Era de noche en el Rukongai.
Una taberna apartada, con faroles de papel iluminando el callejón, servía de escenario para algo inusual: tres capitanes juntos, no por misión ni deber… sino para hablar.
El Capitán del 11° Escuadrón estaba sentado al fondo, su haori colgado en el respaldo de la silla. Bebía sake en silencio. Su expresión era seria, como si ni siquiera el alcohol pudiera relajarle.
Frente a él, Abyss, Capitana del 2° Escuadrón se acomodaba con descaro. Un pie sobre la silla, botella en mano, mirada aguda y burlona.
Y a quien llamaban la Maga, la Capitana del 4° Escuadrón, impecable como siempre, se mantenía más erguida. Tenía su copa frente a ella, bebiendo en sorbos cortos y medidos, con la vista fija en el Capitán del Escuadrón 11 como diseccionándolo.
Abyss fue la primera en romper el silencio:
—Así que… ¿cómo va la fiera?
El Capitán bebió un trago largo antes de contestar.
—Golpeó a dos hoy antes del desayuno.
La Maga suspiró con cierto fastidio contenido.
—¿Otra vez reteniendo su puesto a puño limpio?
Él asintió.
—Le dije que no lo hiciera. Que hoy no era para eso.
—¿Y? —preguntó Abyss con malicia.
—Ya lo había hecho antes de que me levantara.
Abyss soltó una carcajada.
—Esa niña me agrada.
El Capitán gruñó.
—Me va a matar de un dolor de cabeza un día de estos.
La Maga levantó una ceja.
—¿Dolor de cabeza? Más bien ya sabes que un dolor de cabeza será el menor de tus problemas si le pasa algo grave.
Abyss le dio un codazo con ternura.
—¡No la amenaces tan feo!
La Maga bajó su copa, seria.
—Si vuelve con un pie roto yo le romperé ambos, él lo sabe.
Abyss se rió con fuerza.
—¡Ja! Te amo cuando eres directa.
El Capitán negó con la cabeza.
—Ya se los dije. Ella… no sabe parar. Cree que si se detiene un segundo, el apellido Kuchiki la volverá tragará viva.
Abyss dejó su copa en la mesa. Su tono se volvió más serio.
—Lo dijo la otra vez. Que odiaba su apellido. Que le pesaba más de lo que quisiera.
La Maga entrecerró los ojos, recordando.
—"Quiero que me vean por mi fuerza, no por mi apellido".
El Capitán miró su jarra.
—Y es algo que lo refuerza día a día
Un silencio breve cayó. El viento afuera agitaba los faroles.
Abyss lo rompió:
—Es buena. Lo sabes, ¿verdad?
El Capitán alzó la mirada.
—Sí. Es jodidamente buena. Por eso me preocupa.
Abyss sonrió.
—Entonces cuídala.
Él resopló.
—¿Cómo cuidas a alguien que no quiere que la cuiden?
La Maga bebió otro sorbo.
—Le das espacio. Pero no la dejas sola.
Abyss se encogió de hombros.
—O empiezas a golpearla hasta que te diga qué le pasa.
El Capitán arqueó una ceja.
—¿Es esa tu técnica?
Abyss le guiñó un ojo.
—Siempre me ha funcionado contigo.
Él bufó, pero algo pareció relajarse en su rostro.
La Maga puso su copa en la mesa con un suave golpe.
—Solo no la rompas más de lo que ya está.
Silencio.
El Capitán asintió.
—Aquí es Tala. No una Kuchiki. No nobleza. Solo Tala.
Abyss alzó su copa.
—Por el Tigre Blanco.
El Capitán frunció el ceño, pero la Maga también alzó la suya.
—Por Tala.
Él gruñó bajo.
—Por ese maldito Tigre Blanco.
Bebieron.
Afuera, el viento frío del Rukongai se llevó sus voces. Dentro, los tres capitanes permanecieron un rato más en silencio, bebiendo juntos como lo que eran: soldados viejos. Compañeros. Amigos.
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