miércoles, 23 de julio de 2025

Capítulo 6: El precio de un nuevo filo

Volvieron del mundo humano bajo un cielo plomizo que parecía llorar por los caídos.

El senkaimon se abrió con un destello frío en la plaza de llegada.
Los heridos eran llevados en camillas improvisadas; algunos sangraban, otros estaban inconscientes.
Pero todos respiraban.
No habían tenido tantas bajas como se temió cuando vieron abrirse aquellas gargantas.

Él bajó último, con el bokken colgando de su cintura como si siempre hubiera sido una zampakutō.
Pero todos notaron algo más:
ya no era el mismo.
Su andar no pedía protección.
Su mirada no rogaba clemencia.
Era la de alguien dispuesto a matar por proteger.

Abbys se cruzó de brazos al verlo acercarse, ensangrentado pero erguido.
Tenía media sonrisa torcida, el ceño orgulloso.
—Mírate nada más. —Le lanzó con ironía—. Ya estás grande, eh.
Él se encogió de hombros con un resoplido, como restándole importancia.
Pero no la tenía.
No para ellos.

La Bruja, como todos la llamaban en susurros, se acercó en silencio.
Su largo cabello ondeaba con el viento húmedo, sus ojos eran dos espejos fríos.
Asintió apenas, con esa solemnidad que no admitía réplicas:
—Felicidades.
Luego, sin más, se giró y empezó a dar órdenes:
—Escuadrón 4, formen filas. Revisen cada herido. No quiero pérdidas por descuido. Preparen camillas. Kidō de estabilización ya.

Abbys la vio irse, chasqueando la lengua con un brillo divertido en la mirada.
Aprovechó para acercarse aún más a él, con esa confianza nacida de la infancia.
De pronto lo envolvió en un abrazo tan fuerte como breve.
—Quién diría… —susurró contra su oído—. Ese viejo bokken era tan fuerte.
Él se quedó quieto. Bajó la mirada hacia la saya.
Su mano temblaba un poco.
—Ese es el problema… —murmuró apenas audible—. No sé si lo es. No sé si…
Pero no logró terminar.

Una voz grave y algo divertida se dejó oír entre el barullo:
—¡Oye!
Shunsui Kyōraku estaba ahí, su silueta recortada contra el atardecer.
Abanico en mano, sonrisa en los labios, kimono floreado manchado de sangre de batalla ajena.
Caminaba con su andar pausado, como si no existiera la prisa ni el miedo.
—Nanao ya me informó de tu shikai. —Su voz arrastraba una cadencia casi musical—. Felicidades.
Él trató de saludar, rígido como en la academia, pero Shunsui alzó el abanico para frenarlo.
Sacó algo del kimono.
—Toma.

Era un taiyaki envuelto en un pañuelo viejo pero limpio.
Él parpadeó, confundido.
—¿Taiyaki…?
—Un amigo me dio uno hace mucho tiempo. —Shunsui entrecerró su ojo, nostálgico—. En un día muy, muy feo. Creo que hoy te lo ganaste.
Dudó un instante.
Luego mordió.
Se detuvo en seco al saborear el contenido, frunciendo el ceño.
—…Esto tiene alcohol.
Shunsui abrió el abanico y se cubrió la sonrisa.
—¿Sí? ¿Y?
—…
—Anda. Ven. Te ganaste un día libre. —Le pasó un brazo por los hombros con la familiaridad de un padre viejo y algo cansado.
Él no opuso resistencia.

Abbys y la Bruja los observaron alejarse.
El viento helado removía sus uniformes manchados de polvo y sangre.
Las voces del Escuadrón 4 hacían un coro de urgencias y kidō luminosos, pero para ellas, todo se volvía un murmullo distante.

Abbys se quedó con los brazos colgando, suspiró profundo.
—Mira tú… —dijo, la voz algo quebrada—. El Capitán Comandante se lo lleva como si fuera su propio hijo.
La Bruja no dijo nada de inmediato.
Solo entrecerró los ojos, siguiendo con la mirada al viejo Shunsui que se alejaba con el brazo sobre su hombro.

Abbys tragó saliva.
Giró apenas el rostro hacia su amiga, bajando la voz, cargada de respeto y también de preocupación.
—Oye… ¿qué te ha dicho el Capitán Comandante sobre él? Sobre ese… bokken.
La Bruja suspiró apenas, un suspiro tan contenido como su poder.
—Solo me dijo… —murmuró— que si ese bokken lo eligió… no está seguro de si eso es bueno o malo.
—…
—Pero —añadió la Bruja con voz más baja aún—, dijo que por eso no lo iba a dejar solo.

El viento se colaba entre los patios, frío y cargado del aroma ferroso de la sangre y el ozono del kidō curativo.
Y entre todo, el dragón tallado en la vieja madera parecía observarlos con un ojo cerrado, guardando el secreto de su fuego.

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