El tiempo pasó casi sin que se dieran cuenta.
Era ya el último periodo en la Academia. Habían madurado, habían crecido. El chico, Abyss y la pequeña que nunca decía su nombre se habían convertido en inseparables.
Se encontraban casi cada día en el patio tras las clases. Allí, sentados en silencio o hablando de sueños imposibles, se habían forjado lazos más firmes que el acero.
Abyss era la más enfocada. Su ambición no era egoísta: quería ser la mejor para proteger, para cumplir su palabra, para demostrar que merecía el respeto de Soi Fong.
—Voy a unirme al Segundo Escuadrón —le confesó una tarde mientras entrenaban—. Ella ya me ofreció un puesto.
Él tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Vaya… Felicitaciones.
Pero ella negó con la cabeza.
—Aún no. Quiero graduarme primero. Terminar esto bien. No quiero ser solo una más. Quiero ser la mejor versión de mí misma antes de irme.
Él sintió una punzada en el pecho, mezcla de admiración y miedo.
—Eres increíble, Abyss.
Ella rio y le empujó el hombro.
—Y tú eres un idiota si no lo ves también en ti.
La pequeña, en cambio, se había transformado mucho. Después de aquel primer “hola” no volvió a hablar mucho, pero tampoco se despegaba de ellos. Terminó pidiéndole al Capitán Comandante integrarse a la Academia “para estar con sus amigos”.
Era prodigiosa en kidō. Todos los instructores se sorprendían con su control, sus sellos complejos, su talento natural. En los pasillos empezaron a llamarla “Bruja”.
No solo por su poder, sino por su origen: los rumores contaban que venía de los rincones más lejanos de la Sociedad de Almas, de zonas tan remotas que parecían cuentos de terror, donde criaturas imposibles habitaban las sombras.
Cuando se enteró del apodo, solo ladeó la cabeza, inexpresiva, pero sus ojos parecían más viejos de lo que debían.
Una vez, mientras el chico y ella estudiaban un pergamino de kidō, él se lo mencionó.
—¿Te molesta que te digan Bruja?
Ella alzó la vista.
—No. He oído cosas peores.
Él tragó saliva.
—¿Sabes? A mí también me ponen apodos.
—¿Sí?
—Sí. “Promedio”. “El que no sirve para nada más que cargar los libros”.
Ella no se rió ni se sorprendió. Solo inclinó la cabeza un poco.
—No eres eso.
Él sintió que el corazón le dolía un poco menos ese día.
Él mismo seguía igual. Ni el mejor ni el peor. Sus notas eran suficientes para graduarse, pero no había brillo en su expediente.
A veces, de madrugada, se despertaba con sudor frío. Recordaba a su sensei. Recordaba su voz. Y juraba no rendirse.
El día de la graduación llegó. El aire estaba cargado de nervios, orgullo y miedo al futuro.
Cuando el instructor leyó los destinos, la voz tembló solo un poco:
—Abyss: Segundo Escuadrón, rango inicial en el grupo de operaciones especiales. Dentro de los diez primeros de la promoción.
Ella solo asintió, seria, pero cuando miró de reojo a sus amigos, se le notó el orgullo.
—“La Bruja”: Cuarto Escuadrón. Por recomendación unánime de sus instructores de kidō.
La pequeña se giró hacia ellos, pestañeó lentamente y… sonrió. Fue casi imperceptible.
Y luego, silencio. El instructor tragó saliva antes de leer el último nombre.
— Y tú... designación especial. Por orden del Capitán Comandante. Destino: Primer Escuadrón.
Se oyó un murmullo. Era inusual. Extraño.
Él sintió que se hundía en el suelo.
Abyss le dio un codazo.
—Te lo dije. No eres solo el chico promedio.
Pero él miraba al suelo. Se preguntaba si era un honor o un acto de piedad.
Cuando se presentó en los cuarteles del Primer Escuadrón, estaba solo. El Capitán Comandante lo recibió sentado tras su mesa, con un té humeante.
—Pensaste que no ibas a encajar en ningún lado, ¿verdad?
Él no contestó. Solo agachó la cabeza.
El Capitán Comandante suspiró.
—Puede que tengas razón. En ninguno salvo este.
El chico alzó la vista, confundido.
—Aquí no necesitamos al más fuerte, ni al más brillante. Necesitamos a quien no se rinde. A quien tenga un motivo.
Él tragó saliva.
—¿Por qué yo? —susurró.
El Comandante ladeó la cabeza, con una pequeña sonrisa que no era ni cruel ni amable. Solo real.
—Porque mereces un hogar. Aunque aún no lo veas.
Y así, sin más ceremonia, el niño de los distritos bajos se convirtió en shinigami de pleno derecho. No el más fuerte. No el más temido. Pero uno que jamás se rendiría.
Porque alguien había creído en él cuando nadie más lo hacía.
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