miércoles, 10 de septiembre de 2025

Capítulo 27: “Sin Nobleza”

 El viento se colaba por los corredores del 13° Escuadrón, removiendo los papeles y haciendo temblar los biombos.

El Capitán del 11° Escuadrón llegó hasta la oficina, golpeó una vez y abrió sin esperar respuesta.

Rukia Kuchiki estaba de pie junto a su escritorio, revisando pergaminos.
Su mirada se clavó en él como una hoja de hielo.

—Capitán —dijo con un filo en la voz—. Siéntate.

Él ni se molestó.
Se quedó de pie.

—¿Qué pasa ahora?

Rukia se cruzó de brazos.

—No te hagas el tonto.
—No la mandé contigo para que la volvieras tu teniente.
—La mandé para que la moderaras.
—Para que le enseñaras a pensar.
—No para que expusiera su vida así.

El Capitán se rascó la barba apenas.
Sus ojos eran dos brasas apagadas.

—Ella se ganó ese lugar.
—Yo no regalo nada.

Rukia apretó los puños.

—¡Es una Kuchiki!
—¡Si mi hermano se entera...!

El Capitán levantó la mano, deteniéndola.
Su voz fue grave.

—Ya sabe.

Rukia parpadeó.

—¿Qué?

Él resopló.
Casi incómodo.

—Fue a verla.
—Le dio la mano.
—Le dijo que la felicitaba.
—Y que no olvidara ir a la casa... porque quería tomar el té con ella.

El silencio en la oficina se volvió denso.
Rukia abrió tanto los ojos como la boca.
Sus labios temblaron un segundo.

—E-eso no puede ser real.

Él asintió, serio.

—No miento con esas cosas.
—Lo dijo con esa cara suya de estatua de piedra.

Rukia se tardó unos segundos en cerrar la boca.
Respiró hondo.
Se pasó la mano por la frente, como si le doliera la cabeza.

—...Increíble.

El Capitán se encogió de hombros.

—Preguntaste.

Rukia carraspeó, recuperando algo de su dureza.

—¿Y tu escuadrón?
—¿Cómo se lo tomaron?

Él bufó.
Se apoyó contra el marco de la puerta.

—Les dio una paliza el primer día.
—Aunque te advierto…
—No pasa un solo día sin que algún idiota la rete por su puesto de teniente.
—Terminan yendo directo a la enfermería.

Rukia se llevó una mano a la cara.
Suspiró.

—Por lo menos está viva.
—Y aprendiendo.

El Capitán gruñó algo parecido a un "tal vez".
Entonces recordó por qué estaba ahí.
Metió la mano en su haori y sacó el trozo de tela arrugada y sucia.
Lo dejo sobre el escritorio con un golpe seco.

El emblema Kuchiki aún era visible.

—Ah.
—Se me olvidaba esto.

Rukia lo miró.
Sus ojos se abrieron de nuevo, pero esta vez con asco y preocupación.

—¡¿Qué demonios hiciste con esto?!
—¡Es una reliquia de nuestra familia!

El Capitán alzó una ceja, molesto.

—A mí no me mires así.
—Se lo quitó ella.
—Lo tiró al suelo como basura.
—Yo solo lo recogí.
—Y te lo traje.

Rukia lo agarró con delicadeza.
Sus dedos temblaron un segundo.
Parecía contenerse para no gritar.

—No puedo creerlo...

El Capitán se cruzó de brazos.

—Como le dije a ella, y te lo digo a ti:
—Aquí no hay nobleza.
—No hay estatus.
—Eso no le va a servir en mi escuadrón.

Rukia apretó la tela contra el pecho.
Bajó la cabeza.
Su voz se suavizó apenas.

—Lo sé.
—Tienes razón.
—Se lo devolveré a mi hermano.

Él asintió.
Ya se estaba girando para irse cuando se detuvo.
Se dio vuelta, su voz grave pero algo más cálida.

—Ah.
—Diles a Renji e Ichika…
—Que pasen por mi escuadrón algún día.
—Para recordar viejos tiempos.

Rukia lo miró.
Se quedó callada.
Luego, lentamente, una sonrisa pequeña, sincera, se dibujó en sus labios.

—Lo haré.

El Capitán se ajustó el haori, gruñó algo apenas audible y salió cerrando la puerta.

El viento volvió a entrar en la oficina.
Movió el haori arrugado con el símbolo Kuchiki.
Rukia lo sostuvo contra su pecho.
Y por un momento, solo un momento, pareció preocupada.

Pero no lloró.
Porque era Kuchiki.
Y porque, maldita sea, estaba orgullosa.

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