuando el cielo se desgarró.

Varias gargantas comenzaron a abrirse al mismo tiempo, rompiendo el aire con un estruendo seco y aterrador. Una tras otra, como heridas negras, se desplegaron hasta formar un círculo alrededor del grupo.

De ellas comenzaron a aparecer Hollows. No eran aislados ni torpes: se movían en manada, con un orden casi militar, rodeando a los shinigamis con precisión.

El Capitán del 11° Escuadrón frunció el ceño, adelantándose con una sonrisa fiera.
—Así que quieren jugar en grupo… perfecto.

Tala no esperó órdenes. Su instinto fue más rápido: desenvainó y se lanzó contra los primeros Hollows que cargaban hacia un grupo de humanos.

Ellos no veían nada. Solo corrían despavoridos porque a su alrededor la gente caía muerta sin explicación alguna. Entre ellos, una pequeña niña era la única que veía claramente a las monstruosas figuras que los acosaban. Su terror era absoluto, incapaz de gritar o de moverse.

Tala apareció justo frente a uno de los Hollows que iba directo a ella. Con un movimiento seco cortó el brazo del monstruo y lo derribó de un tajo. Luego giró hacia la niña y le señalo con la mano.
—Corre.

La niña no se movió, paralizada por el miedo. Tala apretó los dientes, furiosa contra sí misma.
—¡Te dije que corras!

El Capitán apareció a su lado, bloqueando el ataque de otro Hollow.
—No te adelantes tanto, Tala. ¡Tu vida vale más que tu orgullo!

Abyss se sumó al combate con un movimiento elegante y letal. Su zampakutō destelló con rapidez, segando la máscara de un hollow que intentaba flanquearlos.
—Tsk… siempre impulsiva, Kuchiki. Un día vas a correr más rápido hacia tu tumba que hacia la gloria.

Mientras tanto, La Maga estaba detrás, erigiendo barreras de kidō para proteger a los humanos. Sus manos brillaban con fórmulas complejas mientras curaba a los heridos que caían por la presión espiritual.
—¡Chicos, mantengan la línea! Los humanos no resistirán mucho más toda la presión espiritual de todos los Hollows.

El combate fue brutal, pero la coordinación de los capitanes fue suficiente para reducir la manada. Los Hollows caían uno tras otro, hasta que solo quedó uno... al parecer su líder.

Era más grande, con una máscara astillada por los golpes, pero no se desintegró de inmediato tras recibir el último corte. Desde el hueco de su pecho, una masa oscura emergió, como si otra entidad intentara apoderarse de él. Su máscara rota comenzó a regenerarse, pero no era la misma: adquiría otra forma, más siniestra, como si una segunda presencia luchara por tomar el control.

Los tres capitanes reaccionaron instintivamente. El del 11° fue el más rápido: con un corte feroz atravesó el cuerpo del Hollow y destrozó esa masa antes de que pudiera materializarse por completo.

El monstruo lanzó un alarido gutural antes de finalmente desvanecerse en polvo.

Por un instante nadie habló. La tensión era pesada, distinta a cualquier batalla que hubiesen vivido.

El Capitán del 11° bajó su espada lentamente.
—…Eso no era un Hollow normal.

La Maga frunció el ceño, su voz grave.
—Era como si hubiera dos energías luchando dentro de él… dos máscaras intentando dominarse entre sí.

Abyss entrecerró los ojos, pensativa.
—Los Hollows se devoran unos a otros para evolucionar. Pero al final, siempre hay un alma que domina sobre las demás. Lo que vimos… es casi imposible.

El silencio regresó, más pesado que antes.

Por primera vez en mucho tiempo, los tres capitanes sintieron una duda inquietante. Algo nuevo estaba ocurriendo en el equilibrio de las almas, y no podían ignorarlo.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Capítulo 32: Bajo Faroles Silenciosos

Era de noche en el Rukongai.

Una taberna apartada, con faroles de papel iluminando el callejón, servía de escenario para algo inusual: tres capitanes juntos, no por misión ni deber… sino para hablar.

El Capitán del 11° Escuadrón estaba sentado al fondo, su haori colgado en el respaldo de la silla. Bebía sake en silencio. Su expresión era seria, como si ni siquiera el alcohol pudiera relajarle.

Frente a él, Abyss, Capitana del 2° Escuadrón se acomodaba con descaro. Un pie sobre la silla, botella en mano, mirada aguda y burlona.

Y a quien llamaban la Maga, la Capitana del 4° Escuadrón, impecable como siempre, se mantenía más erguida. Tenía su copa frente a ella, bebiendo en sorbos cortos y medidos, con la vista fija en el Capitán del Escuadrón 11 como diseccionándolo.

Abyss fue la primera en romper el silencio:
—Así que… ¿cómo va la fiera?

El Capitán bebió un trago largo antes de contestar.
—Golpeó a dos hoy antes del desayuno.

La Maga suspiró con cierto fastidio contenido.
—¿Otra vez reteniendo su puesto a puño limpio?

Él asintió.
—Le dije que no lo hiciera. Que hoy no era para eso.
—¿Y? —preguntó Abyss con malicia.
—Ya lo había hecho antes de que me levantara.

Abyss soltó una carcajada.
—Esa niña me agrada.

El Capitán gruñó.
—Me va a matar de un dolor de cabeza un día de estos.

La Maga levantó una ceja.
—¿Dolor de cabeza? Más bien ya sabes que un dolor de cabeza será el menor de tus problemas si le pasa algo grave.

Abyss le dio un codazo con ternura.
—¡No la amenaces tan feo!

La Maga bajó su copa, seria.
—Si vuelve con un pie roto yo le romperé ambos, él lo sabe.

Abyss se rió con fuerza.
—¡Ja! Te amo cuando eres directa.

El Capitán negó con la cabeza.
—Ya se los dije. Ella… no sabe parar. Cree que si se detiene un segundo, el apellido Kuchiki la volverá tragará viva.

Abyss dejó su copa en la mesa. Su tono se volvió más serio.
—Lo dijo la otra vez. Que odiaba su apellido. Que le pesaba más de lo que quisiera.

La Maga entrecerró los ojos, recordando.
—"Quiero que me vean por mi fuerza, no por mi apellido".

El Capitán miró su jarra.
—Y es algo que lo refuerza día a día

Un silencio breve cayó. El viento afuera agitaba los faroles.

Abyss lo rompió:
—Es buena. Lo sabes, ¿verdad?

El Capitán alzó la mirada.
—Sí. Es jodidamente buena. Por eso me preocupa.

Abyss sonrió.
—Entonces cuídala.

Él resopló.
—¿Cómo cuidas a alguien que no quiere que la cuiden?

La Maga bebió otro sorbo.
—Le das espacio. Pero no la dejas sola.

Abyss se encogió de hombros.
—O empiezas a golpearla hasta que te diga qué le pasa.

El Capitán arqueó una ceja.
—¿Es esa tu técnica?

Abyss le guiñó un ojo.
—Siempre me ha funcionado contigo.

Él bufó, pero algo pareció relajarse en su rostro.

La Maga puso su copa en la mesa con un suave golpe.
—Solo no la rompas más de lo que ya está.

Silencio.

El Capitán asintió.
—Aquí es Tala. No una Kuchiki. No nobleza. Solo Tala.

Abyss alzó su copa.
—Por el Tigre Blanco.

El Capitán frunció el ceño, pero la Maga también alzó la suya.
—Por Tala.

Él gruñó bajo.
—Por ese maldito Tigre Blanco.

Bebieron.

Afuera, el viento frío del Rukongai se llevó sus voces. Dentro, los tres capitanes permanecieron un rato más en silencio, bebiendo juntos como lo que eran: soldados viejos. Compañeros. Amigos.

viernes, 19 de septiembre de 2025

Capítulo 31: Silencio antes del Rugido

Era temprano en la mañana en el cuartel del 11° Escuadrón.

El sonido de golpes, gritos y carcajadas roncas retumbaba por el patio de entrenamiento.

Tala Kuchiki exhalaba vapor. Su respiración era pesada y su uniforme estaba rasgado en varias partes, manchado de polvo y sangre seca.
Pero sus ojos azules brillaban con pura rabia contenida.

—¡Muévete, Kuchiki! —gruñó Ikkaku, lanzándole un tajo con su lanza.
Ella esquivó, pero apenas.
Rodó por el suelo y se levantó, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.

—¡Vuelve aquí, calvo de mierda! —rugió Tala, lanzándose de nuevo al ataque, su espada chocando con violencia.

El Capitán del 11° estaba sentado en un escalón, con los brazos cruzados.
No intervenía.
Solo observaba.

De pronto, una voz melodiosa y venenosa interrumpió el ruido:

—Qué espectáculo tan encantador... casi primitivo.

Abyss, la Capitana del 2° Escuadrón, estaba recostada con elegancia contra una baranda de madera.
Su uniforme impecable.
Zampakutō oculta en la faja.
Pero sus ojos no perdían nada.

—¿Vienes a reclutar gente? —preguntó el Capitán, sin siquiera moverse.

—No —respondió Abyss, avanzando con pasos pausados—. Solo vine a ver cómo anda la nueva Teniente... ya sabes, la noble que reparte golpes como si fueran dulces.

Tala se detuvo apenas un segundo para mirarla con rabia.
—¿Quieres probar tú?

Abyss rio, divertida.
—Oh, claro. Pero no aquí, con tanto espectador hambriento.
—Ven. Vamos a entrenar… de verdad.

El Capitán suspiró.
—Tala… ve con ella.

—¿Por qué? —protestó Tala, apretando el mango de su espada.

—Porque la necesitas. —Su voz fue grave, dura—. Y no me discutas.

Ikkaku chifló.
—¡Ándale, princesa, ve a tus clases de etiqueta!

Tala le mostró el dedo medio.
Abyss soltó una carcajada suave.

El sitio estaba vacío, rodeado de muros bajos.
El suelo de piedra, agrietado por entrenamientos pasados.

Abyss se detuvo en el centro.
Se acomodó el uniforme.
—Muy bien. Atácame.

Tala arqueó una ceja.
—¿Así nomás?

—Sí. Sin avisar. Sin misericordia. —Abyss sonrió de lado—. Como te gusta.

Tala apretó los dientes.
Se impulsó con shunpo.
Su espada silbó en el aire.

Pero Abyss no estaba allí.
Desapareció.
Apareció a su espalda, su dedo rozándole el cuello.

—Muerta.

Tala se detuvo en seco, furiosa.
—¡Maldita sea!

Atacó de nuevo.
Una, dos, tres veces.
Cada golpe más salvaje.

Abyss esquivaba, casi sin esfuerzo.
Terminaba siempre con un dedo en su frente o costado.

—Muerta otra vez.

—¡Lucha en serio! —rugió Tala.

Abyss bajó el dedo, ojos afilados.
—Estoy luchando. Estoy enseñándote a sobrevivir.

Tala apretó los dientes.
—No soy una asesina cobarde del 2° Escuadrón.

Abyss soltó una carcajada seca.
—No. Eres una bestia rabiosa del Escuadrón 11.
—Pero eres Teniente ahora.
—Si te matan, tus hombres mueren contigo.

Silencio.
Tala bajó la vista, respirando con dificultad.

Abyss la analizó con sus ojos oscuros.
—Mírame.

Tala levantó la mirada.

—No tienes que dejar de ser violenta.
—Solo tienes que decidir cuándo.

El viento se arremolinaba.
Tala tragó saliva.
Su voz salió áspera.
—¿Cómo… cómo haces para guardarlo?

Abyss respiró hondo.
Su voz fue casi un susurro.
—No lo apago.
—Lo encierro.
—Lo uso solo cuando nadie lo espera.
—Por eso sigo viva.
—Por eso soy Capitana.

Silencio.
Solo el murmullo del viento.

Tala bajó su espada, su hoja aún normal, manchada de tierra y sangre seca.
—Enséñame.

Abyss sonrió apenas.
—De nuevo. Ataca.
—Pero esta vez… piensa.

Horas después.

Tala estaba sudada, jadeando, con los nudillos enrojecidos.
Abyss tenía la ropa rota en un par de lugares.

—Mejor. —admitió Abyss—. Pero aún te falta.

Tala sonrió, aunque agotada.
—No te preocupes… un día te ganaré.

Abyss arqueó una ceja.
—Te espero.

Se giraron para volver al cuartel.
El cielo estaba teñido de naranja.

—Gracias —murmuró Tala, apenas audible.

Abyss fingió no escuchar.
Pero su sonrisa fue genuina.

Al llegar al 11°, el Capitán estaba sentado en su escalón favorito, con los brazos cruzados.
Abyss le lanzó una mirada divertida.

—Sobrevivió. No la maté.

El Capitán gruñó.
—Que no se vuelva inútil contigo.

Tala bufó.
—Idiotas. Los dos.

Abyss soltó una carcajada.
—Me agrada esta niña.

El Capitán negó con la cabeza, pero había un leve orgullo en su mirada.

El 11° los observaba cuchicheando desde lejos.
Ikkaku gritó burlón:

—¡Miren! ¡Nuestra Tigresa Blanca domesticada!

Tala le mostró nuevamente el dedo medio, pero no pudo evitar sonreír.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Capítulo 30: Derrotas y promesas

Era un día como cualquier otro en el 11° Escuadrón.

Un día de entrenamiento brutal.

El patio estaba repleto.
Se escuchaba el metal chocando.
Gruñidos.
Insultos.
El olor a sudor y tierra caliente.

Incluso Ikkaku y Yumichika estaban allí.
Siempre reacios al “entrenamiento formal”.
Ellos preferían peleas reales.
Pero algo había cambiado con el nuevo Capitán.
Y su flamante Teniente.

Aunque se quejaban, iban.
Participaban.
Se reían.
Se desangraban.
Era… casi familiar.

Pero ese día algo estaba mal.

Tala no era la misma.
Sus golpes carecían de intención.
Su mirada estaba fija en algo que nadie más veía.

El recluta con quien entrenaba se dio cuenta.
Sonrió.
Atacó con fuerza.
Tala no reaccionó a tiempo.
El golpe la tiró de rodillas.

Un silencio breve se apoderó del patio.
Hasta que el recluta gritó, con el pecho inflado:
—¡LO HICE! ¡SERÉ EL NUEVO TENIENTE!

Las risas surgieron.
Burlas ahogadas.

Pero Tala se levantó lento.
Muy lento.
Su sombra parecía crecer con ella.

Su voz fue un susurro helado, cargado de veneno:
—…¿Qué acabas de decir?

Su puño se cerró.
Lo alzó directo hacia su cara.

El recluta apenas pudo parpadear.
Pero antes de que el impacto ocurriera, el Capitán apareció.
Como un muro.
Atajó su puño con una mano.

El silencio se hizo más profundo.
Como una tumba.

El Capitán la miró fijo.
Su voz grave:
—Acompáñame.

Ella forcejeó un segundo.
Pero luego bajó el puño, respirando con dificultad.

El Capitán se giró hacia el recluta.
Sus ojos dos brasas apagadas.
—No digas estupideces solo porque tuviste suerte.

El muchacho tragó saliva.
Quiso protestar.
Pero el reiatsu del Capitán se liberó en un pulso seco.
Invisible.
Demoledor.
El shinigami salió volando varios metros.
Cayó inconsciente con un golpe sordo.

Nadie se rió.
Nadie habló.
El 11° Escuadrón solo observaba.
Grave.
En silencio.

Caminaron por los pasillos largos y oscuros del cuartel.
Sus pasos se escuchaban como tambores lejanos.

El Capitán rompió el silencio.
Su tono no era duro.
Solo cansado.
—¿Qué pasa contigo?

Tala no contestó.
Su cabeza gacha.
Su puño aún temblaba.

El Capitán soltó un suspiro ronco.
Se pasó la mano por el cabello.
—Está bien.
—No quieres hablar.
—Entonces acompáñame.
—Te voy a mostrar algo.

Salieron del escuadrón.
Cruzaron puentes de madera.
Canales estrechos.
Calles casi vacías del Seireitei.

El sol bajaba lentamente.
Pintaba los techos de naranja.
El aire olía a flores y tierra mojada.

Llegaron a un sendero escondido.
Apenas usado.
Se abría paso hasta una colina aislada.

Ahí estaba.
Un árbol de sakura en plena floración.
Los pétalos rosados flotaban como un susurro en el viento.
El suelo estaba cubierto de una alfombra de flores caídas.

El Capitán se detuvo.
Respiró hondo.
—Este es mi lugar de calma.
—Cuando no quiero escuchar a las bestias del escuadrón…
—Ni las voces en mi cabeza.
—Aquí… solo hay paz.

Tala alzó la vista.
El sakura parecía arder con luz suave.
El viento levantaba remolinos de pétalos.
—Es… hermoso.

El Capitán asintió apenas.
—Puedes venir cuando quieras.
—Estás invitada.

Ella bajó la mirada.
Los ojos húmedos, pero no lloraba.
Solo respiraba más hondo.
Más lento.

—Gracias… Capitán.

Pero no estaban solos.

Un susurro con sorna rompió el momento:
—Aaaah, qué enternecedor…

El Capitán se giró con un salto.
Frunció el ceño con fuerza.
—¡MUJER! ¡Un día me vas a matar del susto!

Abyss estaba sentada sobre una raíz gruesa del árbol.
Se balanceaba con gracia, como si flotara.
Su mirada divertida.
—Odio que este lugar neutralice nuestra presión espiritual… siempre olvidas que también conozco este lugar.

Tala frunció el ceño.
—¿Neutraliza? ¿Cómo que neutraliza?

Abyss se encogió de hombros.
—Desde que conozco a tu Capitán venimos aquí.
—Siempre ha sido así.
—Por eso le encanta: aquí puede descansar su mente y su cuerpo sin reiatsu que lo interrumpa.

El viento arrastraba pétalos entre ellas.
La tensión se relajó apenas.

Abyss la miró con curiosidad genuina.
—¿Y tú?
—¿Cómo sigues?
—¿Aún pensante?

El Capitán arqueó una ceja.
—¿Pensante?
—¿Qué pasó entre ustedes dos?

Abyss sonrió.
Su mirada chispeante.
—Le acepté el reto que me ofreció cuando nos conocimos.
—La derroté en menos de un minuto.
—Creo que todavía piensa en cómo al menos tocarme.

Tala bajó la cabeza, avergonzada.
Pero su voz salió firme.
—…Aún no puedo.
—Pero te juro que algún día te voy a ganar.

El Capitán abrió los ojos como platos.
—¡¿Me estás diciendo que ESTO es por eso?!
—¡¿Por una pelea que perdiste?!

Le dio un golpecito seco en la cabeza.
Tala chilló.
—¡AY!

Él exhaló, irritado.
—Y yo trayéndote a mi lugar especial, preocupado…
—¡Y resulta que estás así por perder una maldita pelea!

Abyss rompió en carcajadas.
Se tapaba la boca para no gritar.
—JAJAJAJA… no tienes remedio.

Tala se sobaba la cabeza, fulminándolos con la mirada.
—¡No es gracioso!

Abyss se limpió una lágrima, más seria.
Se inclinó hacia Tala.
—Pequeña… la vida te va a dar victorias y derrotas.
—Pero nunca olvides algo:
—De las derrotas vas a aprender más que de cualquier victoria.
—Si las aceptas.

Tala respiró profundo.
Sus labios temblaron.
—Lo sé…
—Pero perder… siempre se siente horrible.

El Capitán le puso la mano sobre el cabello.
Apretó con cuidado.
Su voz ronca se suavizó.
—A nadie le gusta perder.
—Pero si aprendes de cada caída… vas a volverte tan fuerte…
—Que nadie te va a poder derribar.
—Vas a ser la mejor.
—Incluso… la mejor de todos.

El viento siguió soplando.
Acariciaba sus caras.
El árbol susurraba.
Los pétalos flotaban alrededor como un conjuro silencioso.

Tala levantó la vista.
Sus ojos brillaban como hielo limpio.
Y asintió.

—…Entendido, Capitán.

El Capitán asintió de vuelta.
Abyss se cruzó de brazos, sonriendo con algo de ternura.

El sakura seguía cayendo.
Como si el tiempo mismo se hubiera detenido solo para ellos.

Y ahí, en medio de la brisa, se selló algo más fuerte que una promesa.
Algo más parecido a un vínculo.
Una aceptación silenciosa.
Una familia que se construía a golpes.
Pero familia al fin.

lunes, 15 de septiembre de 2025

Capítulo 29: Solo Tala

El Capitán del 11° Escuadrón empujó la puerta de su oficina.

Al abrirla, se detuvo en seco.

Abyss estaba sentada sobre su escritorio como si fuera suyo.
Piernas cruzadas, sonrisa burlona.
La Maga, de pie a un lado, brazos cruzados, mirada seria como un bisturí.

Y Tala, encorvada en una silla.
Las manos en los bolsillos, la venda en su mejilla manchada de sangre vieja.
Su zampakutō recargada en la pared.

Abyss fue la primera en soltar la lengua:
—¡Al fin apareces! —exclamó—. ¿Así que esta es tu nueva Teniente? ¿De verdad?

El Capitán alzó una ceja.
—No la molesten. Es de mecha corta.

Tala ni se movió.
Solo bufó.

Abyss estiró un dedo hacia ella.
—¿Mecha corta? ¿Esto? ¡Si parece un gato callejero empapado!

La Maga le lanzó una mirada rápida.
—Abyss.

—¿Qué? Solo digo la verdad. —Abyss sonrió con dientes brillantes—. Es una Kuchiki. Nunca vi a un noble tan... desastroso.

Tala levantó apenas la cabeza. Su mirada fria, vacía.
—¿Quieres pelear, Capitana?

Abyss chasqueó la lengua.
—¿Ves? Me encanta. Ya me cae bien.

El Capitán gruñó, dirigiéndose a Tala:
—Hoy no te toca patear traseros para conservar tu puesto.

Tala bajó la vista.
—Ya lo hice. Antes de que te despertaras.

El Capitán exhaló profundo.
—Un día te van a matar si sigues así.

Ella tragó saliva.
Su voz salió apagada, quebrada:
—Tal vez eso quiero.

Silencio denso.
Abyss dejó de sonreír.
La Maga arqueó apenas las cejas.

Abyss se inclinó hacia Tala.
—¿Qué mierda te hizo este cabeza hueca para que hables así?

El Capitán, a punto de contestar, pero Tala alzó la mano.
—Él no me hizo nada.

Abyss se cruzó de brazos.
—Entonces explícate.

Tala apretó los puños. Su voz temblaba:
—Odio ser una Kuchiki.
—El apellido me pesa. Pero no como yo quisiera.
—Ichika se salva porque tiene el apellido de Renji.
—Pero yo... yo soy Kuchiki. Así, directo.
—Y odio que me miren por eso.
—Quiero que me vean por mi fuerza. Por lo que puedo hacer.
—No por mi maldito apellido.

Abyss se quedó callada un momento. Sus ojos eran duros pero atentos.
—Suena jodido. Pero honesto.

La Maga respiró profundo, bajando un poco la cabeza.
—Es un peso real. —dijo con suavidad, pero con voz firme—. Pero no te define, Tala.

Tala no respondió. Solo tragó saliva.

El Capitán la miraba, con el ceño fruncido pero ya sin enojo.
—Ahora entiendo por qué Rukia me pidió este favor.

Se irguió, pesado, y su voz fue baja pero sólida:
—Aquí no serás Kuchiki.
—Aquí serás solo Tala.
—Nuestra Tigre.

Tala alzó los ojos.
Brillaban, pero sin lágrimas.
Más fríos. Más firmes.

Abyss sonrió de lado.
—¿Tigre, eh? Mucho mejor que ser una princesa.

Tala gruñó apenas.
—Prefiero tigre a cualquier otra cosa.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
Yumichika entró, elegante como siempre, abanico en mano.
Escuchó lo justo, justo a tiempo.

—¿Tigre? —repitió con una ceja arqueada—.
—No, no, no… Tigre Blanco suena mucho mejor.
—Es más hermoso, elegante, frio… y mucho más violento.

Tala lo miró de reojo, desafiante.
—¿Y a ti, quién te invitó?

Yumichika sonrió como una víbora.
—La estética me invita sola, querida.

Siguió su camino, moviendo el abanico, riéndose para sí mismo.
—Tigre Blanco... precioso.

Abyss se carcajeó.
—Te lo dije. Encajas perfecto aquí.

La Maga resopló por la nariz.
—Está bien. Pero Capitán… —dio un paso adelante, seria—.

Señaló a Tala con la barbilla.
—Si vuelve con un pie roto… yo te romperé ambos.

El Capitán frunció la boca.
—Haré lo posible.

Tala bufó, incómoda.
—No necesito que me cuiden.

Abyss le dio una palmada en el hombro.
—Claro que no. Pero lo haremos igual, eres la Teniente de nuestro amigo, como lo cuidamos a él te cuidaremos a ti.

La Maga asintió, más tranquila.
—Bienvenida, Tala.

Tala bajó la vista.
—Gracias… supongo.

El Capitán suspiró y les hizo señas hacia la puerta.
—Ya basta. Afuera las dos. Tengo que preparar a esta salvaje para que mañana no me mate a medio escuadrón.

Abyss giró, divertida.
—Diviértanse.

La Maga le lanzó una última mirada severa al Capitán.
—Te lo advertí.

Salieron.
El Capitán se volvió hacia Tala.
Ella resopló.
—Tigre Blanco… suena ridículo.

Él alzó una ceja.
—¿Mejor que princesa?

Ella giró los ojos.
—…Sí.

Él asintió.
—Entonces prepárate. Mañana entrenamos hasta sangrar.

Tala sonrió apenas.
Pero fue suficiente.
El 11° Escuadrón no necesitaba amor.
Solo honestidad.
Y eso ya era suficiente para llamarlo hogar.

viernes, 12 de septiembre de 2025

Capítulo 28: Arashi no Shirayuki

Pasaron días.

El escuadrón aceptaba a la Teniente con reticencia.
Pero nadie discutía.
No después de verla partir caras a puño limpio.
Ni de ver cómo cada día algún idiota terminaba en la enfermería por desafiarla.

Pero entonces llegó la misión.
Un varios Hollow de alto nivel apareció cerca de la frontera de una ciudad no muy habitada.
Se veía que los lideraba un monstruo cubierto de placas óseas, con un grito como un huracán.

El 11° Escuadrón llegó primero.
El Capitán desenvainó.
Hinomaru y Manzachiri vibraban con sed de sangre.

Pero ese Hollow era veloz.
Atravesó su defensa.
Se lanzó sobre un recluta, colmillos abiertos.

Tala gritó:

—¡Apártense!

Se adelantó.
Su reiatsu helado se alzó como un vendaval.
El viento giró en remolinos.
La temperatura se desplomó.
El Hollow se frenó, dudoso.

Ella alzó su espada.
Sus ojos se tornaron de un azul como fuego frío.

—Congélate…
Arashi no Shirayuki.

Su hoja se tornó blanca como la nieve.
La empuñadura se volvió nívea, envuelta en unas cintas largas que nacían del mango, como si fueran cabellos de escarcha.
Aquellas hebras danzaban con cada movimiento de su espada, girando al compás del viento helado.
En sus extremos, el blanco se fundía en un azul resplandeciente.
Un azul tan intenso…
Tan ardiente…
Como el fuego azul.

El Hollow titubeó.
El aire cambió.
Y entonces, comenzó la tormenta.

El aire se llenó de cristales afilados.
Agujas de nieve danzaron como cuchillas.

Ella dio un paso al frente.
El viento blanco se alzó como un muro de muerte.
Columnas de hielo surgieron del suelo.
Pilares pequeños crecieron a su alrededor.

—¡Segunda Danza: Hakuren!

El viento se concentró en una lanza helada.
Disparó hacia adelante.
Atravesó al Hollow.
Su grito murió congelado.
Su cuerpo se fracturó en mil fragmentos de cristal.

Silencio.

El viento se calmó.
Los cristales cayeron como ceniza blanca.
El 11° Escuadrón miraba boquiabierto.

Uno susurró, mientras los Hollows caían uno por uno:

—Una maldita Kuchiki… con un Shikai así…

Ikkaku soltó una carcajada.

—JAJAJA.
—¡Miren eso!
—Nuestra Teniente no es solo una salvaje… ¡es un puto glaciar!

El Capitán no dijo nada.
Manzachiri se relamió en su mente:

        Interesante. Fría por fuera… pero violenta como yo por dentro.

Hinomaru permaneció en silencio.
Pero aprobaba.
Le gustaba el hielo.
Le gustaba el control.

El Capitán se acercó.
Su voz fue grave, pero orgullosa.

—Bien hecho… Teniente.

Tala bajó su espada.
Respiraba con dificultad.
Pero sonrió.

—Siempre quise verlos temblar.

La tarde caía sobre la Sociedad de Almas.
El escuadrón 11 regresaba por los caminos polvorientos.

La misión había sido un éxito brutal:
Un hollow de muy alto nivel hecho pedazos.
El sendero de regreso estaba manchado de cristales rotos, aún fríos.

Pero el ambiente no era ligero.
No solo victoria.
Sino tensión.
Curiosidad.

Ikkaku caminaba a un lado y Yumichika se examinaba en un espejo de mano.
El Capitán iba al frente, pesado como una muralla.
Tala, apenas detrás, con la zampakutō humeando escarcha.

Ikkaku resopló:

—Oye, Teniente princesa de hielo. —dijo con sorna, divertido—. Eso que hiciste… era igualito al truco de la Capitana Rukia, ¿no?

Tala giró apenas la cabeza.
Sus ojos eran dos cuchillas de hielo.

—¿Truco?

—Ishhh. —Ikkaku giraba su lanza como si fuera un bastón—. Esa danza de hielo… hakuren, ¿cierto? Igual al de ella.

Yumichika intervino, meloso y cruel:

—Aunque debo admitir… el tuyo fue mucho más explosivo.

—Sí. —asintió Ikkaku—. Más violento. Más… del Escuadrón 11.

Tala se detuvo un momento.
Apoyó la zampakutō en su hombro.
El vaho salía de su boca como humo.

—No me importa si se parece.
—Es  Arashi no Shirayuki.
—El viento blanco no acaricia.
—Te desgarra mientras te congela.

Yumichika chasqueó la lengua, encantado:

—Poético… y homicida.
—Encaja perfecto aquí.

Ikkaku la miró con más seriedad.

—Pero tu hakuren… tenía más pilares que los de la Capitana Rukia antes de lanzarlo.
—Parecían sellos de muerte.

Tala asintió despacio.

—Cada pilar comprime más viento helado.
—Cuando se forman todos a mi alrededor… la descarga es inevitable.
—No hay forma de detenerla después.

El Capitán se detuvo.
Giró apenas.
Su mirada dura, pero sin odio.

—Eso significa que no puedes detenerlo una vez activado.

Ella le sostuvo la mirada.
Su voz era hielo puro.

—No.
—Si lo hago, todos los que estén a su alcance mueren.
—Incluso yo.

Silencio.
Solo pasos sobre la grava.
El viento frío.

Ikkaku sonrió.

—JAJAJA… me gusta.
—Una técnica para locos.

Yumichika asintió, teatral, encantado.

—Perfecta para nosotros.
—Hermosa. Mortal. Incontrolable.

El Capitán habló con voz baja.

—No la uses contra aliados.
—Ni siquiera si te lo ordenan.

Tala apretó el mango de su zampakutō.
Su vaho formó nubes de escarcha.

—Lo sé.

Se hizo un silencio pesado.
Pero no incómodo.
El 11° Escuadrón no exigía amor.
Solo respeto.
Honestidad.
Fuerza.

Ikkaku giró su zampakutō y se la apoyó en el hombro.
Sonrió con todos los dientes.

—Bienvenida oficialmente al Escuadron 11, Kuchiki.
—Ya no eres la princesa.
—Ahora eres la loba.

Tala ladeó la cabeza.
Sus ojos eran dos cuchillas.
Su sonrisa helada.

—Loba no.
—Díganme Tigre.

Yumichika se relamió con su voz sedosa.

—Oh… Tigre Blanco.
—Mucho más elegante.
—Y mucho más peligroso.

El Capitán apenas levantó una ceja.
Su voz grave retumbó:

—Como quieran llamarte… asegúrate de ganártelo con sangre.

Tala exhaló lento.
El vaho se disipó.
Sus ojos se suavizaron un segundo.

—Entendido… Capitán.

El escuadrón siguió caminando.
El viento arrastraba polvo y hojas.
Sus siluetas se perdieron en la bruma del anochecer.

Riendo.
Insultándose.
Pero caminando juntos.
Listos para el siguiente combate.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Capítulo 27: “Sin Nobleza”

 El viento se colaba por los corredores del 13° Escuadrón, removiendo los papeles y haciendo temblar los biombos.

El Capitán del 11° Escuadrón llegó hasta la oficina, golpeó una vez y abrió sin esperar respuesta.

Rukia Kuchiki estaba de pie junto a su escritorio, revisando pergaminos.
Su mirada se clavó en él como una hoja de hielo.

—Capitán —dijo con un filo en la voz—. Siéntate.

Él ni se molestó.
Se quedó de pie.

—¿Qué pasa ahora?

Rukia se cruzó de brazos.

—No te hagas el tonto.
—No la mandé contigo para que la volvieras tu teniente.
—La mandé para que la moderaras.
—Para que le enseñaras a pensar.
—No para que expusiera su vida así.

El Capitán se rascó la barba apenas.
Sus ojos eran dos brasas apagadas.

—Ella se ganó ese lugar.
—Yo no regalo nada.

Rukia apretó los puños.

—¡Es una Kuchiki!
—¡Si mi hermano se entera...!

El Capitán levantó la mano, deteniéndola.
Su voz fue grave.

—Ya sabe.

Rukia parpadeó.

—¿Qué?

Él resopló.
Casi incómodo.

—Fue a verla.
—Le dio la mano.
—Le dijo que la felicitaba.
—Y que no olvidara ir a la casa... porque quería tomar el té con ella.

El silencio en la oficina se volvió denso.
Rukia abrió tanto los ojos como la boca.
Sus labios temblaron un segundo.

—E-eso no puede ser real.

Él asintió, serio.

—No miento con esas cosas.
—Lo dijo con esa cara suya de estatua de piedra.

Rukia se tardó unos segundos en cerrar la boca.
Respiró hondo.
Se pasó la mano por la frente, como si le doliera la cabeza.

—...Increíble.

El Capitán se encogió de hombros.

—Preguntaste.

Rukia carraspeó, recuperando algo de su dureza.

—¿Y tu escuadrón?
—¿Cómo se lo tomaron?

Él bufó.
Se apoyó contra el marco de la puerta.

—Les dio una paliza el primer día.
—Aunque te advierto…
—No pasa un solo día sin que algún idiota la rete por su puesto de teniente.
—Terminan yendo directo a la enfermería.

Rukia se llevó una mano a la cara.
Suspiró.

—Por lo menos está viva.
—Y aprendiendo.

El Capitán gruñó algo parecido a un "tal vez".
Entonces recordó por qué estaba ahí.
Metió la mano en su haori y sacó el trozo de tela arrugada y sucia.
Lo dejo sobre el escritorio con un golpe seco.

El emblema Kuchiki aún era visible.

—Ah.
—Se me olvidaba esto.

Rukia lo miró.
Sus ojos se abrieron de nuevo, pero esta vez con asco y preocupación.

—¡¿Qué demonios hiciste con esto?!
—¡Es una reliquia de nuestra familia!

El Capitán alzó una ceja, molesto.

—A mí no me mires así.
—Se lo quitó ella.
—Lo tiró al suelo como basura.
—Yo solo lo recogí.
—Y te lo traje.

Rukia lo agarró con delicadeza.
Sus dedos temblaron un segundo.
Parecía contenerse para no gritar.

—No puedo creerlo...

El Capitán se cruzó de brazos.

—Como le dije a ella, y te lo digo a ti:
—Aquí no hay nobleza.
—No hay estatus.
—Eso no le va a servir en mi escuadrón.

Rukia apretó la tela contra el pecho.
Bajó la cabeza.
Su voz se suavizó apenas.

—Lo sé.
—Tienes razón.
—Se lo devolveré a mi hermano.

Él asintió.
Ya se estaba girando para irse cuando se detuvo.
Se dio vuelta, su voz grave pero algo más cálida.

—Ah.
—Diles a Renji e Ichika…
—Que pasen por mi escuadrón algún día.
—Para recordar viejos tiempos.

Rukia lo miró.
Se quedó callada.
Luego, lentamente, una sonrisa pequeña, sincera, se dibujó en sus labios.

—Lo haré.

El Capitán se ajustó el haori, gruñó algo apenas audible y salió cerrando la puerta.

El viento volvió a entrar en la oficina.
Movió el haori arrugado con el símbolo Kuchiki.
Rukia lo sostuvo contra su pecho.
Y por un momento, solo un momento, pareció preocupada.

Pero no lloró.
Porque era Kuchiki.
Y porque, maldita sea, estaba orgullosa.

lunes, 8 de septiembre de 2025

Capítulo 26 — "El Bautizo del Escuadrón 11"

El Capitán del 11° Escuadrón avanzaba al frente.

Su haori estaba raído y chamuscado en el borde.
Hinomaru descansaba muda en su costado.
Manzachiri, en su espalda, vibraba con morbosa expectación.

A un paso detrás de él, Tala Kuchiki caminaba con las manos en los bolsillos.

Al cruzar el umbral del cuartel, el bullicio se detuvo.
Decenas de shinigami se giraron al instante.
Sonrisas crueles.
Risas roncas.

—¿Quién es la niñita, Capitán?
—¡Trajo una muñeca para que juguemos!
—¡Miren, tiene cara de aristócrata!

El Capitán no se detuvo.
Ni giró la cabeza.
Solo dijo:
—Silencio.

Su reiatsu estalló un segundo.
Todo el escuadrón calló.
Pero sus ojos brillaban.
No de respeto.
De puro desafío.

Tala escupió al costado.
Su sonrisa era la de un Tigre mostrando los dientes.

—Qué lindo lugar.
—Apesta a sangre vieja y testosterona barata.

Un integrante se adelantó.
Una cicatriz le partía la cara.
Su voz era un gruñido:

—¿Quién diablos eres tú?
—¿Vienes a barrer el suelo, princesa Kuchiki?

Tala sonrió más.

—No.
—Vengo a hacerlos sangrar.

Hubo risas.
Silencio.
Murmullos venenosos.

El Capitán subió un escalón del patio y se giró hacia todos.
Su voz fue un látigo:

—¡Escuchen!
—Ella es Tala Kuchiki.
—Pero aquí no hay nobleza.
—Ni títulos.
—Solo fuerza.

Su mirada era acero templado.

—Si la subestiman en combate...
—No me pidan que los recoja a pedazos después.

El escuadrón se tensó.
Algunos bufaron.
Otros apretaron empuñaduras.
Nadie avanzó.

Tala acomodó su venda.

—¿Tan feos y cobardes?
—Esperaba más del “peor escuadrón de todos”.

Una vena palpitó en la frente del Capitán.
Pero no dijo nada.

—Entrenamiento.
—En diez minutos.
—Quiero ver si la sangre Kuchiki es tan roja como la de todos ustedes.

El patio estaba lleno.
El suelo manchado de combates anteriores.
Todos se reunieron en círculo, expectante.

El Capitán se plantó en medio.
Manzachiri y Hinomaru visibles.
Su voz era grave:

—Hoy no hay lección.
—Solo pelea.
—Aquí se gana o se cae.

Se giró hacia Tala.
Sus ojos eran un juicio.

—Aquí no hay respeto regalado.
—Solo miedo o admiración.
—Gánate uno de ellos.

Tala se quitó el manto Kuchiki y lo dejó caer como basura.
Quedó en su uniforme negro, vendajes sucios en antebrazos y muñecas.
Se golpeó el pecho con el puño.

—¿Quién va primero?
—Prometo no matarlo.

El shinigami de la cicatriz se lanzó.
Rabia pura.
Desenvainó.

Ella ni desenfundó.
Esquivó.
Golpe seco.
Su puño destrozó su mandíbula.
Dientes volaron.
El hombre cayó como un saco de carne.

Silencio.

—Siguiente.

Dos más avanzaron.
Ella desenfundó apenas.
Tajo preciso.
No mortal, pero profundo.
El olor a sangre llenó el aire.
Cayeron gimiendo.

—¿Tan fácil?

El escuadrón se tensó.
Algunos levantaban sus zampakutō, mirándose.
Otros bajaban la vista.
Ikkaku reía desde el fondo.
Yumichika se limaba las uñas con deleite.

El Capitán no dijo nada.
Pero sus ojos eran obsidiana.

Tala escupió sangre a sus nudillos.

—¿Nadie más?
—Patético.

—¡Silencio!

Su voz quebró el aire.
Los shinigami se tensaron.
El Capitán bajó del escalón.

—Basta.
—Esto no es un circo.
—Aquí decides.

La miró fijo.
Su reiatsu se alzó pesado como lluvia espesa.

—Si vas a ser de mi escuadrón y tener algún puesto en él...
—Demuestra que puedes con esto.

Tala levantó su zampakutō.
El filo goteaba sangre.
Sus ojos eran pura chispa eléctrica.

—¿Y tú?
—¿Quieres probarme también, Capitán?

Manzachiri vibró en su espalda.
Hinomaru estaba tenso.
El Capitán entrecerró los ojos.

—Te advertí algo.
—Aquí no me importa tu apellido.
—Si quieres quedarte... tendrás que sobrevivir.

Su reiatsu explotó.
El suelo se agrietó.
El viento silbó.
Algunos cayeron de rodillas.

Pero Tala no se movió.
Apretó su espada.
Sonrió como un demonio.

—Bien.
—Te odio menos así.

Se lanzó.
Un paso veloz.
Flash step.
El filo cantó.

El Capitán bloqueó con Hinomaru.
El choque fue un trueno.

—¡Más fuerte! —gruñó él.

Ella gritó.
Golpes salvajes.
Nada de refinamiento Kuchiki.
Solo odio.
Solo poder.

Él la desvió con un brutal empujón.
Le metió el codo en el estómago.
Ella voló y cayó de rodillas, escupiendo sangre.

Silencio.

Tala se levantó.
Temblaba.
Pero estaba de pie.

—No he terminado...

El Capitán la miró.
Su reiatsu bajó como un susurro.
Su voz fue ronca.

—Sí.
—Sí has terminado.

Ella gruñó.
Pero no avanzó.
Su espada bajó.

Él la evaluó un segundo.
Y habló, su voz como una condena y un elogio:

—Eres violenta.
—Orgullosa.
—Imprudente.
—Y tienes las agallas para levantarte aunque no puedas.

Un murmullo de aprobación recorrió el patio.
Ikkaku cruzó los brazos, sonriendo.
Yumichika suspiró como si hubiera visto arte.

El Capitán cerró los ojos un segundo.

Recordó las palabras de Ikkaku:

"El teniente es a quien puedes confiarle tu vida. Alguien que sea puro... aunque sea violento."

Abrió los ojos.
Se dirigió a Tala, su voz grave, cortante:

—Bien.
—Desde hoy... serás mi Teniente.

El escuadrón estalló en murmuros.
Algunos gruñeron.
Otros lo miraron con rabia o incredulidad.

—¡Capitán! —espetó uno.
—¡¿Cómo que su Teniente?!
—¡Ni siquiera es del 11° Escuadrón aún!

Él giró la cabeza apenas, sus ojos dos pozos oscuros.
Su reiatsu se tensó como un filo.

—Silencio.

El aire se volvió denso.
El Capitán alzó la voz para todos:

—Ella los hizo callar.
—Ella los puso de rodillas.
—Ella me obligó a desenvainar a Hinomaru.
—Algo que ninguno de ustedes logró el primer día de entrenamiento.

El silencio fue absoluto.
Solo se escuchaba el viento azotando las lonas del cuartel.

Él respiró profundo.
Su mirada volvió a Tala.

—Desde hoy... eres del 11° Escuadrón.
—La Teniente del 11° Escuadrón.
—Y si alguien quiere discutirlo... que venga por su puesto.

Tala escupió sangre al suelo.
Sonrió con dientes rojos, salvajes.

—A la mierda...
—Capitán.

El escuadrón no rió.
Ni se burló.
Solo la miró.
Aceptándola.
Como una de los suyos.

viernes, 5 de septiembre de 2025

Capítulo 25: La nueva bestia

El Senkaimon se abrió con un destello frío.

El 11° Escuadrón emergió de él.
Heridos, sucios, sangrando.
Pero todos vivos.

El Capitán fue el último en salir.
Su haori estaba rasgado, el borde ennegrecido y manchado con sangre seca.
Hinomaru colgaba pesado en su costado.
Manzachiri estaba en su espalda, silente... aunque no mudo.

Otra vez matando por mí.
Qué noble, Capitán.

El Capitán ignoró la voz, tensando la mandíbula.
Se obligó a caminar sin cojear.
Su escuadrón lo miraba.
Algunos con respeto.
Otros con miedo.
Pero ya nadie se reía de él.

En la plaza de recepción los esperaba el 4° Escuadrón, camillas listas.
Entre ellos, de pie, inamovible como una estatua de hielo… Rukia Kuchiki.
Su uniforme impecable.
Su mirada helada.

—Capitán —le dijo, sin saludar—. Acompáñame.

Él la miró de reojo.
Jadeaba por el cansancio.
—No estoy de humor para tus sermones.

—Ahora.

No fue un Bakudō.
Pero se sintió como si lo encadenara.
El 11° Escuadrón los vio irse.
Algunos susurraban.
Otros apostaban.
Nadie intervino.

En la oficina de la Capitana del 13° Escuadrón
El piso estaba tan limpio que devolvía reflejos.
Los pergaminos, ordenados como si los hubiera medido con regla.
El té servido ya frío.

El Capitán permaneció de pie.
No tenía intenciones de sentarse.
Rukia se giró con calma.
Su haori se agitó apenas.

—Buen trabajo.
—Contuvieron a un Hollow casi del nivel de un Vasto Lorde.
—Sin muertos.

Él resopló, irritado.
—No necesito cumplidos.

—No te los estoy dando.

Silencio.
Rukia entrecerró los ojos.

—He leído el informe...
—...Vi tu reiatsu...
—...Usaste a Manzachiri.

Él alzó el mentón, con frialdad.
—¿Y qué?

—¿Crees que puedes liderarlos así por siempre?
—Si tu escuadrón solo te teme, ya no te seguirán.

El Capitán bajó la cabeza un segundo.
Sus manos aún estaban manchadas.
—Prefiero eso…
—A tener que enterrar a más de los míos.

Rukia suspiró, apenas.
—Eso suena…
—Tan idiota como sincero.
—Perfecto para tu Escuadrón.

Él torció la boca.
—Si eso era todo…

—No.

Chasqueó los dedos.
La puerta se abrió.
Y entró alguien más.

Una figura delgada.
Joven.
Aunque era una vestimenta de las familias nobles, el haori del Clan Kuchiki colgaba sobre sus hombros arrugado y sucio, como si lo usara de trapo viejo.
Su pelo era negro como tinta.
Sus ojos, brasas mojadas.

Sus nudillos vendados.
Manchados de sangre.
Un tajo en su mejilla que se negaba a curar.

El Capitán la miró con desdén tranquilo.
—¿Y esta?

Rukia no sonrió.
Pero su voz se hizo cruelmente serena.

—La más pequeña del Clan Kuchiki.
—Tala Kuchiki.
—Problemas con la ley interna.
—Con la aristocracia.
—Con el mundo.

Tala resopló.
—Dilo claro, tía.
—Soy una vergüenza para la familia.

Rukia la miró, implacable.
—No.
—Eres un peligro para ella.

Se giró al Capitán.
Su voz era filo.

—Quiero que la tomes.
—Que la entrenes.
—Que la domes.
—O que la mates, si debes.

El silencio fue absoluto.
Incluso Manzachiri vibró, divertido en su espalda.

Ohhh… ¿una pequeña bestia?
Déjame ver qué tan fácil se quiebra.

Hinomaru se mantuvo en silencio.
Pero no indiferente.

El Capitán exhaló lento.
Sus ojos se afilaron.

Hubo un breve silencio.
El Capitán frunció el ceño, su voz grave:

—¿Y qué dijo tu hermano...?
—¿Qué dijo el Capitán Byakuya sobre esto?

Rukia bajó apenas la mirada.
Su voz se volvió más baja, más dura:

—No quieres ni saber.
—Por eso te pido este favor a ti.

El Capitán apretó la mandíbula.
Su reiatsu se arremolinó como si gruñera por dentro.

—¿Quieres meter a una Kuchiki… a mi Escuadrón?
—El escuadrón más violento.
—El más maldito.
—Entre hombres y mujeres que no obedecen ni a su sombra.

Rukia sostuvo de nuevo su mirada, con una frialdad acerada:
—Exacto.
—Porque ahí es donde tendrá una oportunidad real.
—Porque contigo... tendrá al menos una.

Tala escupió al suelo.
—No necesito su escuadrón.
—Ni tu permiso.
—Solo dime cuándo puedo matarlos si me estorban.

El Capitán no sonrió.
Pero algo se encendió en su mirada.
Reconocimiento.
Como quien ve a un Hollow y decide respetarlo.

—Te advierto algo.
—Aquí no hay títulos.
—No hay nobleza.
—Solo fuerza.
—Si vas a ser de mi escuadrón y tener algún puesto en él…
—Vas a pelear por ello.
—Y si me desafías… te cortaré la cabeza yo mismo.

Tala mostró los dientes en una sonrisa lobuna.
Cruel.
Hambrienta.

—Perfecto.
—Así es como deberían ser las cosas.

Rukia cerró los ojos un momento.
Por un segundo, sus facciones parecieron doler.
Pero solo un segundo.

—Capitán.
—Es tuya ahora.

Él asintió.
Su voz fue grave, irrevocable.

—Está bien.
—Pero no vengas a llorar si vuelvo con su sangre en las manos.

Rukia le devolvió la mirada.
—Si muere… es porque no estaba lista.
—Eso también lo acepto.

El Capitán se giró hacia Tala.
—Vamos.
—Te presentaré al escuadrón.
—No te van a respetar.
—Vas a tener que romperles la cara para eso.

Tala se tronó los nudillos.
Sus ojos brillaban como los de un animal hambriento.

—Espero que sangren bonito.

Y mientras salían del despacho…
Rukia los observaba irse.
Su aliento lento.
Sus ojos distantes.

Pero no dijo nada.

Porque en su interior sabía:

A veces, solo un monstruo puede domar a otro monstruo.

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido. Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo a...