viernes, 11 de julio de 2025

Capítulo 1: Los orígenes en la sombra

El aire era denso y frío en los distritos más bajos de la Sociedad de Almas. El sol, apenas una sombra pálida tras los edificios desgastados, apenas lograba colarse entre las grietas de las calles angostas. Allí, en medio de la penumbra, vivía un niño que no sabía aún quién era, pero cuyo destino comenzaba a dibujarse en la fragilidad de sus pasos.

Desde pequeño, su mundo había sido un constante vaivén entre el abandono y el afecto. Su única certeza era Abyss, una joven de mirada firme y espíritu indomable, que desde siempre había velado por él. No eran simplemente amigos; en medio del caos, ella era su ancla, la voz que le decía que podía levantarse aun cuando no tenía fuerzas para hacerlo.

Una tarde, bajo el único árbol que parecía dar refugio en aquel páramo gris, el niño entrenaba con su bokken. El sonido seco de la madera cortando el aire se mezclaba con el susurro del viento. Pero su mente vagaba lejos, perdida en un mar de dudas.

—No puedo seguir así, Abyss —susurró, dejando caer el bokken y frotándose la nuca—. No sé si alguna vez seré lo suficientemente fuerte. No sé si alguna vez podré ser como Soi Fong.

Ella lo observó con severidad, sin una pizca de indulgencia:
—¿Para qué quieres ser fuerte? ¿Para que te respeten? ¿Para que no te hagan daño?

Él tragó saliva, mirando el polvo en el suelo.
—No lo sé... Solo sé que no quiero sentirme vacío. Que hay algo dentro de mí que grita, pero no sé qué es.

—Eso que te falta no es fuerza —respondió Abyss—. Es un propósito. Algo que te haga levantarte cada día, incluso cuando todo está en contra.

El niño recordó entonces al anciano que lo había entrenado, el hombre al que llamaban “El Último Samurai”. Su figura era una mezcla de misterio y solemnidad, un vestigio de un tiempo antiguo, que le había inculcado la disciplina y las formas del bushidō.

—¿Crees que el viejo me habría dejado rendirme? —dijo, apretando el bokken con fuerza—. Él me enseñó que el camino del samurái no es fácil. Que está lleno de sacrificios y dolor. Pero es el único camino que vale la pena.

Abyss asintió, aunque sus ojos mostraban tristeza.
—Pero nunca te dijo por qué peleaba, ¿verdad?

El niño negó con la cabeza.
—No. Y ahora que se ha ido... siento que perdí más que un maestro. Perdí al único que creía en mí.

Esa noche, un fuego cruel consumió su hogar, borrando las huellas de su pasado. Las pertenencias del anciano desaparecieron entre las cenizas, llevándose consigo fragmentos de recuerdos y enseñanzas.

—Quiero ser shinigami —dijo Abyss con voz decidida, tomando la mano del niño—. Quiero ser fuerte, implacable, como Soi Fong. Y quiero que peleemos juntos.

Él la miró, sintiendo la fuerza de su convicción y la fragilidad de su propia incertidumbre.
—Yo... no sé si puedo. No sé si debo.

En ese instante, el silencio fue roto por la llegada de una figura imponente: el Capitán Comandante. Su porte reflejaba años de batallas y responsabilidades, pero también una comprensión profunda de las dudas humanas.

—Tu sensei fue mi amigo —dijo, su voz grave y pausada—. Siempre habló de ti, de lo que podías llegar a ser.

El niño lo miró, incrédulo, sin encontrar palabras.

—¿Dudas de ti mismo? —preguntó el Capitán—. No eres el primero ni serás el último. La incertidumbre es parte del camino.

El niño bajó la mirada, su corazón latiendo con fuerza.

—No sé quién soy... No sé si merezco ser un shinigami.

El Capitán se arrodilló, acercándose para estar a su altura, y habló con la sinceridad de alguien que ha visto muchas sombras y aún así elige la luz:

—Ser shinigami no es solo tener fuerza o poderes. No es ser el más rápido, ni el más fuerte. Es tener un motivo. Un motivo tan fuerte que, aunque todo parezca perdido, te obligue a levantarte. Porque tu lucha vale la pena, no solo para ti, sino para todos los que dependen de ti.

El niño levantó la vista, buscando una chispa de esperanza.

—Tu maestro creyó en un futuro donde tú pudieras ser libre. Creyó en ti, incluso cuando tú mismo no lo hacías.

El Capitán apoyó una mano firme sobre su hombro.

—No dejes que el miedo te paralice. Que la duda te fortalezca. La verdadera fuerza nace cuando decides seguir adelante, aunque no sepas qué hay al final del camino.

El niño respiró hondo, sintiendo que una llama interna comenzaba a encenderse.

—Si decides ser shinigami, hazlo porque quieres. Porque encuentras un propósito que vale la pena.

Abyss apretó su mano, una sonrisa llena de certeza y apoyo.

—No estás solo. Nunca lo estarás.

Y así, en la penumbra de aquel distrito olvidado, con el recuerdo de un maestro y la promesa de una amiga, el niño dio su primer paso hacia un destino incierto, hacia convertirse en un verdadero shinigami.

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