martes, 21 de octubre de 2025

Capítulo 46: El rugido contenido

 El 11º escuadrón estaba más silencioso que nunca. Las risas y los gritos de batalla que normalmente llenaban el patio habían desaparecido, sustituidos por el eco lejano de pasos y órdenes secas. La ausencia del capitán se sentía como un hueco que ni cien hombres podían llenar.

Tala Kuchiki, aún con los informes bajo el brazo, recorría los pasillos revisando las rondas de guardia. Sus pasos eran firmes, pero dentro de ella el zumbido de la duda todavía no la dejaba en paz.

Fue entonces cuando una voz fresca, casi descarada, rompió el ambiente:

—Así que es cierto…

Tala se giró con brusquedad. En la entrada del pasillo, con el uniforme desordenado y el cabello recogido de forma descuidada, estaba Ichika Abarai.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Tala, sorprendida.

Ichika sonrió con nerviosismo.
—Tenía que verlo con mis propios ojos. Todos en la familia hablan que ahora eres la teniente del 11º… pero no me lo creía.

Tala frunció el ceño.
—Estoy ocupada... ¿Qué quieres?.

Ichika se acercó, bajando la voz.
—No estoy aquí para pelear. Quería contarte lo que nos paso Karakura.

Tala la miró con atención, y la joven no esperó permiso para continuar.
—Un hollow extraño apareció. No era como los demás… su marcara casi no parecía hollow. Pero habló, Tala. Habló como un humano. Dijo que “los mundos deben unirse” y que “el eclipse se acerca”. Kazui y yo lo escuchamos.

Las manos de Tala se crisparon sobre los informes.
—…Lo sé. Ya recibimos parte del reporte de Urahara.

—No entiendes. —Ichika dio un paso más cerca, con una mezcla de miedo y emoción en los ojos—. No eran solo palabras. Su reatsu era… raro, como si no fuera de ningún mundo. Y Urahara piensa que pueden haber más.

El silencio cayó entre ellas. Tala podía sentir la seriedad en el rostro de la hija de Renji.

—¿Y cuál es el plan? —preguntó al fin.

Ichika tragó saliva.
—Investigar. Saber qué son de verdad esos hollows. Kazui y yo pensamos que si aparecen más, no podemos quedarnos de brazos cruzados.

Tala cerró los ojos un instante. Dentro de ella, algo se agitaba con fuerza. La imagen de su capitán cruzando hacia Hueco Mundo, la de Abyss desapareciendo en la garganta a su lado, y la de La Maga caminando tras ellos con esa calma temible. Todos allí, enfrentándose a algo desconocido.

Y ella… ella se había quedado atrás.

Un peso invisible le presionó el pecho.

—Ichika… —dijo al fin, con un tono bajo pero cargado de filo—. ¿Entiendes lo que dices? ¿Entiendes lo que puede significar enfrentarse a algo que ni siquiera reconocemos?

Ichika alzó la barbilla.
—Lo entiendo más de lo que crees.

Los ojos de Tala brillaron con una intensidad repentina, como si en su interior se encendiera un fuego oculto. La preocupación que llevaba acumulando se transformaba en una sensación peligrosa: la certeza de que tal vez su capitán y su maestra no volverían.

Y si eso pasaba… todo recaería sobre ella.

Respiró hondo, intentando controlar el rugido contenido en su pecho.

—Escucha, Ichika. Si de verdad vas a seguir ese camino… no lo hagas como una niña buscando aventuras. Hazlo como un soldado preparado para morir.

Ichika guardó silencio, sorprendida por el peso de esas palabras.

Tala la miró de frente, y por primera vez, Ichika vio en ella no solo era la pequeña de la Familia Kuchiki, sino a alguien que cargaba el peso de todo un escuadrón sobre sus hombros.

En ese momento, el “Pequeño Tigre Blanco” ya no parecía tan pequeño.

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