Era temprano en la mañana en el cuartel del 11° Escuadrón.
El sonido de golpes, gritos y carcajadas roncas retumbaba por el patio de entrenamiento.
Tala Kuchiki exhalaba vapor. Su respiración era pesada y su uniforme estaba rasgado en varias partes, manchado de polvo y sangre seca.
Pero sus ojos azules brillaban con pura rabia contenida.
—¡Muévete, Kuchiki! —gruñó Ikkaku, lanzándole un tajo con su lanza.
Ella esquivó, pero apenas.
Rodó por el suelo y se levantó, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.
—¡Vuelve aquí, calvo de mierda! —rugió Tala, lanzándose de nuevo al ataque, su espada chocando con violencia.
El Capitán del 11° estaba sentado en un escalón, con los brazos cruzados.
No intervenía.
Solo observaba.
De pronto, una voz melodiosa y venenosa interrumpió el ruido:
—Qué espectáculo tan encantador... casi primitivo.
Abyss, la Capitana del 2° Escuadrón, estaba recostada con elegancia contra una baranda de madera.
Su uniforme impecable.
Zampakutō oculta en la faja.
Pero sus ojos no perdían nada.
—¿Vienes a reclutar gente? —preguntó el Capitán, sin siquiera moverse.
—No —respondió Abyss, avanzando con pasos pausados—. Solo vine a ver cómo anda la nueva Teniente... ya sabes, la noble que reparte golpes como si fueran dulces.
Tala se detuvo apenas un segundo para mirarla con rabia.
—¿Quieres probar tú?
Abyss rio, divertida.
—Oh, claro. Pero no aquí, con tanto espectador hambriento.
—Ven. Vamos a entrenar… de verdad.
El Capitán suspiró.
—Tala… ve con ella.
—¿Por qué? —protestó Tala, apretando el mango de su espada.
—Porque la necesitas. —Su voz fue grave, dura—. Y no me discutas.
Ikkaku chifló.
—¡Ándale, princesa, ve a tus clases de etiqueta!
Tala le mostró el dedo medio.
Abyss soltó una carcajada suave.
El sitio estaba vacío, rodeado de muros bajos.
El suelo de piedra, agrietado por entrenamientos pasados.
Abyss se detuvo en el centro.
Se acomodó el uniforme.
—Muy bien. Atácame.
Tala arqueó una ceja.
—¿Así nomás?
—Sí. Sin avisar. Sin misericordia. —Abyss sonrió de lado—. Como te gusta.
Tala apretó los dientes.
Se impulsó con shunpo.
Su espada silbó en el aire.
Pero Abyss no estaba allí.
Desapareció.
Apareció a su espalda, su dedo rozándole el cuello.
—Muerta.
Tala se detuvo en seco, furiosa.
—¡Maldita sea!
Atacó de nuevo.
Una, dos, tres veces.
Cada golpe más salvaje.
Abyss esquivaba, casi sin esfuerzo.
Terminaba siempre con un dedo en su frente o costado.
—Muerta otra vez.
—¡Lucha en serio! —rugió Tala.
Abyss bajó el dedo, ojos afilados.
—Estoy luchando. Estoy enseñándote a sobrevivir.
Tala apretó los dientes.
—No soy una asesina cobarde del 2° Escuadrón.
Abyss soltó una carcajada seca.
—No. Eres una bestia rabiosa del Escuadrón 11.
—Pero eres Teniente ahora.
—Si te matan, tus hombres mueren contigo.
Silencio.
Tala bajó la vista, respirando con dificultad.
Abyss la analizó con sus ojos oscuros.
—Mírame.
Tala levantó la mirada.
—No tienes que dejar de ser violenta.
—Solo tienes que decidir cuándo.
El viento se arremolinaba.
Tala tragó saliva.
Su voz salió áspera.
—¿Cómo… cómo haces para guardarlo?
Abyss respiró hondo.
Su voz fue casi un susurro.
—No lo apago.
—Lo encierro.
—Lo uso solo cuando nadie lo espera.
—Por eso sigo viva.
—Por eso soy Capitana.
Silencio.
Solo el murmullo del viento.
Tala bajó su espada, su hoja aún normal, manchada de tierra y sangre seca.
—Enséñame.
Abyss sonrió apenas.
—De nuevo. Ataca.
—Pero esta vez… piensa.
Horas después.
Tala estaba sudada, jadeando, con los nudillos enrojecidos.
Abyss tenía la ropa rota en un par de lugares.
—Mejor. —admitió Abyss—. Pero aún te falta.
Tala sonrió, aunque agotada.
—No te preocupes… un día te ganaré.
Abyss arqueó una ceja.
—Te espero.
Se giraron para volver al cuartel.
El cielo estaba teñido de naranja.
—Gracias —murmuró Tala, apenas audible.
Abyss fingió no escuchar.
Pero su sonrisa fue genuina.
Al llegar al 11°, el Capitán estaba sentado en su escalón favorito, con los brazos cruzados.
Abyss le lanzó una mirada divertida.
—Sobrevivió. No la maté.
El Capitán gruñó.
—Que no se vuelva inútil contigo.
Tala bufó.
—Idiotas. Los dos.
Abyss soltó una carcajada.
—Me agrada esta niña.
El Capitán negó con la cabeza, pero había un leve orgullo en su mirada.
El 11° los observaba cuchicheando desde lejos.
Ikkaku gritó burlón:
—¡Miren! ¡Nuestra Tigresa Blanca domesticada!
Tala le mostró nuevamente el dedo medio, pero no pudo evitar sonreír.
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