viernes, 5 de septiembre de 2025

Capítulo 25: La nueva bestia

El Senkaimon se abrió con un destello frío.

El 11° Escuadrón emergió de él.
Heridos, sucios, sangrando.
Pero todos vivos.

El Capitán fue el último en salir.
Su haori estaba rasgado, el borde ennegrecido y manchado con sangre seca.
Hinomaru colgaba pesado en su costado.
Manzachiri estaba en su espalda, silente... aunque no mudo.

Otra vez matando por mí.
Qué noble, Capitán.

El Capitán ignoró la voz, tensando la mandíbula.
Se obligó a caminar sin cojear.
Su escuadrón lo miraba.
Algunos con respeto.
Otros con miedo.
Pero ya nadie se reía de él.

En la plaza de recepción los esperaba el 4° Escuadrón, camillas listas.
Entre ellos, de pie, inamovible como una estatua de hielo… Rukia Kuchiki.
Su uniforme impecable.
Su mirada helada.

—Capitán —le dijo, sin saludar—. Acompáñame.

Él la miró de reojo.
Jadeaba por el cansancio.
—No estoy de humor para tus sermones.

—Ahora.

No fue un Bakudō.
Pero se sintió como si lo encadenara.
El 11° Escuadrón los vio irse.
Algunos susurraban.
Otros apostaban.
Nadie intervino.

En la oficina de la Capitana del 13° Escuadrón
El piso estaba tan limpio que devolvía reflejos.
Los pergaminos, ordenados como si los hubiera medido con regla.
El té servido ya frío.

El Capitán permaneció de pie.
No tenía intenciones de sentarse.
Rukia se giró con calma.
Su haori se agitó apenas.

—Buen trabajo.
—Contuvieron a un Hollow casi del nivel de un Vasto Lorde.
—Sin muertos.

Él resopló, irritado.
—No necesito cumplidos.

—No te los estoy dando.

Silencio.
Rukia entrecerró los ojos.

—He leído el informe...
—...Vi tu reiatsu...
—...Usaste a Manzachiri.

Él alzó el mentón, con frialdad.
—¿Y qué?

—¿Crees que puedes liderarlos así por siempre?
—Si tu escuadrón solo te teme, ya no te seguirán.

El Capitán bajó la cabeza un segundo.
Sus manos aún estaban manchadas.
—Prefiero eso…
—A tener que enterrar a más de los míos.

Rukia suspiró, apenas.
—Eso suena…
—Tan idiota como sincero.
—Perfecto para tu Escuadrón.

Él torció la boca.
—Si eso era todo…

—No.

Chasqueó los dedos.
La puerta se abrió.
Y entró alguien más.

Una figura delgada.
Joven.
Aunque era una vestimenta de las familias nobles, el haori del Clan Kuchiki colgaba sobre sus hombros arrugado y sucio, como si lo usara de trapo viejo.
Su pelo era negro como tinta.
Sus ojos, brasas mojadas.

Sus nudillos vendados.
Manchados de sangre.
Un tajo en su mejilla que se negaba a curar.

El Capitán la miró con desdén tranquilo.
—¿Y esta?

Rukia no sonrió.
Pero su voz se hizo cruelmente serena.

—La más pequeña del Clan Kuchiki.
—Tala Kuchiki.
—Problemas con la ley interna.
—Con la aristocracia.
—Con el mundo.

Tala resopló.
—Dilo claro, tía.
—Soy una vergüenza para la familia.

Rukia la miró, implacable.
—No.
—Eres un peligro para ella.

Se giró al Capitán.
Su voz era filo.

—Quiero que la tomes.
—Que la entrenes.
—Que la domes.
—O que la mates, si debes.

El silencio fue absoluto.
Incluso Manzachiri vibró, divertido en su espalda.

Ohhh… ¿una pequeña bestia?
Déjame ver qué tan fácil se quiebra.

Hinomaru se mantuvo en silencio.
Pero no indiferente.

El Capitán exhaló lento.
Sus ojos se afilaron.

Hubo un breve silencio.
El Capitán frunció el ceño, su voz grave:

—¿Y qué dijo tu hermano...?
—¿Qué dijo el Capitán Byakuya sobre esto?

Rukia bajó apenas la mirada.
Su voz se volvió más baja, más dura:

—No quieres ni saber.
—Por eso te pido este favor a ti.

El Capitán apretó la mandíbula.
Su reiatsu se arremolinó como si gruñera por dentro.

—¿Quieres meter a una Kuchiki… a mi Escuadrón?
—El escuadrón más violento.
—El más maldito.
—Entre hombres y mujeres que no obedecen ni a su sombra.

Rukia sostuvo de nuevo su mirada, con una frialdad acerada:
—Exacto.
—Porque ahí es donde tendrá una oportunidad real.
—Porque contigo... tendrá al menos una.

Tala escupió al suelo.
—No necesito su escuadrón.
—Ni tu permiso.
—Solo dime cuándo puedo matarlos si me estorban.

El Capitán no sonrió.
Pero algo se encendió en su mirada.
Reconocimiento.
Como quien ve a un Hollow y decide respetarlo.

—Te advierto algo.
—Aquí no hay títulos.
—No hay nobleza.
—Solo fuerza.
—Si vas a ser de mi escuadrón y tener algún puesto en él…
—Vas a pelear por ello.
—Y si me desafías… te cortaré la cabeza yo mismo.

Tala mostró los dientes en una sonrisa lobuna.
Cruel.
Hambrienta.

—Perfecto.
—Así es como deberían ser las cosas.

Rukia cerró los ojos un momento.
Por un segundo, sus facciones parecieron doler.
Pero solo un segundo.

—Capitán.
—Es tuya ahora.

Él asintió.
Su voz fue grave, irrevocable.

—Está bien.
—Pero no vengas a llorar si vuelvo con su sangre en las manos.

Rukia le devolvió la mirada.
—Si muere… es porque no estaba lista.
—Eso también lo acepto.

El Capitán se giró hacia Tala.
—Vamos.
—Te presentaré al escuadrón.
—No te van a respetar.
—Vas a tener que romperles la cara para eso.

Tala se tronó los nudillos.
Sus ojos brillaban como los de un animal hambriento.

—Espero que sangren bonito.

Y mientras salían del despacho…
Rukia los observaba irse.
Su aliento lento.
Sus ojos distantes.

Pero no dijo nada.

Porque en su interior sabía:

A veces, solo un monstruo puede domar a otro monstruo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido. Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo a...