El Capitán del 11° Escuadrón empujó la puerta de su oficina.
Al abrirla, se detuvo en seco.
Abyss estaba sentada sobre su escritorio como si fuera suyo.
Piernas cruzadas, sonrisa burlona.
La Maga, de pie a un lado, brazos cruzados, mirada seria como un bisturí.
Y Tala, encorvada en una silla.
Las manos en los bolsillos, la venda en su mejilla manchada de sangre vieja.
Su zampakutō recargada en la pared.
Abyss fue la primera en soltar la lengua:
—¡Al fin apareces! —exclamó—. ¿Así que esta es tu nueva Teniente? ¿De verdad?
El Capitán alzó una ceja.
—No la molesten. Es de mecha corta.
Tala ni se movió.
Solo bufó.
Abyss estiró un dedo hacia ella.
—¿Mecha corta? ¿Esto? ¡Si parece un gato callejero empapado!
La Maga le lanzó una mirada rápida.
—Abyss.
—¿Qué? Solo digo la verdad. —Abyss sonrió con dientes brillantes—. Es una Kuchiki. Nunca vi a un noble tan... desastroso.
Tala levantó apenas la cabeza. Su mirada fria, vacía.
—¿Quieres pelear, Capitana?
Abyss chasqueó la lengua.
—¿Ves? Me encanta. Ya me cae bien.
El Capitán gruñó, dirigiéndose a Tala:
—Hoy no te toca patear traseros para conservar tu puesto.
Tala bajó la vista.
—Ya lo hice. Antes de que te despertaras.
El Capitán exhaló profundo.
—Un día te van a matar si sigues así.
Ella tragó saliva.
Su voz salió apagada, quebrada:
—Tal vez eso quiero.
Silencio denso.
Abyss dejó de sonreír.
La Maga arqueó apenas las cejas.
Abyss se inclinó hacia Tala.
—¿Qué mierda te hizo este cabeza hueca para que hables así?
El Capitán, a punto de contestar, pero Tala alzó la mano.
—Él no me hizo nada.
Abyss se cruzó de brazos.
—Entonces explícate.
Tala apretó los puños. Su voz temblaba:
—Odio ser una Kuchiki.
—El apellido me pesa. Pero no como yo quisiera.
—Ichika se salva porque tiene el apellido de Renji.
—Pero yo... yo soy Kuchiki. Así, directo.
—Y odio que me miren por eso.
—Quiero que me vean por mi fuerza. Por lo que puedo hacer.
—No por mi maldito apellido.
Abyss se quedó callada un momento. Sus ojos eran duros pero atentos.
—Suena jodido. Pero honesto.
La Maga respiró profundo, bajando un poco la cabeza.
—Es un peso real. —dijo con suavidad, pero con voz firme—. Pero no te define, Tala.
Tala no respondió. Solo tragó saliva.
El Capitán la miraba, con el ceño fruncido pero ya sin enojo.
—Ahora entiendo por qué Rukia me pidió este favor.
Se irguió, pesado, y su voz fue baja pero sólida:
—Aquí no serás Kuchiki.
—Aquí serás solo Tala.
—Nuestra Tigre.
Tala alzó los ojos.
Brillaban, pero sin lágrimas.
Más fríos. Más firmes.
Abyss sonrió de lado.
—¿Tigre, eh? Mucho mejor que ser una princesa.
Tala gruñó apenas.
—Prefiero tigre a cualquier otra cosa.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
Yumichika entró, elegante como siempre, abanico en mano.
Escuchó lo justo, justo a tiempo.
—¿Tigre? —repitió con una ceja arqueada—.
—No, no, no… Tigre Blanco suena mucho mejor.
—Es más hermoso, elegante, frio… y mucho más violento.
Tala lo miró de reojo, desafiante.
—¿Y a ti, quién te invitó?
Yumichika sonrió como una víbora.
—La estética me invita sola, querida.
Siguió su camino, moviendo el abanico, riéndose para sí mismo.
—Tigre Blanco... precioso.
Abyss se carcajeó.
—Te lo dije. Encajas perfecto aquí.
La Maga resopló por la nariz.
—Está bien. Pero Capitán… —dio un paso adelante, seria—.
Señaló a Tala con la barbilla.
—Si vuelve con un pie roto… yo te romperé ambos.
El Capitán frunció la boca.
—Haré lo posible.
Tala bufó, incómoda.
—No necesito que me cuiden.
Abyss le dio una palmada en el hombro.
—Claro que no. Pero lo haremos igual, eres la Teniente de nuestro amigo, como lo cuidamos a él te cuidaremos a ti.
La Maga asintió, más tranquila.
—Bienvenida, Tala.
Tala bajó la vista.
—Gracias… supongo.
El Capitán suspiró y les hizo señas hacia la puerta.
—Ya basta. Afuera las dos. Tengo que preparar a esta salvaje para que mañana no me mate a medio escuadrón.
Abyss giró, divertida.
—Diviértanse.
La Maga le lanzó una última mirada severa al Capitán.
—Te lo advertí.
Salieron.
El Capitán se volvió hacia Tala.
Ella resopló.
—Tigre Blanco… suena ridículo.
Él alzó una ceja.
—¿Mejor que princesa?
Ella giró los ojos.
—…Sí.
Él asintió.
—Entonces prepárate. Mañana entrenamos hasta sangrar.
Tala sonrió apenas.
Pero fue suficiente.
El 11° Escuadrón no necesitaba amor.
Solo honestidad.
Y eso ya era suficiente para llamarlo hogar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario