Era un día como cualquier otro en el 11° Escuadrón.
Un día de entrenamiento brutal.
El patio estaba repleto.
Se escuchaba el metal chocando.
Gruñidos.
Insultos.
El olor a sudor y tierra caliente.
Incluso Ikkaku y Yumichika estaban allí.
Siempre reacios al “entrenamiento formal”.
Ellos preferían peleas reales.
Pero algo había cambiado con el nuevo Capitán.
Y su flamante Teniente.
Aunque se quejaban, iban.
Participaban.
Se reían.
Se desangraban.
Era… casi familiar.
Pero ese día algo estaba mal.
Tala no era la misma.
Sus golpes carecían de intención.
Su mirada estaba fija en algo que nadie más veía.
El recluta con quien entrenaba se dio cuenta.
Sonrió.
Atacó con fuerza.
Tala no reaccionó a tiempo.
El golpe la tiró de rodillas.
Un silencio breve se apoderó del patio.
Hasta que el recluta gritó, con el pecho inflado:
—¡LO HICE! ¡SERÉ EL NUEVO TENIENTE!
Las risas surgieron.
Burlas ahogadas.
Pero Tala se levantó lento.
Muy lento.
Su sombra parecía crecer con ella.
Su voz fue un susurro helado, cargado de veneno:
—…¿Qué acabas de decir?
Su puño se cerró.
Lo alzó directo hacia su cara.
El recluta apenas pudo parpadear.
Pero antes de que el impacto ocurriera, el Capitán apareció.
Como un muro.
Atajó su puño con una mano.
El silencio se hizo más profundo.
Como una tumba.
El Capitán la miró fijo.
Su voz grave:
—Acompáñame.
Ella forcejeó un segundo.
Pero luego bajó el puño, respirando con dificultad.
El Capitán se giró hacia el recluta.
Sus ojos dos brasas apagadas.
—No digas estupideces solo porque tuviste suerte.
El muchacho tragó saliva.
Quiso protestar.
Pero el reiatsu del Capitán se liberó en un pulso seco.
Invisible.
Demoledor.
El shinigami salió volando varios metros.
Cayó inconsciente con un golpe sordo.
Nadie se rió.
Nadie habló.
El 11° Escuadrón solo observaba.
Grave.
En silencio.
Caminaron por los pasillos largos y oscuros del cuartel.
Sus pasos se escuchaban como tambores lejanos.
El Capitán rompió el silencio.
Su tono no era duro.
Solo cansado.
—¿Qué pasa contigo?
Tala no contestó.
Su cabeza gacha.
Su puño aún temblaba.
El Capitán soltó un suspiro ronco.
Se pasó la mano por el cabello.
—Está bien.
—No quieres hablar.
—Entonces acompáñame.
—Te voy a mostrar algo.
Salieron del escuadrón.
Cruzaron puentes de madera.
Canales estrechos.
Calles casi vacías del Seireitei.
El sol bajaba lentamente.
Pintaba los techos de naranja.
El aire olía a flores y tierra mojada.
Llegaron a un sendero escondido.
Apenas usado.
Se abría paso hasta una colina aislada.
Ahí estaba.
Un árbol de sakura en plena floración.
Los pétalos rosados flotaban como un susurro en el viento.
El suelo estaba cubierto de una alfombra de flores caídas.
El Capitán se detuvo.
Respiró hondo.
—Este es mi lugar de calma.
—Cuando no quiero escuchar a las bestias del escuadrón…
—Ni las voces en mi cabeza.
—Aquí… solo hay paz.
Tala alzó la vista.
El sakura parecía arder con luz suave.
El viento levantaba remolinos de pétalos.
—Es… hermoso.
El Capitán asintió apenas.
—Puedes venir cuando quieras.
—Estás invitada.
Ella bajó la mirada.
Los ojos húmedos, pero no lloraba.
Solo respiraba más hondo.
Más lento.
—Gracias… Capitán.
Pero no estaban solos.
Un susurro con sorna rompió el momento:
—Aaaah, qué enternecedor…
El Capitán se giró con un salto.
Frunció el ceño con fuerza.
—¡MUJER! ¡Un día me vas a matar del susto!
Abyss estaba sentada sobre una raíz gruesa del árbol.
Se balanceaba con gracia, como si flotara.
Su mirada divertida.
—Odio que este lugar neutralice nuestra presión espiritual… siempre olvidas que también conozco este lugar.
Tala frunció el ceño.
—¿Neutraliza? ¿Cómo que neutraliza?
Abyss se encogió de hombros.
—Desde que conozco a tu Capitán venimos aquí.
—Siempre ha sido así.
—Por eso le encanta: aquí puede descansar su mente y su cuerpo sin reiatsu que lo interrumpa.
El viento arrastraba pétalos entre ellas.
La tensión se relajó apenas.
Abyss la miró con curiosidad genuina.
—¿Y tú?
—¿Cómo sigues?
—¿Aún pensante?
El Capitán arqueó una ceja.
—¿Pensante?
—¿Qué pasó entre ustedes dos?
Abyss sonrió.
Su mirada chispeante.
—Le acepté el reto que me ofreció cuando nos conocimos.
—La derroté en menos de un minuto.
—Creo que todavía piensa en cómo al menos tocarme.
Tala bajó la cabeza, avergonzada.
Pero su voz salió firme.
—…Aún no puedo.
—Pero te juro que algún día te voy a ganar.
El Capitán abrió los ojos como platos.
—¡¿Me estás diciendo que ESTO es por eso?!
—¡¿Por una pelea que perdiste?!
Le dio un golpecito seco en la cabeza.
Tala chilló.
—¡AY!
Él exhaló, irritado.
—Y yo trayéndote a mi lugar especial, preocupado…
—¡Y resulta que estás así por perder una maldita pelea!
Abyss rompió en carcajadas.
Se tapaba la boca para no gritar.
—JAJAJAJA… no tienes remedio.
Tala se sobaba la cabeza, fulminándolos con la mirada.
—¡No es gracioso!
Abyss se limpió una lágrima, más seria.
Se inclinó hacia Tala.
—Pequeña… la vida te va a dar victorias y derrotas.
—Pero nunca olvides algo:
—De las derrotas vas a aprender más que de cualquier victoria.
—Si las aceptas.
Tala respiró profundo.
Sus labios temblaron.
—Lo sé…
—Pero perder… siempre se siente horrible.
El Capitán le puso la mano sobre el cabello.
Apretó con cuidado.
Su voz ronca se suavizó.
—A nadie le gusta perder.
—Pero si aprendes de cada caída… vas a volverte tan fuerte…
—Que nadie te va a poder derribar.
—Vas a ser la mejor.
—Incluso… la mejor de todos.
El viento siguió soplando.
Acariciaba sus caras.
El árbol susurraba.
Los pétalos flotaban alrededor como un conjuro silencioso.
Tala levantó la vista.
Sus ojos brillaban como hielo limpio.
Y asintió.
—…Entendido, Capitán.
El Capitán asintió de vuelta.
Abyss se cruzó de brazos, sonriendo con algo de ternura.
El sakura seguía cayendo.
Como si el tiempo mismo se hubiera detenido solo para ellos.
Y ahí, en medio de la brisa, se selló algo más fuerte que una promesa.
Algo más parecido a un vínculo.
Una aceptación silenciosa.
Una familia que se construía a golpes.
Pero familia al fin.
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