Habían pasado ya varios años desde que aquel niño de los distritos bajos cruzó por primera vez las puertas de la Academia Shinigami.
En ese tiempo, Abyss se había convertido en una leyenda silenciosa entre los aprendices. Su destreza con la espada era impecable, su velocidad asombrosa, y su control de técnicas de sigilo y asesinato la convertían en la predilecta de sus instructores. Los murmullos decían que la misma Soi Fong la había observado entrenar y que seguramente pronto la invitaría a unirse al Segundo Escuadrón.
Él, en cambio, permanecía en la sombra. Su kendo era correcto pero sin brillo; en kido apenas lograba superar las marcas mínimas. Cada examen era una lucha consigo mismo. Aun así, nunca se rindió. En las noches más solitarias, sentado bajo la misma loma con su árbol donde entrenaba de niño, escuchaba la voz grave de su difunto maestro:
"El bushidō no es camino para vencedores, es camino para los que no se rinden."
No destacaba, pero estaba allí. Y no pensaba irse.
Una tarde de otoño, los estudiantes se encontraban reunidos en el patio central, comentando rumores y tareas, cuando un murmullo recorrió el aire como un escalofrío.
El Capitán Comandante mismo se acercaba a la academia. Su presencia imponía silencio. A su lado caminaba una pequeña figura, una niña menuda y pálida, con un cabello largo y suelto que parecía nieve bajo el sol. Sus ojos grandes, inmóviles y oscuros, se clavaban en todo y nada a la vez.
El muchacho y Abyss la notaron de inmediato. Él sintió algo extraño al verla, una inquietud profunda en el pecho. La niña se detuvo frente a ellos. Su mirada era tan fija que parecía atravesarlos.
El Capitán Comandante se detuvo también y, con voz pausada, dijo:
—Si quieres, ve a saludarlos.
Ella no se movió enseguida. Fue un silencio eterno de apenas segundos. Luego dio un paso hacia ellos. Se acercó, deteniéndose a poco más de un brazo de distancia. Abrió la boca como para hablar...
Y entonces pasó algo extraño.
Ella se acerca a ellos y se escucha un "hola" con un tono entre miedo y avergonzada.
—¿C-Cómo te llamas? —logró preguntar él, con voz algo temblorosa.
La niña pareció decir su nombre, pero el sonido no llegó a sus oídos. En su lugar, un viento violento se alzó en el patio, sacudiendo la tierra y las ropas. Una presión espiritual aplastante recorrió el lugar, arrancando suspiros y miradas asustadas de otros aprendices. Fue como si un monstruo gigantesco se despertara solo con oír aquel nombre no pronunciado.
El Capitán Comandante le posó la mano en el hombro con calma solemne, y al instante la presión se disipó, como si nunca hubiese existido. La niña solo los miraba, sus ojos grandes, húmedos, insondables.
Él tragó saliva. Abyss apretó los labios, seria.
El Capitán Comandante se volvió hacia ellos y habló con serenidad:
—No sé cuál es su nombre. Nunca me lo dijo. Nadie en el Escuadrón 1 lo sabe. Simplemente un día apareció en nuestras puertas, sola. Desde entonces Nanao y yo la hemos cuidado.
El muchacho intentó balbucear algo, pero se quedó callado. El Capitán Comandante sonrió con esa calidez áspera de hombre que ha visto demasiado.
—Pero parece que hoy encontró nuevos amigos.
El chico sintió un nudo en la garganta. Abyss miró a la niña con ojos curiosos pero gentiles. La pequeña los miraba a ambos sin decir nada más.
Y por primera vez, él sintió algo que no sabía nombrar: un hilo invisible que los unía. Aunque no entendiera su poder, aunque no pudiera pronunciar su nombre, aunque fuera un enigma imposible de resolver.
Mientras volvían al entrenamiento, su bokken pesaba más que nunca en su mano. No por cansancio físico, sino por la certeza de que el destino nunca era tan sencillo como se imaginaba.
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