miércoles, 30 de julio de 2025

Capítulo 9: El precio de desenvainar

—¿Esa es la nueva espada?

La pregunta vino desde su izquierda. Uno de los miembros del escuadrón lo miraba de reojo mientras atravesaban el Senkaimon. La luz blanca oscilante del camino dimensional parecía agitarse levemente con cada paso que daban.

Él bajó la mirada a su cintura. Allí estaba Hinomaru, fiel, sereno… pero esta vez no era la única.

Sobre su espalda, apuntando hacia la derecha, envuelta en los restos de los sellos que ya no contenían nada, estaba la otra. La espada maldita.

—Sí… desde que la encontré ese día en el templo, no he podido soltarla.

—¿No puedes o no quieres? —replicó el otro, medio en broma, medio inquieto.

El aire se volvió súbitamente denso dentro del Senkaimon. Los que iban adelante notaron el cambio; se miraron entre sí. Él no respondió de inmediato. Solo apretó los dientes.

—No lo sé —admitió—. Es como si supiera que si la dejo… algo malo pasará. Hinomaru… no está feliz con esto. Y tampoco la capitana. Pero siento que… necesito tenerla cerca. No por poder. Es como si tuviera que protegerla. O protegernos.

Antes de que pudiera seguir hablando, una voz cortó el silencio:

—¡Ya llegamos! ¡Prepárense! ¡Y no mueran!

La compuerta del Senkaimon se abrió, y el frío del mundo humano los golpeó en la cara.

Pero algo estaba mal.

Los primeros pasos los llevaron a un sitio extraño: un parque urbano abandonado, las farolas parpadeaban, y el viento olía a hierro oxidado.

El primer grito vino antes de que pudieran organizarse.

—¡Shinigami caídos!

Ya estaban allí. Cuerpos. Cinco. No. Siete.

Desparramados como muñecos rotos, sus uniformes aún humeaban.

Y junto a ellos, dos figuras oscuras, altas, deformes. Hollows con rostros de máscaras sonriendo, y extremidades que colgaban como guadañas vivas. El reiryoku era sofocante, como si respiraran odio.

Uno de sus compañeros intentó hablar, pero no alcanzó.

Sangre caliente. Un grito ahogado. La vida arrancada en un solo movimiento.

Él se quedó quieto.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente para que el hollow lanzara su brazo-guadaña hacia él. Apenas logró esquivar. Sintió cómo algo se soltaba de su cintura. El golpe rasgó su uniforme y Hinomaru cayó al suelo, girando una vez sobre sí mismo hasta quedar lejos, fuera de alcance.

No tenía otra opción.

Giró su brazo hacia atrás y tomó la espada maldita.

La tela aún colgaba de la empuñadura, pero eso no la detuvo.

La desenvainó.

Un segundo.

Eso fue todo.

Un segundo de silencio absoluto.

Y luego, un estruendo. Como un rugido de mil ecos surgiendo del abismo.

Sus compañeros lo vieron. Pero no era él.

Sus ojos estaban vacíos. Sin miedo. Sin duda.

El hollow lo atacó de nuevo.

Fue un alarido de dolor real. Como si esa espada cortara más allá de la carne espiritual.

El hollow retrocedió, aterrorizado. Tomó el cuerpo del shinigami muerto como escudo.

Mal cálculo.

El corte lo atravesó a ambos. No quedó nada reconocible.

El segundo hollow intentó escapar. No llegó a dar tres pasos.

El filo lo partió en dos. Sin gritos. Sin resistencia.

Cuando todo terminó, el silencio era total.

Él estaba de pie, cubierto de sangre que no era suya, la espada goteando. Su respiración era cortada, entrecortada, pero no por cansancio. Era como si volviera a sí mismo poco a poco.

Los demás no dijeron nada.

Solo lo miraban.

No con respeto.

Con miedo.

Él miró sus propias manos. La espada aún brillaba con un tono oscuro, como brea quemada. El olor aún flotaba en el aire.

Recogió a Hinomaru, que seguía limpio y frío.

—Vuelvan —dijo sin mirar a nadie—. Yo volveré después. Necesito… ver algo.

Y se alejó entre las sombras, con la espalda pesada y la mente llena de preguntas.

¿Qué es esta zampakutō?

¿Y qué parte de mí fue la que mató? 

lunes, 28 de julio de 2025

Capítulo 8: La espada maldita

Al llegar de vuelta al escuadrón 13, lo primero que hizo fue ir a ver a Rukia. Entró a la oficina con el rostro pálido y el uniforme manchado de tierra.

—¿Encontraste algo? —preguntó ella con calma.

Él respiró hondo y dejó la vieja katana envuelta en trapos sobre la mesa. Incluso con los sellos colgando, se sentía el reiryoku pesado como plomo.

—Solo esto... pero no es una espada normal. Su reiryoku... es igual al de una zampakutō, pero... algo la habita. Algo horrible.

Rukia frunció el ceño.

—¿Quieres que la envíe al escuadrón 12 para examinarla?

Él asintió. No tenía idea de qué hacer con algo así.

Fue así como terminaron en el laboratorio de Mayuri Kurotsuchi. El Capitán del 12º escuadrón los recibió con una sonrisa torcida y curiosa.

—Veamos esta “pieza de museo” —dijo, desenvolviendo la hoja con sus dedos largos y fríos.

Apenas la tela cayó al suelo, el aire se volvió denso, pesado como bruma espesa. Un hedor nauseabundo se expandió como si mil cuerpos se pudrieran a la vez.

Mayuri se quedó mirándola en silencio. Su ojo mecánico chisporroteó mientras analizaba el reiryoku.

—Interesante... —murmuró con un tono que no ocultaba su fascinación—. Ni siquiera la zampakutō de ese monstruo de Zaraki Kenpachi tenía un reiryoku tan... diabólico.

Todos en la sala tragaron saliva. Él se tensó.

—Capitán, solo quiero saber qué es —dijo con la voz áspera.

Mayuri soltó una risa breve y seca.

—Es tu problema, no el mío —dijo mientras se giraba—. Pero un error fue quitarle los sellos. Eso era lo que mantenía a esa cosa bajo control.

Se escuchó un silencio incómodo.

—Ese fue el problema —murmuró él con amargura—. Se desprendieron solos mientras veníamos aquí.

Mayuri se congeló. Su rostro se torció en un gesto casi divertido.

—¿¡Qué!? —gritó, con un brillo maniático en los ojos—. ¡Eso es malo! Muy malo.

Le gritó a su teniente.

—¡Tráeme una cápsula de contención, ya!

Akon llegó corriendo con un cilindro reforzado. Entre varios shinigamis sellaron la katana dentro. El contenedor temblaba, grietas negras aparecieron en sus bordes. Luego de un zumbido aterrador, la cápsula explotó, liberando un vaho negro como brea, el mismo hedor nauseabundo llenando el laboratorio.

Algunos retrocedieron, pero él sintió cómo su corazón se helaba.

Sin pensarlo, se adelantó y tomó la espada con ambas manos, como lo había hecho la primera vez que la vio, casi por instinto. En cuanto sus dedos la aferraron, la brea negra pareció calmarse al instante, el hedor nauseabundo se disipó como si alguien hubiera abierto una ventana, y el reiryoku maligno se volvió apenas un susurro.

El silencio se apoderó del lugar.

Mayuri se acercó con una mueca burlona, analizándolo de arriba a abajo.

—Parece que solo contigo se calma... Qué decepcionante —dijo con tono sarcástico—. Supongo que ya no es mi problema.

Sin más, tiró las telas que envolvían la zanpakutō hacia él.

—Envuélvela y llévatela. Y no vuelvas con esa cosa nuevamente aquí.

Él tomó las telas, la envolvió, la sentía pesada como el pecado. Mientras salía del laboratorio, escuchó a Mayuri murmurando entre dientes:

—Si es la zampakutō maldita que una vez leí en esos viejos libros... estamos todos condenados.

viernes, 25 de julio de 2025

Capítulo 7: Ecos del pasado

Los años habían pasado, y el Seireitei ya no era el mismo.

Soi Fon, la feroz capitana del escuadrón 2, había muerto en batalla. Antes de caer, pronunció sus últimas palabras con el filo de su Bankai aún humeante:

—Si yo caigo… ella es quien debe ser el filo que me suceda.

Y Abbys lo hizo. Se convirtió en la nueva capitana sin ceremonia ni aplausos. Solo un nuevo uniforme, una nueva carga, y una reputación: la Lluvia Roja. Cada vez que desataba a Felina, su zampakutō, el aire se teñía de rojo con la sangre de sus enemigos. Cuando usaba su Bankai, se movía tan rápido que parecía desaparecer entre una tormenta de cortes.

En el escuadrón 4, también hubo cambios.
La Central 46 promovió a Isane a un cargo superior como asesora médica principal del Seireitei. Fue un ascenso inesperado y un honor enorme, aunque implicaba alejarla de sus subordinados más cercanos.

La Bruja, la niña silenciosa que en la academia nunca decía una palabra, recibió la noticia de su ascenso inmediato a capitana del escuadrón 4. No lo pidió ni lo deseaba, se negó dos veces. Pero el Capitán Comandante la miró con esa mezcla de seriedad y compasión que reservaba solo para quienes llevan demasiado peso en los hombros.

—No siempre elegimos cuándo liderar. Pero si alguien tiene el corazón y el poder para hacerlo… eres tú —le dijo sin dudar—. Este puesto ya era tuyo hace tiempo. Solo se demoraron en reconocerlo.

Ella aceptó a regañadientes, con la dignidad de alguien que jamás huye.

Cuando esto ocurrió ya en los pasillos dejaron de llamarla La Bruja, no se sabe si por respeto o miedo, pero se empezó a escuchar otro nombre... "La Maga de Sangre Blanca" no era un apodo que ella aceptara, ni siquiera se atrevían a pronunciarlo en voz alta.

El apodo nació primero entre los pasillos de su propio escuadrón, cuando aun era teniente. Su kidō médico era tan avanzado que algunos decían que rozaba la necromancia. Con un simple gesto de sus manos, heridas letales se cerraban… pero siempre quedaba un resplandor blanquecino en la piel, como si su energía espiritual impregnara al paciente para siempre.

Se contaba que su reiatsu era tan frío y tan denso que podía coagular la sangre al contacto. Otros juraban que cuando lanzaba sus hechizos ofensivos, el aire se llenaba de un resplandor blanco y silencioso… y luego, nada quedaba. Ni gritos. Ni cuerpos completos.

Por otra parte, él también cambió.
El hombre que durante años fue un soldado discreto se volvió más decidido y firme desde el día que Hinomaru despertó en su bokken, ya no era el mismo. Por eso, cuando Rukia Kuchiki, la capitana del 13º escuadrón, solicitó que fuera transferido a su mando, nadie se sorprendió. No era común que un capitán pidiera a un shinigami que no destacaba por rango, pero Rukia lo hizo, y el Capitán Comandante aceptó sin cuestionar.

Por eso lo pidió para su escuadrón.

Rukia tenía un plan.

Quería unirlos.

El atardecer caía sobre el lago del 13º escuadrón. El viento frío movía las aguas con suavidad.

Rukia estaba allí, junto a Abbys y la Maga. El aire estaba cargado de silencios que decían más que las palabras.

Rukia alzó la mirada hacia el cielo.

—Conozco su historia —dijo con calma—. Ustedes tres… crecieron juntos, ¿verdad?

—A la pequeña la conocimos en la academia, pero es como si fuéramos amigos de toda la vida— Dijo Abbys mirando a Rukia mientas sus pies columpiaban.

Rukia respiró hondo.

—Cuídense —pidió con seriedad—. Cuídense como yo aprendí a cuidar a mis amigos. Como ellos lo hicieron conmigo. Aunque eso signifique dar la vida.

Un silencio solemne se extendió. Las dos sintieron el peso de esas palabras.

Rukia dejó escapar una media sonrisa, cargada de una nostalgia muy vieja.

—Algún día —agregó con un leve brillo en los ojos— les contaré la historia de un chico tan loco que casi se enfrentó a todo el Seireitei.

Se detuvo un segundo, y su voz bajó, más suave, más personal:

—Era el sobrino de alguien a quien más admiré cuando era joven.

Miró el lago, el reflejo del cielo incendiado por el sol poniente.

—Los extraño a ambos —murmuró.

Las otras no respondieron con palabras. No hizo falta.
El viento frío se llevó la promesa no dicha de permanecer unidas.

Unos días después, Rukia lo llama a él a su oficina.

—Han habido misteriosas desapariciones en un distrito alejado —explicó con gesto serio—. Quiero que vayas.

Él se quedó en silencio, reconociendo de inmediato el nombre del distrito.

—Yo… sé dónde es —dijo al fin, con la voz más ronca de lo normal.

Rukia lo evaluó con la mirada.

—¿Hay algún problema?

Él negó.

—Déjame ir solo. Es peligroso, pero no quiero arrastrar a nadie más allí.

Rukia lo estudió un largo momento.

—Si no has vuelto antes del anochecer —dijo al fin— mandaré un equipo a buscarte… aunque sea para recuperar tu cadáver.

Él asintió sin replicar.

Cuando llegó al distrito, el aire era pesado, húmedo, oliendo a muerte y brea podrida. Reconocía el terreno, pero algo era distinto. Un templo en ruinas, ennegrecido como carbón.

Entró.

Entre los escombros, vio algo que brillaba apenas: una katana envuelta en telas y con tantos sellos que no podía contarlos. Se sintió irremediablemente atraído, aunque Hinomaru, en su cintura, empezó a temblar.

Al tocarla, todo se desvaneció.

No estaba en su mundo.

El espacio era una negrura infinita, como la noche más antigua. El aire hedía a mil cadáveres pudriéndose. Una silueta se recortaba en esa oscuridad, apenas visible, pero enorme.

Y escuchó su voz:

—¿Quién dominará a quién?

Despertó jadeando.

El equipo de rescate estaba ya junto a él. Sus rostros se tensaron al verlo: estaba pálido como un muerto. Pero en su mano derecha… sostenía esa katana aún envuelta en tela, con los sellos empezando a soltarse, uno a uno.

Hinomaru seguía temblando, como si protestara.

Él no dijo nada.
Solo miró la katana.
Y supo que nada volvería a ser igual.

miércoles, 23 de julio de 2025

Capítulo 6: El precio de un nuevo filo

Volvieron del mundo humano bajo un cielo plomizo que parecía llorar por los caídos.

El senkaimon se abrió con un destello frío en la plaza de llegada.
Los heridos eran llevados en camillas improvisadas; algunos sangraban, otros estaban inconscientes.
Pero todos respiraban.
No habían tenido tantas bajas como se temió cuando vieron abrirse aquellas gargantas.

Él bajó último, con el bokken colgando de su cintura como si siempre hubiera sido una zampakutō.
Pero todos notaron algo más:
ya no era el mismo.
Su andar no pedía protección.
Su mirada no rogaba clemencia.
Era la de alguien dispuesto a matar por proteger.

Abbys se cruzó de brazos al verlo acercarse, ensangrentado pero erguido.
Tenía media sonrisa torcida, el ceño orgulloso.
—Mírate nada más. —Le lanzó con ironía—. Ya estás grande, eh.
Él se encogió de hombros con un resoplido, como restándole importancia.
Pero no la tenía.
No para ellos.

La Bruja, como todos la llamaban en susurros, se acercó en silencio.
Su largo cabello ondeaba con el viento húmedo, sus ojos eran dos espejos fríos.
Asintió apenas, con esa solemnidad que no admitía réplicas:
—Felicidades.
Luego, sin más, se giró y empezó a dar órdenes:
—Escuadrón 4, formen filas. Revisen cada herido. No quiero pérdidas por descuido. Preparen camillas. Kidō de estabilización ya.

Abbys la vio irse, chasqueando la lengua con un brillo divertido en la mirada.
Aprovechó para acercarse aún más a él, con esa confianza nacida de la infancia.
De pronto lo envolvió en un abrazo tan fuerte como breve.
—Quién diría… —susurró contra su oído—. Ese viejo bokken era tan fuerte.
Él se quedó quieto. Bajó la mirada hacia la saya.
Su mano temblaba un poco.
—Ese es el problema… —murmuró apenas audible—. No sé si lo es. No sé si…
Pero no logró terminar.

Una voz grave y algo divertida se dejó oír entre el barullo:
—¡Oye!
Shunsui Kyōraku estaba ahí, su silueta recortada contra el atardecer.
Abanico en mano, sonrisa en los labios, kimono floreado manchado de sangre de batalla ajena.
Caminaba con su andar pausado, como si no existiera la prisa ni el miedo.
—Nanao ya me informó de tu shikai. —Su voz arrastraba una cadencia casi musical—. Felicidades.
Él trató de saludar, rígido como en la academia, pero Shunsui alzó el abanico para frenarlo.
Sacó algo del kimono.
—Toma.

Era un taiyaki envuelto en un pañuelo viejo pero limpio.
Él parpadeó, confundido.
—¿Taiyaki…?
—Un amigo me dio uno hace mucho tiempo. —Shunsui entrecerró su ojo, nostálgico—. En un día muy, muy feo. Creo que hoy te lo ganaste.
Dudó un instante.
Luego mordió.
Se detuvo en seco al saborear el contenido, frunciendo el ceño.
—…Esto tiene alcohol.
Shunsui abrió el abanico y se cubrió la sonrisa.
—¿Sí? ¿Y?
—…
—Anda. Ven. Te ganaste un día libre. —Le pasó un brazo por los hombros con la familiaridad de un padre viejo y algo cansado.
Él no opuso resistencia.

Abbys y la Bruja los observaron alejarse.
El viento helado removía sus uniformes manchados de polvo y sangre.
Las voces del Escuadrón 4 hacían un coro de urgencias y kidō luminosos, pero para ellas, todo se volvía un murmullo distante.

Abbys se quedó con los brazos colgando, suspiró profundo.
—Mira tú… —dijo, la voz algo quebrada—. El Capitán Comandante se lo lleva como si fuera su propio hijo.
La Bruja no dijo nada de inmediato.
Solo entrecerró los ojos, siguiendo con la mirada al viejo Shunsui que se alejaba con el brazo sobre su hombro.

Abbys tragó saliva.
Giró apenas el rostro hacia su amiga, bajando la voz, cargada de respeto y también de preocupación.
—Oye… ¿qué te ha dicho el Capitán Comandante sobre él? Sobre ese… bokken.
La Bruja suspiró apenas, un suspiro tan contenido como su poder.
—Solo me dijo… —murmuró— que si ese bokken lo eligió… no está seguro de si eso es bueno o malo.
—…
—Pero —añadió la Bruja con voz más baja aún—, dijo que por eso no lo iba a dejar solo.

El viento se colaba entre los patios, frío y cargado del aroma ferroso de la sangre y el ozono del kidō curativo.
Y entre todo, el dragón tallado en la vieja madera parecía observarlos con un ojo cerrado, guardando el secreto de su fuego.

lunes, 21 de julio de 2025

Capítulo 5: Guía mi destino....

El tiempo pasó.

Ya todos eran más grandes en edad, experiencia y en espíritu.

Abbys seguía como teniente del Segundo Escuadrón.
Se decía en voz baja que era la única digna de suceder algún día a Soi Fong.
Que su lealtad y técnica eran impecables.
Aunque la capitana jamás lo decía en público, todos sabían que la valoraba más de lo que dejaba entrever.

La Bruja, mientras tanto, también había ascendido.
No era solo la prodigio en kidō que había impresionado desde la academia: ahora era teniente del Cuarto Escuadrón.
Pero no porque Kiyone hubiera muerto ni desaparecido.

Un día, Kiyone se acercó a ella, la miró sin titubear y puso su mano en su hombro:

—A partir de hoy, ocuparás mi lugar.
—No es necesario —respondió la Bruja con frialdad, sin mover un músculo—. Ya tienes el puesto.
—No. Ya no es mío —replicó Kiyone con seriedad—. Eres mejor que yo. Todos aquí lo saben.
—Eso no importa.
—Sí importa —zanjó Kiyone con dureza—. Lo que importa es que este escuadrón tenga a la mejor en ese puesto. Y eres tú.

La Bruja no dijo nada más.
Solo bajó la mirada.
Y Kiyone se alejó con un suspiro.
Desde entonces, nadie volvió a discutirlo.
Isane respaldó la decisión sin más palabras.
El Cuarto Escuadrón tuvo a la teniente más temida y respetada de su historia.

Y él...
Bueno, algo había cambiado en él también.

El Capitán Comandante sabía que desde aquel día en la bodega, algo había despertado.
Ya no era el mismo.
Era más seguro. Más decidido.

Pero no era solo su carácter.
Su bokken también había cambiado.
Ahora tenía un tono más oscuro, casi quemado.
En su hoja de madera aparecía un dragón tallado con una precisión imposible de explicar.
Y algo más inquietante: aquel viejo bokken cortaba como si fuera una zampakutō verdadera.
El reiryoku que manaba de él no era menor que el de cualquier espada.

Shunsui sabía muy bien de dónde venía ese bokken.
Lo había visto con sus propios ojos, cubierto de polvo durante generaciones, guardado en la bodega como un objeto inerte.
Nadie había logrado nunca despertar su espíritu.
Pero aquel día…
El bokken lo eligió.
O quizá lo reclamó como su dueño.

Pasaron meses de calma relativa hasta que llegó el mensaje:
una misión al mundo humano.

Era inusual.
Los tres escuadrones serían enviados juntos:

  • El Segundo, con Abbys al mando de un escuadrón de reconocimiento y eliminación.

  • El Cuarto, con la Bruja a cargo de sanidad avanzada y apoyo de kidō.

  • Y un equipo mixto del Primero para coordinación.

Cuando Shunsui anunció la lista de refuerzos, él se presentó voluntario.
Fue la primera vez que pidió ir a una misión.
El Capitán Comandante solo levantó una ceja, se acomodo su yokata y dijo con su tono desenfadado:

—¿Estás seguro?
—Sí, Capitán Comandante.
—Bien… —exhaló —. Entonces ve.

Cuando llegaron al mundo humano, se encontraron con algo mucho peor de lo que preveían.
Varias gargantas se abrieron de golpe en el cielo.
De ellas surgieron menos grandes y adjuchas.
Un verdadero enjambre.

El Segundo Escuadrón entró de inmediato en acción.
Abbys gritaba órdenes con voz firme:
—¡Divídanse en células de ataque! ¡Ninguno de estos bastardos regresa vivo!

El Cuarto Escuadrón se desplegaba en formación de curación y apoyo, lanzando hechizos de barrera y kidō ofensivo.
Pero no bastaba.
El cielo se llenaba de bestias blancas.

Fue entonces cuando la Bruja se adelantó, con el rostro imperturbable.
Sacó una pequeña zampakutō y la sostuvo al frente.
Su voz fue un susurro helado:
—Oscila... Pendulum.

El aire se cortó con un chasquido seco.
La hoja se desprendió del mango, extendiéndose en una fina cadena.
Al final, un péndulo de cuarzo brillante oscilaba con un resplandor espectral.
Su presión espiritual creció como una marea.
Incluso los hollows más grandes giraron sus máscaras hacia ella, cautelosos.

En el frente, Abbys no se quedó atrás.
Gritó mientras desenvainaba:
—¡Despedaza, Felina!

Su zampakutō se dividió en dos garras unidas por un mango central, una en cada mano.
El brillo de su reiryoku hizo temblar el suelo.
Los rugidos de los hollows se mezclaron con el estruendo de los choques de acero.

Él, en cambio, estaba paralizado.
Miraba todo, sin saber qué hacer.
Veía a sus amigas luchar con fiereza.
Y se sintió pequeño.
Insignificante.

Hasta que la voz regresó.
Susurró como brasas en su oído:

"Guíame, y yo te guiaré."

Miró a Abbys.
Ella estaba cercada por un hollow que levantaba su enorme brazo para aplastarla.
Le gritó:
—¡Viniste a mirar o a pelear! ¡Esta vez no puedo protegerte!

Y entonces lo vio.
Vio algo más que muerte.
Vio el destino para el que había nacido.
Cerró los ojos y se encontró otra vez en aquel espacio vacío con tres soles titilantes.
Pero ahora distinguía la silueta de una enorme serpiente o dragón.

"Solo si estás listo te diré mi nombre."

"Solo si estás listo para guiar tu destino y el mío."

"Para proteger a quien quieras proteger."

Abrió los ojos.
Y gritó.
Corrió hacia el hollow con su viejo bokken.
Cortó el brazo del monstruo de un solo tajo.

Abbys, atónita, lo miró.
Él no vaciló.
Le lanzó una última mirada:
—Es hora de que yo las proteja.
—...
—Es hora de ser quien debo ser.

Giró el bokken, sujetándolo con ambas manos.
La empuñadura con su izquierda.
La hoja con su derecha.
Y susurró:

Guía mi destino... Hinomaru.

De la vieja madera emergió un destello abrasador.
Sacó una hoja real.
Una zampakutō viva.
En su mano izquierda tenía la espada.
En su derecha, la saya.

Su mirada era distinta.
Serena. Decidida.


Abbys se puso de pie, acomodó su uniforme y no pudo evitar decir, con una pequeña sonrisa:

—¿Quién diría… eres zurdo?

viernes, 18 de julio de 2025

Capítulo 4: El eco del dragón

Años pasaron. Como el viento que erosiona lentamente la piedra, todo cambió sin que apenas se notara.

Abyss ya no era solo una sombra veloz ni la niña con mirada firme que decía querer ser como Soi Fong. Se había convertido en la teniente del Segundo Escuadrón, luego del retiro voluntario de Marechiyo Ōmaeda. Muchos, incluso dentro del propio escuadrón, lo llamaron cobarde por dejar su cargo... pero Soi Fong, en privado, dijo una vez algo que solo Abyss escuchó:

—Un verdadero hombre no teme al enemigo, sino a perder lo que ama. Marechiyo fue más valiente que muchos de mis asesinos silenciosos.

Abyss había ganado ese puesto no solo por su destreza, sino por su capacidad de tomar decisiones sin perder el corazón. Había madurado con la fuerza silenciosa de quienes nunca dejaron de mirar hacia adelante.

“La Bruja”, como aún la llamaban en los pasillos, ya era una leyenda silenciosa dentro del Cuarto Escuadrón. Su dominio del kidō sanador superaba incluso al de la mismísima capitana Isane, y algunos decían —con tono de advertencia más que de alabanza— que su poder iba más allá de la curación.

Se hablaba de técnicas prohibidas. De que su energía espiritual podía reconstruir carne… o desintegrarla. Su presencia era calma, distante. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, su voz parecía traer un silencio antiguo que no pertenecía a este mundo.

Hasta Kiyone, teniente y hermana de Isane, evitaba encontrarse con su mirada demasiado seguido. Algunos juraban que, cuando la "Bruja" pasaba por la sala de recuperación, incluso los moribundos se enderezaban en la camilla… no por respeto, sino por miedo.

Él, en cambio, no se convirtió en prodigio, ni en teniente, ni en leyenda.

Era un miembro del Primer Escuadrón. Callado. Cumplidor. Honesto. Se le asignaban tareas administrativas, organización de pergaminos, entrenamientos de iniciados. No se le enviaba a muchas misiones. Y él no se quejaba.

Solo tenía su bokken. Viejo, gastado… y lo único que pudo rescatar del incendio tras la muerte de su sensei.

Cuando recibió su asauchi, como todo aprendiz, no logró sincronizar con ella. No importaba cuánto la sostuviera, cuánto meditara… no sentía conexión alguna.

—No puedo blandirla —dijo una vez al Capitán Comandante.

Y tras un silencio largo, el solo asintió, sin juicio en su ojo. Él devolvió su asauchi y nunca volvió a solicitar otra.

—Prefiero mi bokken —decía con una tímida sonrisa—. Este sí me escucha.

Un día, mientras limpiaba una antigua bodega del escuadrón —llena de armas oxidadas, bokken astillados y zanpakutō abandonadas por shinigami caídos— se detuvo frente a una sección cubierta de polvo. Empezó a limpiar. Iba colocando cada arma cuidadosamente, como si fuesen reliquias de templos olvidados.

Entre todas, uno llamó su atención.

Era un bokken, casi idéntico al suyo… pero había una diferencia.

        Tenía un dragón tallado en la hoja de madera.

Se acercó, curioso. Lo tomó con ambas manos y, en ese instante, todo cambió.

Sintió como si su alma fuera arrancada de su cuerpo, como si cayera en un abismo silencioso. Cuando abrió los ojos, estaba de pie en un mundo vacío. Solo un cielo sin nubes. Tres soles colgaban del horizonte, fijos como testigos antiguos.

Y entonces escuchó una voz.

No era una voz de afuera, sino de adentro. De más adentro que su propio pensamiento.

“Guía mi destino… y yo guiaré el tuyo.”

Al oír esas palabras, una oleada de calor lo envolvió. Luego, nada.

Despertó de golpe, de rodillas. El bokken… había desaparecido. No estaba en sus manos ni en el suelo.

Miró a su alrededor confundido, jadeando. Y entonces vio al Capitán Comandante, de pie en la puerta de la bodega, observándolo en silencio.

El viejo se cruzó de brazos.

—Ese bokken… ha estado ahí desde la era de Yamamoto. Nunca eligió a nadie. Nunca respondió a un alma.

Hizo una pausa, y su mirada se tornó más intensa.

—Quién diría que tú serías el portador del espíritu. Interesante...

Pero lo que el chico no sabía —lo que nadie supo esa noche— es que cuando regresó a su habitación, el bokken viejo que había guardado como recuerdo de su sensei… había cambiado.

Su madera ahora estaba más oscura.

Y en su hoja, como tallado desde siempre, dormía un dragón…
…el mismo dragón.


miércoles, 16 de julio de 2025

Capítulo 3: Despedidas y destinos

El tiempo pasó casi sin que se dieran cuenta.

Era ya el último periodo en la Academia. Habían madurado, habían crecido. El chico, Abyss y la pequeña que nunca decía su nombre se habían convertido en inseparables.

Se encontraban casi cada día en el patio tras las clases. Allí, sentados en silencio o hablando de sueños imposibles, se habían forjado lazos más firmes que el acero.

Abyss era la más enfocada. Su ambición no era egoísta: quería ser la mejor para proteger, para cumplir su palabra, para demostrar que merecía el respeto de Soi Fong.

—Voy a unirme al Segundo Escuadrón —le confesó una tarde mientras entrenaban—. Ella ya me ofreció un puesto.

Él tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Vaya… Felicitaciones.

Pero ella negó con la cabeza.
—Aún no. Quiero graduarme primero. Terminar esto bien. No quiero ser solo una más. Quiero ser la mejor versión de mí misma antes de irme.

Él sintió una punzada en el pecho, mezcla de admiración y miedo.

—Eres increíble, Abyss.

Ella rio y le empujó el hombro.
—Y tú eres un idiota si no lo ves también en ti.

La pequeña, en cambio, se había transformado mucho. Después de aquel primer “hola” no volvió a hablar mucho, pero tampoco se despegaba de ellos. Terminó pidiéndole al Capitán Comandante integrarse a la Academia “para estar con sus amigos”.

Era prodigiosa en kidō. Todos los instructores se sorprendían con su control, sus sellos complejos, su talento natural. En los pasillos empezaron a llamarla “Bruja”.

No solo por su poder, sino por su origen: los rumores contaban que venía de los rincones más lejanos de la Sociedad de Almas, de zonas tan remotas que parecían cuentos de terror, donde criaturas imposibles habitaban las sombras.

Cuando se enteró del apodo, solo ladeó la cabeza, inexpresiva, pero sus ojos parecían más viejos de lo que debían.

Una vez, mientras el chico y ella estudiaban un pergamino de kidō, él se lo mencionó.

—¿Te molesta que te digan Bruja?

Ella alzó la vista.
—No. He oído cosas peores.

Él tragó saliva.
—¿Sabes? A mí también me ponen apodos.

—¿Sí?

—Sí. “Promedio”. “El que no sirve para nada más que cargar los libros”.

Ella no se rió ni se sorprendió. Solo inclinó la cabeza un poco.
—No eres eso.

Él sintió que el corazón le dolía un poco menos ese día.

Él mismo seguía igual. Ni el mejor ni el peor. Sus notas eran suficientes para graduarse, pero no había brillo en su expediente.

A veces, de madrugada, se despertaba con sudor frío. Recordaba a su sensei. Recordaba su voz. Y juraba no rendirse.

El día de la graduación llegó. El aire estaba cargado de nervios, orgullo y miedo al futuro.

Cuando el instructor leyó los destinos, la voz tembló solo un poco:

—Abyss: Segundo Escuadrón, rango inicial en el grupo de operaciones especiales. Dentro de los diez primeros de la promoción.

Ella solo asintió, seria, pero cuando miró de reojo a sus amigos, se le notó el orgullo.

—“La Bruja”: Cuarto Escuadrón. Por recomendación unánime de sus instructores de kidō.

La pequeña se giró hacia ellos, pestañeó lentamente y… sonrió. Fue casi imperceptible.

Y luego, silencio. El instructor tragó saliva antes de leer el último nombre.

— Y tú... designación especial. Por orden del Capitán Comandante. Destino: Primer Escuadrón.

Se oyó un murmullo. Era inusual. Extraño.

Él sintió que se hundía en el suelo.

Abyss le dio un codazo.
—Te lo dije. No eres solo el chico promedio.

Pero él miraba al suelo. Se preguntaba si era un honor o un acto de piedad.

Cuando se presentó en los cuarteles del Primer Escuadrón, estaba solo. El Capitán Comandante lo recibió sentado tras su mesa, con un té humeante.

—Pensaste que no ibas a encajar en ningún lado, ¿verdad?

Él no contestó. Solo agachó la cabeza.

El Capitán Comandante suspiró.
—Puede que tengas razón. En ninguno salvo este.

El chico alzó la vista, confundido.

—Aquí no necesitamos al más fuerte, ni al más brillante. Necesitamos a quien no se rinde. A quien tenga un motivo.

Él tragó saliva.

—¿Por qué yo? —susurró.

El Comandante ladeó la cabeza, con una pequeña sonrisa que no era ni cruel ni amable. Solo real.

—Porque mereces un hogar. Aunque aún no lo veas.

Y así, sin más ceremonia, el niño de los distritos bajos se convirtió en shinigami de pleno derecho. No el más fuerte. No el más temido. Pero uno que jamás se rendiría.

Porque alguien había creído en él cuando nadie más lo hacía.

lunes, 14 de julio de 2025

Capítulo 2: Sombras y luz en la Academia

Habían pasado ya varios años desde que aquel niño de los distritos bajos cruzó por primera vez las puertas de la Academia Shinigami.

En ese tiempo, Abyss se había convertido en una leyenda silenciosa entre los aprendices. Su destreza con la espada era impecable, su velocidad asombrosa, y su control de técnicas de sigilo y asesinato la convertían en la predilecta de sus instructores. Los murmullos decían que la misma Soi Fong la había observado entrenar y que seguramente pronto la invitaría a unirse al Segundo Escuadrón.

Él, en cambio, permanecía en la sombra. Su kendo era correcto pero sin brillo; en kido apenas lograba superar las marcas mínimas. Cada examen era una lucha consigo mismo. Aun así, nunca se rindió. En las noches más solitarias, sentado bajo la misma loma con su árbol donde entrenaba de niño, escuchaba la voz grave de su difunto maestro:

"El bushidō no es camino para vencedores, es camino para los que no se rinden."

No destacaba, pero estaba allí. Y no pensaba irse.

Una tarde de otoño, los estudiantes se encontraban reunidos en el patio central, comentando rumores y tareas, cuando un murmullo recorrió el aire como un escalofrío.

El Capitán Comandante mismo se acercaba a la academia. Su presencia imponía silencio. A su lado caminaba una pequeña figura, una niña menuda y pálida, con un cabello largo y suelto que parecía nieve bajo el sol. Sus ojos grandes, inmóviles y oscuros, se clavaban en todo y nada a la vez.

El muchacho y Abyss la notaron de inmediato. Él sintió algo extraño al verla, una inquietud profunda en el pecho. La niña se detuvo frente a ellos. Su mirada era tan fija que parecía atravesarlos.

El Capitán Comandante se detuvo también y, con voz pausada, dijo:
—Si quieres, ve a saludarlos.

Ella no se movió enseguida. Fue un silencio eterno de apenas segundos. Luego dio un paso hacia ellos. Se acercó, deteniéndose a poco más de un brazo de distancia. Abrió la boca como para hablar...

Y entonces pasó algo extraño.

Ella se acerca a ellos y se escucha un "hola" con un tono entre miedo y avergonzada.

—¿C-Cómo te llamas? —logró preguntar él, con voz algo temblorosa.

La niña pareció decir su nombre, pero el sonido no llegó a sus oídos. En su lugar, un viento violento se alzó en el patio, sacudiendo la tierra y las ropas. Una presión espiritual aplastante recorrió el lugar, arrancando suspiros y miradas asustadas de otros aprendices. Fue como si un monstruo gigantesco se despertara solo con oír aquel nombre no pronunciado.

El Capitán Comandante le posó la mano en el hombro con calma solemne, y al instante la presión se disipó, como si nunca hubiese existido. La niña solo los miraba, sus ojos grandes, húmedos, insondables.

Él tragó saliva. Abyss apretó los labios, seria.

El Capitán Comandante se volvió hacia ellos y habló con serenidad:
—No sé cuál es su nombre. Nunca me lo dijo. Nadie en el Escuadrón 1 lo sabe. Simplemente un día apareció en nuestras puertas, sola. Desde entonces Nanao y yo la hemos cuidado.

El muchacho intentó balbucear algo, pero se quedó callado. El Capitán Comandante sonrió con esa calidez áspera de hombre que ha visto demasiado.

—Pero parece que hoy encontró nuevos amigos.

El chico sintió un nudo en la garganta. Abyss miró a la niña con ojos curiosos pero gentiles. La pequeña los miraba a ambos sin decir nada más.

Y por primera vez, él sintió algo que no sabía nombrar: un hilo invisible que los unía. Aunque no entendiera su poder, aunque no pudiera pronunciar su nombre, aunque fuera un enigma imposible de resolver.

Mientras volvían al entrenamiento, su bokken pesaba más que nunca en su mano. No por cansancio físico, sino por la certeza de que el destino nunca era tan sencillo como se imaginaba.

viernes, 11 de julio de 2025

Capítulo 1: Los orígenes en la sombra

El aire era denso y frío en los distritos más bajos de la Sociedad de Almas. El sol, apenas una sombra pálida tras los edificios desgastados, apenas lograba colarse entre las grietas de las calles angostas. Allí, en medio de la penumbra, vivía un niño que no sabía aún quién era, pero cuyo destino comenzaba a dibujarse en la fragilidad de sus pasos.

Desde pequeño, su mundo había sido un constante vaivén entre el abandono y el afecto. Su única certeza era Abyss, una joven de mirada firme y espíritu indomable, que desde siempre había velado por él. No eran simplemente amigos; en medio del caos, ella era su ancla, la voz que le decía que podía levantarse aun cuando no tenía fuerzas para hacerlo.

Una tarde, bajo el único árbol que parecía dar refugio en aquel páramo gris, el niño entrenaba con su bokken. El sonido seco de la madera cortando el aire se mezclaba con el susurro del viento. Pero su mente vagaba lejos, perdida en un mar de dudas.

—No puedo seguir así, Abyss —susurró, dejando caer el bokken y frotándose la nuca—. No sé si alguna vez seré lo suficientemente fuerte. No sé si alguna vez podré ser como Soi Fong.

Ella lo observó con severidad, sin una pizca de indulgencia:
—¿Para qué quieres ser fuerte? ¿Para que te respeten? ¿Para que no te hagan daño?

Él tragó saliva, mirando el polvo en el suelo.
—No lo sé... Solo sé que no quiero sentirme vacío. Que hay algo dentro de mí que grita, pero no sé qué es.

—Eso que te falta no es fuerza —respondió Abyss—. Es un propósito. Algo que te haga levantarte cada día, incluso cuando todo está en contra.

El niño recordó entonces al anciano que lo había entrenado, el hombre al que llamaban “El Último Samurai”. Su figura era una mezcla de misterio y solemnidad, un vestigio de un tiempo antiguo, que le había inculcado la disciplina y las formas del bushidō.

—¿Crees que el viejo me habría dejado rendirme? —dijo, apretando el bokken con fuerza—. Él me enseñó que el camino del samurái no es fácil. Que está lleno de sacrificios y dolor. Pero es el único camino que vale la pena.

Abyss asintió, aunque sus ojos mostraban tristeza.
—Pero nunca te dijo por qué peleaba, ¿verdad?

El niño negó con la cabeza.
—No. Y ahora que se ha ido... siento que perdí más que un maestro. Perdí al único que creía en mí.

Esa noche, un fuego cruel consumió su hogar, borrando las huellas de su pasado. Las pertenencias del anciano desaparecieron entre las cenizas, llevándose consigo fragmentos de recuerdos y enseñanzas.

—Quiero ser shinigami —dijo Abyss con voz decidida, tomando la mano del niño—. Quiero ser fuerte, implacable, como Soi Fong. Y quiero que peleemos juntos.

Él la miró, sintiendo la fuerza de su convicción y la fragilidad de su propia incertidumbre.
—Yo... no sé si puedo. No sé si debo.

En ese instante, el silencio fue roto por la llegada de una figura imponente: el Capitán Comandante. Su porte reflejaba años de batallas y responsabilidades, pero también una comprensión profunda de las dudas humanas.

—Tu sensei fue mi amigo —dijo, su voz grave y pausada—. Siempre habló de ti, de lo que podías llegar a ser.

El niño lo miró, incrédulo, sin encontrar palabras.

—¿Dudas de ti mismo? —preguntó el Capitán—. No eres el primero ni serás el último. La incertidumbre es parte del camino.

El niño bajó la mirada, su corazón latiendo con fuerza.

—No sé quién soy... No sé si merezco ser un shinigami.

El Capitán se arrodilló, acercándose para estar a su altura, y habló con la sinceridad de alguien que ha visto muchas sombras y aún así elige la luz:

—Ser shinigami no es solo tener fuerza o poderes. No es ser el más rápido, ni el más fuerte. Es tener un motivo. Un motivo tan fuerte que, aunque todo parezca perdido, te obligue a levantarte. Porque tu lucha vale la pena, no solo para ti, sino para todos los que dependen de ti.

El niño levantó la vista, buscando una chispa de esperanza.

—Tu maestro creyó en un futuro donde tú pudieras ser libre. Creyó en ti, incluso cuando tú mismo no lo hacías.

El Capitán apoyó una mano firme sobre su hombro.

—No dejes que el miedo te paralice. Que la duda te fortalezca. La verdadera fuerza nace cuando decides seguir adelante, aunque no sepas qué hay al final del camino.

El niño respiró hondo, sintiendo que una llama interna comenzaba a encenderse.

—Si decides ser shinigami, hazlo porque quieres. Porque encuentras un propósito que vale la pena.

Abyss apretó su mano, una sonrisa llena de certeza y apoyo.

—No estás solo. Nunca lo estarás.

Y así, en la penumbra de aquel distrito olvidado, con el recuerdo de un maestro y la promesa de una amiga, el niño dio su primer paso hacia un destino incierto, hacia convertirse en un verdadero shinigami.

martes, 8 de julio de 2025

Estas son mis Sombras y Almas: Memorias de un Shinigami

 No sé si lo que voy a contar es verdad.

Quizá sea solo un sueño demasiado vívido,
o un recuerdo que no debería tener.

A veces pienso que mi mente me engaña,
que inventa batallas que nunca sucedieron,
nombres que nadie recuerda,
lugares que no figuran en ningún mapa.

Otras veces... siento que es más real que nada.
Que esas heridas, esas voces, ese poder
siguen quemando dentro de mí,
esperando un momento para despertar.

Hay algo en mí que me susurra
que no debería escribir esto.
Que debería olvidarlo.
Negarlo.
Sellarlo.

Pero no puedo.

Porque lo recuerdo.
Incluso los nombres... algunos son reales,
otros los escuché quién sabe dónde,
o los encontré en historias ajenas.
Y, aun así, todos me saben míos.
No sé dónde termina la fantasía
y dónde empieza la memoria.

Aún hoy, las palabras de mi sensei
siguen resonando en mi mente,
como una bandera de batalla que llevo conmigo.
Es lo único que puedo asegurar que es mío,
y lo que me ha traído vivo hasta aquí.

Pero no puedo negar que el cansancio pesa.
Que este camino, aunque eterno, me agota.

Por eso voy a contarlo.
Tal vez para dejar de cargarlo solo.
Tal vez para no olvidarlo del todo.
O tal vez... para saber si alguien más también lo recuerda.

Sea verdad o imaginación,
memoria o invención,
estas son las palabras que decidí no callar.

Estas son mis Sombras y Almas: Memorias de un Shinigami

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido. Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo a...