miércoles, 5 de noviembre de 2025

Capítulo 51: Camino a la marea

El grupo quedó enfilado tras la reacción en la arena. Los heridos habían sido atendidos por la Maga e Orihime; los que podían seguir, lo hicieron. La calma era tensa, como la calma antes del mar embravecido. Nell señaló una dirección con el brazo, la voz grave entre la arena:

—Allí está el fuerte de Harribel. Si la estructura madre está aquí, es en esa zona donde más probables son los nodos de conexión.

Abyss asintió y lanzó una orden corta: todos en formación. El capitán del 11.º colocó a sus filas con rapidez; su presencia imponía un ritmo que los demás seguían sin rechistar. Grimmjow y Nell avanzaron al frente como exploradores, seguidos por Ichigo, Uryū, Renji, Rukia, Orihime, Chad, Kazui, Ichika, Abyss, La Maga y el resto del contingente.

Mientras caminaban por la llanura polvorienta, Rukia se acercó a Ichika, que iba fría, aún con la tensión de la batalla pegada al pecho.

—¿Qué pasó hace un momento con Kazui? —preguntó Rukia con calma, mirando discretamente a la chica.

Ichika sintió cómo le subía el calor y se tornó roja como un tomate. Tartamudeó una excusa torpe:

—N-no es nada, mamá. Fue... nada.

Justo entonces, Renji apareció corriendo de la nada, como si lo hubiera llamado el viento,  con la sonrisa burlona, la señaló con el dedo.

—¿Qué pasa aquí? ¿Qué no me cuentan? ¿Qué ocurre con el hijo de Ichigo?

La cara de Ichika se contraía en una mezcla de irritación y vergüenza. Kazui trató de mirar al frente con naturalidad, pero su rubor no pasaba inadvertido.

Ichigo, que venía justo detrás con la respiración fuerte por la persecución del desierto, clavó los ojos en él.

—¿Por qué te miraba así Ichika? ¿Qué hiciste ahora? —preguntó Ichigo con esa mezcla de autoridad y cachondeo paternal.

Orihime, sonriendo y un tanto maternal, intervino antes de que la cosa subiera de tono:

—No es asunto nuestro. Es algo que ellos dos deben resolver.

Ichigo alzó una ceja, enarcando la voz con patente preocupación.

—Si es algo serio, me lo dices y yo lo arreglo.

—Ya no es un niño —respondió Orihime con firmeza, refiriéndose a Kazui—. Debe aprender por sí mismo a comportarse. Si no, Rukia y yo le enseñaremos.

El silencio que siguió a la frase fue ligero y cómico. Ichigo sintió, por primera vez en mucho tiempo, un frío de verdad: no por la guerra, sino por el hecho de que su hijo ya no era tan solo el niño que él recordaba. Rodó los ojos y murmuró algo entre dientes, pero no pudo evitar sonreír.

La formación avanzó con esos sobresaltos domésticos como ruido de fondo. En la delantera, los tres capitanes se reagruparon para discutir la estrategia. Sus voces eran bajas y tensas.

—Si lo que paso en Karakura y aquí está conectado —dijo Abyss—, no se trata solo de un brote aislado. Es un patrón.

La Maga, con su voz mesurada, añadió:

—Los hollows que vimos no se comportan como hollows. Se han convertido en alguna cosa nueva que consume y reconstituye. Si podemos cortar la raíz en varios puntos, quizá evitemos que el proceso se extienda.

El capitán del 11° escuadrón, serio, asintió.

—Necesitamos a Harribel. Si su castillo es el centro, su visión del Hueco Mundo nos dará una pista. Pero si esto ya ha avanzado, puede que no llegue a tiempo.

Nell, que caminaba a su lado, los miró con gravedad. Recordó entonces algo de las leyendas que había compartido con su propio pueblo, y habló con voz justa, sin dramatismo, pero con peso:

—Cuando peleamos en la guerra contra Yhwach, oímos de la antigua división de los tres mundos. Las historias dicen que, en los albores, todo era uno: humanos, hollows, espíritus. El Rey Espiritual separó aquello para preservar la armonía. Su espada estabilizó el equilibrio, y de esa división nacieron los reinos que conocemos.

Silencio. Las palabras calaron hondo.

—Eso existió por una razón —continuó Nell—. Si alguien o algo quiere volver a unirlos, las consecuencias serían... incalculables. No se trata solo de guerras territoriales: se trata de la mismísima línea entre la vida y la muerte.

La Maga tragó saliva y añadió:

—El Rey Espiritual es la razón por la que no sentimos a diario el peso del mundo en nuestros hombros. Si esa barrera se rompe, todo lo que llamamos orden colapsará.

Rukia apretó los labios, mirando al horizonte donde la silueta del fuerte de Harribel empezaba a recortarse.

—Si hay un plan para hablar con Harribel, debemos hacerlo cuanto antes; pero no como visitantes. Iremos con respuestas y, si es necesario, con fuerza.

El capitán clavó la mirada en Nell y dijo con voz baja:

—Nosotros llegaremos a la fortaleza. Esperemos que Harribel aun siga en pie, sino la tomamos a quien este ahí en ese momento. Este mundo no va a caer por inacción.

Nell lo miró con cierta melancolía y luego asintió. No era la primera vez que veían enemigos convertirse en aliados por la necesidad. No era la primera vez que la supervivencia dictaba extrañas alianzas.

El grupo aceleró el paso. En la marcha, entre planes y risas nerviosas, la brisa del Hueco Mundo traía un eco antiguo: un rumor del eclipse que nadie quería oír en voz alta, pero que nadie ya podía ignorar.

Mientras avanzaban, Ichika lanzó una última mirada a Kazui. No era una mirada de miedo, sino de decisión. Aquella conversación pendiente, prometida entre dientes, se acercaba.

En el aire, sobre la llanura de arenas, algo más profundo que la batalla empezaba a despertar: la certeza de que el tiempo para vacilar se acababa. Y una pregunta latente, entre los pasos de todos, resonaba como un latigazo: ¿quién iba a liderar la defensa cuando los tres mundos dejasen de estar separados?

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