El silencio era opresivo. Cada grano de arena bajo sus pies parecía vibrar como un latido.
Nelliel estrechó los ojos.
—Esto… no existía antes. Hueco Mundo nunca tuvo torres como esas.
Grimmjow gruñó, con las manos en los bolsillos.
—Lo sé. Y me pone los pelos de punta.
De entre las dunas surgieron hollows deformes. Sus máscaras estaban agrietadas, con líneas negras recorriendo sus cuerpos como venas. Al moverse, emitían sonidos guturales, chirridos extraños.
Uno se adelantó.
Cuando abrió la boca, no fue un rugido lo que salió, sino palabras claras:
—El eclipse… se acerca.
Los shinigamis se helaron.
Abyss, con los ojos muy abiertos, susurró:
—No… puede ser. Un hollow de bajo rango… hablando.
El 11º escuadrón embistió con violencia. Espadas contra carne, gritos y arena volando.
Abyss desapareció entre sombras, apareciendo tras los enemigos y cortando gargantas sin esfuerzo.
La Maga levantó una barrera de kido, protegiendo al escuadrón médico de un aluvión de energía oscura.
Nelliel cargó en su forma de centauro, atravesando a dos criaturas a la vez.
Grimmjow lanzó un zarpazo cargado de reiatsu, volando un grupo entero.
Pero incluso al caer, los mutados no se desintegraban.
Los cuerpos explotaron en fragmentos negros, que se esparcieron como insectos y se hundieron en la arena. La misma tierra los absorbió, palpitando como si estuviera alimentándose.
La Maga apretó los dientes.
—El Hueco Mundo está vivo. Está… devorando sus restos.
Nelliel palideció.
—Harribel… ella está resistiendo en una fortaleza al norte. Si no llegamos pronto…
Un rugido sacudió el aire.
El suelo tembló.
En el horizonte, un enjambre de Gillians avanzaba. No caóticos, no torpes. Marchaban al unísono, como soldados siguiendo una orden común. Sus ojos brillaban con un resplandor rojo idéntico al de las torres.
El desierto se llenó de ecos de pasos gigantes.
Abyss susurró:
—Esto… ya no es Hueco Mundo. Es un campo de incubación.
Mientras tanto, ya de vuelta en Karakura, Urahara analizaba los datos junto a Orihime e Ichigo. Un sonido interrumpió el silencio: la puerta de la clínica se abrió.
Dos figuras entraron en la penumbra.
Una voz profunda, conocida, habló primero:
—Llegamos tarde, ¿verdad?
La otra, más serena y analítica, añadió:
—Entonces es cierto… el mundo está cambiando otra vez.
Las sombras revelaron parcialmente sus siluetas: Chad y Uryū habían regresado.
La guerra ya no era cuestión de hollows.
Era algo mayor.
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