lunes, 8 de septiembre de 2025

Capítulo 26 — "El Bautizo del Escuadrón 11"

El Capitán del 11° Escuadrón avanzaba al frente.

Su haori estaba raído y chamuscado en el borde.
Hinomaru descansaba muda en su costado.
Manzachiri, en su espalda, vibraba con morbosa expectación.

A un paso detrás de él, Tala Kuchiki caminaba con las manos en los bolsillos.

Al cruzar el umbral del cuartel, el bullicio se detuvo.
Decenas de shinigami se giraron al instante.
Sonrisas crueles.
Risas roncas.

—¿Quién es la niñita, Capitán?
—¡Trajo una muñeca para que juguemos!
—¡Miren, tiene cara de aristócrata!

El Capitán no se detuvo.
Ni giró la cabeza.
Solo dijo:
—Silencio.

Su reiatsu estalló un segundo.
Todo el escuadrón calló.
Pero sus ojos brillaban.
No de respeto.
De puro desafío.

Tala escupió al costado.
Su sonrisa era la de un Tigre mostrando los dientes.

—Qué lindo lugar.
—Apesta a sangre vieja y testosterona barata.

Un integrante se adelantó.
Una cicatriz le partía la cara.
Su voz era un gruñido:

—¿Quién diablos eres tú?
—¿Vienes a barrer el suelo, princesa Kuchiki?

Tala sonrió más.

—No.
—Vengo a hacerlos sangrar.

Hubo risas.
Silencio.
Murmullos venenosos.

El Capitán subió un escalón del patio y se giró hacia todos.
Su voz fue un látigo:

—¡Escuchen!
—Ella es Tala Kuchiki.
—Pero aquí no hay nobleza.
—Ni títulos.
—Solo fuerza.

Su mirada era acero templado.

—Si la subestiman en combate...
—No me pidan que los recoja a pedazos después.

El escuadrón se tensó.
Algunos bufaron.
Otros apretaron empuñaduras.
Nadie avanzó.

Tala acomodó su venda.

—¿Tan feos y cobardes?
—Esperaba más del “peor escuadrón de todos”.

Una vena palpitó en la frente del Capitán.
Pero no dijo nada.

—Entrenamiento.
—En diez minutos.
—Quiero ver si la sangre Kuchiki es tan roja como la de todos ustedes.

El patio estaba lleno.
El suelo manchado de combates anteriores.
Todos se reunieron en círculo, expectante.

El Capitán se plantó en medio.
Manzachiri y Hinomaru visibles.
Su voz era grave:

—Hoy no hay lección.
—Solo pelea.
—Aquí se gana o se cae.

Se giró hacia Tala.
Sus ojos eran un juicio.

—Aquí no hay respeto regalado.
—Solo miedo o admiración.
—Gánate uno de ellos.

Tala se quitó el manto Kuchiki y lo dejó caer como basura.
Quedó en su uniforme negro, vendajes sucios en antebrazos y muñecas.
Se golpeó el pecho con el puño.

—¿Quién va primero?
—Prometo no matarlo.

El shinigami de la cicatriz se lanzó.
Rabia pura.
Desenvainó.

Ella ni desenfundó.
Esquivó.
Golpe seco.
Su puño destrozó su mandíbula.
Dientes volaron.
El hombre cayó como un saco de carne.

Silencio.

—Siguiente.

Dos más avanzaron.
Ella desenfundó apenas.
Tajo preciso.
No mortal, pero profundo.
El olor a sangre llenó el aire.
Cayeron gimiendo.

—¿Tan fácil?

El escuadrón se tensó.
Algunos levantaban sus zampakutō, mirándose.
Otros bajaban la vista.
Ikkaku reía desde el fondo.
Yumichika se limaba las uñas con deleite.

El Capitán no dijo nada.
Pero sus ojos eran obsidiana.

Tala escupió sangre a sus nudillos.

—¿Nadie más?
—Patético.

—¡Silencio!

Su voz quebró el aire.
Los shinigami se tensaron.
El Capitán bajó del escalón.

—Basta.
—Esto no es un circo.
—Aquí decides.

La miró fijo.
Su reiatsu se alzó pesado como lluvia espesa.

—Si vas a ser de mi escuadrón y tener algún puesto en él...
—Demuestra que puedes con esto.

Tala levantó su zampakutō.
El filo goteaba sangre.
Sus ojos eran pura chispa eléctrica.

—¿Y tú?
—¿Quieres probarme también, Capitán?

Manzachiri vibró en su espalda.
Hinomaru estaba tenso.
El Capitán entrecerró los ojos.

—Te advertí algo.
—Aquí no me importa tu apellido.
—Si quieres quedarte... tendrás que sobrevivir.

Su reiatsu explotó.
El suelo se agrietó.
El viento silbó.
Algunos cayeron de rodillas.

Pero Tala no se movió.
Apretó su espada.
Sonrió como un demonio.

—Bien.
—Te odio menos así.

Se lanzó.
Un paso veloz.
Flash step.
El filo cantó.

El Capitán bloqueó con Hinomaru.
El choque fue un trueno.

—¡Más fuerte! —gruñó él.

Ella gritó.
Golpes salvajes.
Nada de refinamiento Kuchiki.
Solo odio.
Solo poder.

Él la desvió con un brutal empujón.
Le metió el codo en el estómago.
Ella voló y cayó de rodillas, escupiendo sangre.

Silencio.

Tala se levantó.
Temblaba.
Pero estaba de pie.

—No he terminado...

El Capitán la miró.
Su reiatsu bajó como un susurro.
Su voz fue ronca.

—Sí.
—Sí has terminado.

Ella gruñó.
Pero no avanzó.
Su espada bajó.

Él la evaluó un segundo.
Y habló, su voz como una condena y un elogio:

—Eres violenta.
—Orgullosa.
—Imprudente.
—Y tienes las agallas para levantarte aunque no puedas.

Un murmullo de aprobación recorrió el patio.
Ikkaku cruzó los brazos, sonriendo.
Yumichika suspiró como si hubiera visto arte.

El Capitán cerró los ojos un segundo.

Recordó las palabras de Ikkaku:

"El teniente es a quien puedes confiarle tu vida. Alguien que sea puro... aunque sea violento."

Abrió los ojos.
Se dirigió a Tala, su voz grave, cortante:

—Bien.
—Desde hoy... serás mi Teniente.

El escuadrón estalló en murmuros.
Algunos gruñeron.
Otros lo miraron con rabia o incredulidad.

—¡Capitán! —espetó uno.
—¡¿Cómo que su Teniente?!
—¡Ni siquiera es del 11° Escuadrón aún!

Él giró la cabeza apenas, sus ojos dos pozos oscuros.
Su reiatsu se tensó como un filo.

—Silencio.

El aire se volvió denso.
El Capitán alzó la voz para todos:

—Ella los hizo callar.
—Ella los puso de rodillas.
—Ella me obligó a desenvainar a Hinomaru.
—Algo que ninguno de ustedes logró el primer día de entrenamiento.

El silencio fue absoluto.
Solo se escuchaba el viento azotando las lonas del cuartel.

Él respiró profundo.
Su mirada volvió a Tala.

—Desde hoy... eres del 11° Escuadrón.
—La Teniente del 11° Escuadrón.
—Y si alguien quiere discutirlo... que venga por su puesto.

Tala escupió sangre al suelo.
Sonrió con dientes rojos, salvajes.

—A la mierda...
—Capitán.

El escuadrón no rió.
Ni se burló.
Solo la miró.
Aceptándola.
Como una de los suyos.

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