La tienda de Urahara vibraba con la energía acumulada. Frente al grupo, la garganta se abría poco a poco, expandiéndose como un túnel blanco que parecía tragarse la luz de la sala.
Urahara ajustó su sombrero y habló con tono ligero, aunque su mirada denotaba tensión:
—La garganta debería llevarlos aproximadamente al sector donde se encuentra el grupo de avanzada.
Ichigo, con los brazos cruzados, lo miró con severidad.
—¿Cómo que “aproximadamente”?
Urahara se encogió de hombros, ocultando media sonrisa tras el abanico.
—El Hueco Mundo está… inestable. Mis lecturas no son precisas. No solo los hollows han cambiado: incluso el espacio mismo allí parece alterado.
Ichigo resopló, apretando los puños. Por un momento, miró a cada uno de los presentes: Rukia, Renji, Chad, Uryū, Orihime, Ichika, Kazui… hasta el hijo de Ishida que se mantenía junto a su madre a la distancia.
Entonces, con una media sonrisa cargada de determinación, pronunció una sola frase:
—Como los viejos tiempos.
El grupo cruzó el umbral.
Avanzar por ese túnel dimensional era siempre una experiencia perturbadora: oscuridad infinita alrededor, plataformas de reishi bajo los pies y esa sensación de que, si alguien titubeaba, podía perderse para siempre.
Los padres avanzaban con experiencia, pero ahora no solo eran guerreros: eran padres y mentores.
Renji caminaba al frente, observando de reojo a Ichika.
—No sé si hice bien trayéndola —murmuró a Rukia.
Ella lo miró, con el rostro serio.
—Si no la hubiésemos dejado venir, habría encontrado otra forma de seguirnos. Es hija de Abarai Renji, ¿recuerdas? —añadió con un brillo orgulloso en los ojos.
Orihime observaba a Kazui, que avanzaba junto a Ichika con paso firme. Sus manos temblaban levemente, deseando protegerlo, pero al mismo tiempo entendiendo que debía dejarlo ser.
Ichigo no decía nada. Caminaba unos pasos por delante, como si cargar con esa decisión fuese un peso que prefería llevar en silencio.
La luz del Hueco Mundo los envolvió de golpe cuando salieron. El cielo perpetuamente oscuro, las dunas infinitas y la opresión espiritual los recibieron como un rugido invisible.
No alcanzaron a avanzar demasiado cuando un grupo de hollows surgió desde la arena.
Pero no eran hollows comunes. Sus máscaras parecían incompletas, sus cuerpos distorsionados, como si estuvieran a medio camino entre varias formas. Y, lo más perturbador, sus ojos no eran vacíos… sino conscientes.
Ichika retrocedió un paso al verlos, el corazón latiéndole a mil.
Uno de los hollows, de torso delgado y brazos alargados, habló con una voz ronca pero clara:
—La unión de los mundos… es inevitable. El eclipse marcará el comienzo.
Ichika abrió los ojos de par en par.
—¡Eso mismo escuché en Karakura! —exclamó, mirando a los demás—. Es lo que le conté a Tala… ¡ella me dijo que hablan sobre una profecía!
El hollow giró la cabeza hacia ella, como si reconociera su voz.
—Los herederos… serán testigos.
Renji se puso de inmediato frente a Ichika, desenvainando Zabimaru.
—¡No te acerques a ella!
El aire se llenó de tensión.
Ichigo no esperó más. Tomo su zampakuto y se lanzó hacia el primer hollow. A su lado, Chad activo "El brazo derecho del Gigante" y "El brazo izquierdo del Diablo", Orihime invocó su escudo y Uryū tensó su arco Quincy.
Por un instante, el tiempo pareció retroceder años atrás. El viejo equipo luchaba nuevamente, hombro con hombro, contra lo desconocido.
Chad derribó de un golpe a un hollow que intentaba abalanzarse desde un costado. Orihime protegía las aberturas, bloqueando ataques con sus barreras de luz. Uryū disparaba ráfagas de flechas, precisas como siempre, atravesando a los enemigos antes de que pudieran moverse.
E Ichigo, con el filo de Zangetsu brillando en el aire, cortaba el frente con la misma furia indomable que en sus días de juventud.
Kazui e Ichika observaban la escena con los ojos muy abiertos.
No era un cuento, ni una leyenda. Era lo que significaba luchar de verdad. Era lo que habían heredado.
Ichika apretó el mango de su zanpakutō, sintiendo en el pecho tanto miedo como determinación. Kazui, en silencio, entendía ahora por qué su padre siempre hablaba de luchar “con todo”.
El eco del viejo equipo resonaba en el Hueco Mundo, pero ya no eran los únicos que cargarían con ese deber.
La nueva generación estaba presenciando la batalla que definiría el futuro… y pronto sería su turno de blandir sus zampakuto.
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