viernes, 25 de julio de 2025

Capítulo 7: Ecos del pasado

Los años habían pasado, y el Seireitei ya no era el mismo.

Soi Fon, la feroz capitana del escuadrón 2, había muerto en batalla. Antes de caer, pronunció sus últimas palabras con el filo de su Bankai aún humeante:

—Si yo caigo… ella es quien debe ser el filo que me suceda.

Y Abbys lo hizo. Se convirtió en la nueva capitana sin ceremonia ni aplausos. Solo un nuevo uniforme, una nueva carga, y una reputación: la Lluvia Roja. Cada vez que desataba a Felina, su zampakutō, el aire se teñía de rojo con la sangre de sus enemigos. Cuando usaba su Bankai, se movía tan rápido que parecía desaparecer entre una tormenta de cortes.

En el escuadrón 4, también hubo cambios.
La Central 46 promovió a Isane a un cargo superior como asesora médica principal del Seireitei. Fue un ascenso inesperado y un honor enorme, aunque implicaba alejarla de sus subordinados más cercanos.

La Bruja, la niña silenciosa que en la academia nunca decía una palabra, recibió la noticia de su ascenso inmediato a capitana del escuadrón 4. No lo pidió ni lo deseaba, se negó dos veces. Pero el Capitán Comandante la miró con esa mezcla de seriedad y compasión que reservaba solo para quienes llevan demasiado peso en los hombros.

—No siempre elegimos cuándo liderar. Pero si alguien tiene el corazón y el poder para hacerlo… eres tú —le dijo sin dudar—. Este puesto ya era tuyo hace tiempo. Solo se demoraron en reconocerlo.

Ella aceptó a regañadientes, con la dignidad de alguien que jamás huye.

Cuando esto ocurrió ya en los pasillos dejaron de llamarla La Bruja, no se sabe si por respeto o miedo, pero se empezó a escuchar otro nombre... "La Maga de Sangre Blanca" no era un apodo que ella aceptara, ni siquiera se atrevían a pronunciarlo en voz alta.

El apodo nació primero entre los pasillos de su propio escuadrón, cuando aun era teniente. Su kidō médico era tan avanzado que algunos decían que rozaba la necromancia. Con un simple gesto de sus manos, heridas letales se cerraban… pero siempre quedaba un resplandor blanquecino en la piel, como si su energía espiritual impregnara al paciente para siempre.

Se contaba que su reiatsu era tan frío y tan denso que podía coagular la sangre al contacto. Otros juraban que cuando lanzaba sus hechizos ofensivos, el aire se llenaba de un resplandor blanco y silencioso… y luego, nada quedaba. Ni gritos. Ni cuerpos completos.

Por otra parte, él también cambió.
El hombre que durante años fue un soldado discreto se volvió más decidido y firme desde el día que Hinomaru despertó en su bokken, ya no era el mismo. Por eso, cuando Rukia Kuchiki, la capitana del 13º escuadrón, solicitó que fuera transferido a su mando, nadie se sorprendió. No era común que un capitán pidiera a un shinigami que no destacaba por rango, pero Rukia lo hizo, y el Capitán Comandante aceptó sin cuestionar.

Por eso lo pidió para su escuadrón.

Rukia tenía un plan.

Quería unirlos.

El atardecer caía sobre el lago del 13º escuadrón. El viento frío movía las aguas con suavidad.

Rukia estaba allí, junto a Abbys y la Maga. El aire estaba cargado de silencios que decían más que las palabras.

Rukia alzó la mirada hacia el cielo.

—Conozco su historia —dijo con calma—. Ustedes tres… crecieron juntos, ¿verdad?

—A la pequeña la conocimos en la academia, pero es como si fuéramos amigos de toda la vida— Dijo Abbys mirando a Rukia mientas sus pies columpiaban.

Rukia respiró hondo.

—Cuídense —pidió con seriedad—. Cuídense como yo aprendí a cuidar a mis amigos. Como ellos lo hicieron conmigo. Aunque eso signifique dar la vida.

Un silencio solemne se extendió. Las dos sintieron el peso de esas palabras.

Rukia dejó escapar una media sonrisa, cargada de una nostalgia muy vieja.

—Algún día —agregó con un leve brillo en los ojos— les contaré la historia de un chico tan loco que casi se enfrentó a todo el Seireitei.

Se detuvo un segundo, y su voz bajó, más suave, más personal:

—Era el sobrino de alguien a quien más admiré cuando era joven.

Miró el lago, el reflejo del cielo incendiado por el sol poniente.

—Los extraño a ambos —murmuró.

Las otras no respondieron con palabras. No hizo falta.
El viento frío se llevó la promesa no dicha de permanecer unidas.

Unos días después, Rukia lo llama a él a su oficina.

—Han habido misteriosas desapariciones en un distrito alejado —explicó con gesto serio—. Quiero que vayas.

Él se quedó en silencio, reconociendo de inmediato el nombre del distrito.

—Yo… sé dónde es —dijo al fin, con la voz más ronca de lo normal.

Rukia lo evaluó con la mirada.

—¿Hay algún problema?

Él negó.

—Déjame ir solo. Es peligroso, pero no quiero arrastrar a nadie más allí.

Rukia lo estudió un largo momento.

—Si no has vuelto antes del anochecer —dijo al fin— mandaré un equipo a buscarte… aunque sea para recuperar tu cadáver.

Él asintió sin replicar.

Cuando llegó al distrito, el aire era pesado, húmedo, oliendo a muerte y brea podrida. Reconocía el terreno, pero algo era distinto. Un templo en ruinas, ennegrecido como carbón.

Entró.

Entre los escombros, vio algo que brillaba apenas: una katana envuelta en telas y con tantos sellos que no podía contarlos. Se sintió irremediablemente atraído, aunque Hinomaru, en su cintura, empezó a temblar.

Al tocarla, todo se desvaneció.

No estaba en su mundo.

El espacio era una negrura infinita, como la noche más antigua. El aire hedía a mil cadáveres pudriéndose. Una silueta se recortaba en esa oscuridad, apenas visible, pero enorme.

Y escuchó su voz:

—¿Quién dominará a quién?

Despertó jadeando.

El equipo de rescate estaba ya junto a él. Sus rostros se tensaron al verlo: estaba pálido como un muerto. Pero en su mano derecha… sostenía esa katana aún envuelta en tela, con los sellos empezando a soltarse, uno a uno.

Hinomaru seguía temblando, como si protestara.

Él no dijo nada.
Solo miró la katana.
Y supo que nada volvería a ser igual.

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