Pasaron días.
El escuadrón aceptaba a la Teniente con reticencia.
Pero nadie discutía.
No después de verla partir caras a puño limpio.
Ni de ver cómo cada día algún idiota terminaba en la enfermería por desafiarla.
Pero entonces llegó la misión.
Un varios Hollow de alto nivel apareció cerca de la frontera de una ciudad no muy habitada.
Se veía que los lideraba un monstruo cubierto de placas óseas, con un grito como un huracán.
El 11° Escuadrón llegó primero.
El Capitán desenvainó.
Hinomaru y Manzachiri vibraban con sed de sangre.
Pero ese Hollow era veloz.
Atravesó su defensa.
Se lanzó sobre un recluta, colmillos abiertos.
Tala gritó:
—¡Apártense!
Se adelantó.
Su reiatsu helado se alzó como un vendaval.
El viento giró en remolinos.
La temperatura se desplomó.
El Hollow se frenó, dudoso.
Ella alzó su espada.
Sus ojos se tornaron de un azul como fuego frío.
—Congélate…
—Arashi no Shirayuki.
Su hoja se tornó blanca como la nieve.
La empuñadura se volvió nívea, envuelta en unas cintas largas que nacían del mango, como si fueran cabellos de escarcha.
Aquellas hebras danzaban con cada movimiento de su espada, girando al compás del viento helado.
En sus extremos, el blanco se fundía en un azul resplandeciente.
Un azul tan intenso…
Tan ardiente…
Como el fuego azul.
El Hollow titubeó.
El aire cambió.
Y entonces, comenzó la tormenta.
El aire se llenó de cristales afilados.
Agujas de nieve danzaron como cuchillas.
Ella dio un paso al frente.
El viento blanco se alzó como un muro de muerte.
Columnas de hielo surgieron del suelo.
Pilares pequeños crecieron a su alrededor.
—¡Segunda Danza: Hakuren!
El viento se concentró en una lanza helada.
Disparó hacia adelante.
Atravesó al Hollow.
Su grito murió congelado.
Su cuerpo se fracturó en mil fragmentos de cristal.
Silencio.
El viento se calmó.
Los cristales cayeron como ceniza blanca.
El 11° Escuadrón miraba boquiabierto.
Uno susurró, mientras los Hollows caían uno por uno:
—Una maldita Kuchiki… con un Shikai así…
Ikkaku soltó una carcajada.
—JAJAJA.
—¡Miren eso!
—Nuestra Teniente no es solo una salvaje… ¡es un puto glaciar!
El Capitán no dijo nada.
Manzachiri se relamió en su mente:
Interesante. Fría por fuera… pero violenta como yo por dentro.
Hinomaru permaneció en silencio.
Pero aprobaba.
Le gustaba el hielo.
Le gustaba el control.
El Capitán se acercó.
Su voz fue grave, pero orgullosa.
—Bien hecho… Teniente.
Tala bajó su espada.
Respiraba con dificultad.
Pero sonrió.
—Siempre quise verlos temblar.
La tarde caía sobre la Sociedad de Almas.
El escuadrón 11 regresaba por los caminos polvorientos.
La misión había sido un éxito brutal:
Un hollow de muy alto nivel hecho pedazos.
El sendero de regreso estaba manchado de cristales rotos, aún fríos.
Pero el ambiente no era ligero.
No solo victoria.
Sino tensión.
Curiosidad.
Ikkaku caminaba a un lado y Yumichika se examinaba en un espejo de mano.
El Capitán iba al frente, pesado como una muralla.
Tala, apenas detrás, con la zampakutō humeando escarcha.
Ikkaku resopló:
—Oye, Teniente princesa de hielo. —dijo con sorna, divertido—. Eso que hiciste… era igualito al truco de la Capitana Rukia, ¿no?
Tala giró apenas la cabeza.
Sus ojos eran dos cuchillas de hielo.
—¿Truco?
—Ishhh. —Ikkaku giraba su lanza como si fuera un bastón—. Esa danza de hielo… hakuren, ¿cierto? Igual al de ella.
Yumichika intervino, meloso y cruel:
—Aunque debo admitir… el tuyo fue mucho más explosivo.
—Sí. —asintió Ikkaku—. Más violento. Más… del Escuadrón 11.
Tala se detuvo un momento.
Apoyó la zampakutō en su hombro.
El vaho salía de su boca como humo.
—No me importa si se parece.
—Es Arashi no Shirayuki.
—El viento blanco no acaricia.
—Te desgarra mientras te congela.
Yumichika chasqueó la lengua, encantado:
—Poético… y homicida.
—Encaja perfecto aquí.
Ikkaku la miró con más seriedad.
—Pero tu hakuren… tenía más pilares que los de la Capitana Rukia antes de lanzarlo.
—Parecían sellos de muerte.
Tala asintió despacio.
—Cada pilar comprime más viento helado.
—Cuando se forman todos a mi alrededor… la descarga es inevitable.
—No hay forma de detenerla después.
El Capitán se detuvo.
Giró apenas.
Su mirada dura, pero sin odio.
—Eso significa que no puedes detenerlo una vez activado.
Ella le sostuvo la mirada.
Su voz era hielo puro.
—No.
—Si lo hago, todos los que estén a su alcance mueren.
—Incluso yo.
Silencio.
Solo pasos sobre la grava.
El viento frío.
Ikkaku sonrió.
—JAJAJA… me gusta.
—Una técnica para locos.
Yumichika asintió, teatral, encantado.
—Perfecta para nosotros.
—Hermosa. Mortal. Incontrolable.
El Capitán habló con voz baja.
—No la uses contra aliados.
—Ni siquiera si te lo ordenan.
Tala apretó el mango de su zampakutō.
Su vaho formó nubes de escarcha.
—Lo sé.
Se hizo un silencio pesado.
Pero no incómodo.
El 11° Escuadrón no exigía amor.
Solo respeto.
Honestidad.
Fuerza.
Ikkaku giró su zampakutō y se la apoyó en el hombro.
Sonrió con todos los dientes.
—Bienvenida oficialmente al Escuadron 11, Kuchiki.
—Ya no eres la princesa.
—Ahora eres la loba.
Tala ladeó la cabeza.
Sus ojos eran dos cuchillas.
Su sonrisa helada.
—Loba no.
—Díganme Tigre.
Yumichika se relamió con su voz sedosa.
—Oh… Tigre Blanco.
—Mucho más elegante.
—Y mucho más peligroso.
El Capitán apenas levantó una ceja.
Su voz grave retumbó:
—Como quieran llamarte… asegúrate de ganártelo con sangre.
Tala exhaló lento.
El vaho se disipó.
Sus ojos se suavizaron un segundo.
—Entendido… Capitán.
El escuadrón siguió caminando.
El viento arrastraba polvo y hojas.
Sus siluetas se perdieron en la bruma del anochecer.
Riendo.
Insultándose.
Pero caminando juntos.
Listos para el siguiente combate.
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