El 11º escuadrón estaba en silencio.
Los pasillos parecían más anchos que nunca, vacíos, como si la ausencia del capitán y la mayor parte de las filas hubiera dejado un hueco imposible de llenar.
En la oficina principal, Tala Kuchiki permanecía de pie, los brazos cruzados, con el ceño fruncido. Había pasado horas revisando informes de patrullas, mapas de los sectores exteriores y las órdenes de Shunsui. No importaba cuánto los leyera: lo único que sentía era el zumbido constante en su pecho, esa mezcla de orgullo y miedo que se negaba a apagarse.
De pronto, escuchó voces detrás de ella.
—Tienes cara de que vas a romper los papeles con la mirada —bromeó Yumichika, entrando con su típica elegancia.
Ikkaku lo siguió, con una mueca relajada.
Tala los miró de golpe, irritada.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó, tajante—. Ustedes deberían estar en Hueco Mundo, luchando junto al capitán.
Ikkaku sonrió de lado.
—¿Y perderme la oportunidad de ver cómo la noble Kuchiki se las arregla para gritarle a un escuadrón entero? Ni loco.
Tala apretó los dientes.
—¡No es un chiste! —dio un golpe a la mesa—. ¡Ustedes tambien son sus hombres de confianza! ¡El capitán puede morir allá, y ustedes… ustedes se quedan aquí como si nada!
Su voz tembló al final. Yumichika, por primera vez, dejó de sonreír.
—Tala…Teniente Kuchiki... —habló con calma—. No nos quedamos “como si nada”. Nos quedamos porque alguien tenía que hacerlo.
Ikkaku se cruzó de brazos, serio ahora.
—Mira, mocosa… nuestro deber no es solo seguir al capitán. Si algo pasa aquí en la Sociedad de Almas o en el mundo humano, ¿quién responde? ¿Quién levanta la espada si vienen por nuestras cabezas mientras todos están en Hueco Mundo?
Tala bajó la mirada, pero su voz aún ardía.
—Eso no cambia que el capitán los necesite allá.
Yumichika suspiró.
—Eres terca… igual que él.
Ikkaku dio un paso al frente y la miró directo a los ojos.
—¿De verdad no lo entiendes? El capitán no te dejó aquí por miedo a que te pase algo. No te estaba “protegiendo”.
Tala lo observó, confundida.
Ikkaku continuó:
—Te dejó aquí porque confía en ti. Porque sabe que, si él no vuelve… serás tú quien levante este escuadrón.
El silencio cayó como una piedra.
Tala sintió cómo se le helaba el estómago.
—…Eso no puede ser… —susurró, negando con la cabeza—. No soy tan fuerte como él…
—Nadie lo es —respondió Ikkaku, sin dudar—. Pero la fuerza no siempre es cortar más profundo. A veces es cargar con lo que nadie más quiere llevar. Y en este escuadrón… ese alguien eres tú.
—Nuestro anterior capitán era al alguien terco, pero su fuerza en batalla era sorprendente, te hacia luchar junto a él, no porque te lo mandase, sino porque queríamos y tu nos haces acordar a su teniente... pequeña pero muy explosiva...—Hablaba Ikkaku, dándole la espalda.
Tala cerró los ojos un instante. En su mente, imágenes cruzadas: su capitán avanzando hacia Hueco Mundo, la sonrisa confiada de Ikkaku, la tranquilidad fría de Yumichika. Y detrás de todo eso, el rugido del 11º escuadrón, esa fuerza bruta que siempre había parecido indomable.
Respiró hondo y abrió los ojos.
—…Entonces no tengo derecho a flaquear.
Yumichika sonrió, casi orgulloso.
—Esa es la voz que necesitábamos escuchar.
Ikkaku golpeó su hombro con fuerza, haciéndola tambalearse un poco.
—Eso es, Pequeño Tigre Blanco. Si caemos, caemos peleando. Y si el capitán no vuelve… será porque nos dejó a alguien capaz de mantener vivo este escuadrón.
Tala se giró hacia la ventana, mirando la Sociedad de Almas iluminada por las linternas nocturnas.
El miedo seguía ahí, pero ahora ardía mezclado con una certeza distinta: no estaba sola, y tampoco era una simple sombra del 11º.
Era su espada, su peso y, si llegaba el día, su voz.
—Escuchen bien —dijo, con la calma de un filo desenvainado—. Si algo pasa aquí, seremos nosotros los primeros en responder. No habrá retroceso. No habrá duda.
Ikkaku y Yumichika se miraron entre sí, y asintieron.
Por primera vez, Tala Kuchiki sintió el verdadero peso de su apellido, de su rango y de su escuadrón… y lo aceptó.
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