miércoles, 30 de julio de 2025

Capítulo 9: El precio de desenvainar

—¿Esa es la nueva espada?

La pregunta vino desde su izquierda. Uno de los miembros del escuadrón lo miraba de reojo mientras atravesaban el Senkaimon. La luz blanca oscilante del camino dimensional parecía agitarse levemente con cada paso que daban.

Él bajó la mirada a su cintura. Allí estaba Hinomaru, fiel, sereno… pero esta vez no era la única.

Sobre su espalda, apuntando hacia la derecha, envuelta en los restos de los sellos que ya no contenían nada, estaba la otra. La espada maldita.

—Sí… desde que la encontré ese día en el templo, no he podido soltarla.

—¿No puedes o no quieres? —replicó el otro, medio en broma, medio inquieto.

El aire se volvió súbitamente denso dentro del Senkaimon. Los que iban adelante notaron el cambio; se miraron entre sí. Él no respondió de inmediato. Solo apretó los dientes.

—No lo sé —admitió—. Es como si supiera que si la dejo… algo malo pasará. Hinomaru… no está feliz con esto. Y tampoco la capitana. Pero siento que… necesito tenerla cerca. No por poder. Es como si tuviera que protegerla. O protegernos.

Antes de que pudiera seguir hablando, una voz cortó el silencio:

—¡Ya llegamos! ¡Prepárense! ¡Y no mueran!

La compuerta del Senkaimon se abrió, y el frío del mundo humano los golpeó en la cara.

Pero algo estaba mal.

Los primeros pasos los llevaron a un sitio extraño: un parque urbano abandonado, las farolas parpadeaban, y el viento olía a hierro oxidado.

El primer grito vino antes de que pudieran organizarse.

—¡Shinigami caídos!

Ya estaban allí. Cuerpos. Cinco. No. Siete.

Desparramados como muñecos rotos, sus uniformes aún humeaban.

Y junto a ellos, dos figuras oscuras, altas, deformes. Hollows con rostros de máscaras sonriendo, y extremidades que colgaban como guadañas vivas. El reiryoku era sofocante, como si respiraran odio.

Uno de sus compañeros intentó hablar, pero no alcanzó.

Sangre caliente. Un grito ahogado. La vida arrancada en un solo movimiento.

Él se quedó quieto.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente para que el hollow lanzara su brazo-guadaña hacia él. Apenas logró esquivar. Sintió cómo algo se soltaba de su cintura. El golpe rasgó su uniforme y Hinomaru cayó al suelo, girando una vez sobre sí mismo hasta quedar lejos, fuera de alcance.

No tenía otra opción.

Giró su brazo hacia atrás y tomó la espada maldita.

La tela aún colgaba de la empuñadura, pero eso no la detuvo.

La desenvainó.

Un segundo.

Eso fue todo.

Un segundo de silencio absoluto.

Y luego, un estruendo. Como un rugido de mil ecos surgiendo del abismo.

Sus compañeros lo vieron. Pero no era él.

Sus ojos estaban vacíos. Sin miedo. Sin duda.

El hollow lo atacó de nuevo.

Fue un alarido de dolor real. Como si esa espada cortara más allá de la carne espiritual.

El hollow retrocedió, aterrorizado. Tomó el cuerpo del shinigami muerto como escudo.

Mal cálculo.

El corte lo atravesó a ambos. No quedó nada reconocible.

El segundo hollow intentó escapar. No llegó a dar tres pasos.

El filo lo partió en dos. Sin gritos. Sin resistencia.

Cuando todo terminó, el silencio era total.

Él estaba de pie, cubierto de sangre que no era suya, la espada goteando. Su respiración era cortada, entrecortada, pero no por cansancio. Era como si volviera a sí mismo poco a poco.

Los demás no dijeron nada.

Solo lo miraban.

No con respeto.

Con miedo.

Él miró sus propias manos. La espada aún brillaba con un tono oscuro, como brea quemada. El olor aún flotaba en el aire.

Recogió a Hinomaru, que seguía limpio y frío.

—Vuelvan —dijo sin mirar a nadie—. Yo volveré después. Necesito… ver algo.

Y se alejó entre las sombras, con la espalda pesada y la mente llena de preguntas.

¿Qué es esta zampakutō?

¿Y qué parte de mí fue la que mató? 

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