—P…protección… destrucción… equilibrio…
Ichigo y Renji frenaron en seco al escuchar aquellas palabras. Incluso ellos, con toda su experiencia, abrieron los ojos con incredulidad.
—Un hollow… ¿hablando así? —murmuró Renji, tensando la mandíbula.
—Y no es de alto nivel… —Ichigo apretó su zanpakutō—. Esto no es normal.
Kazui e Ichika estaban en posición de combate, pero el tono en la voz del hollow los desestabilizó. Kazui tragó saliva.
—Eso… eso no debería ser posible.
El hollow volvió a hablar, su voz quebrada y antinatural:
—El eclipse… se acerca. Los mundos… volverán a ser uno…
Rukia y Orihime llegaron en ese instante, justo a tiempo para escuchar. Rukia sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Las palabras eran casi idénticas a la advertencia que había escuchado en el Seireitei.
El hollow rugió y, sin más aviso, se abalanzó hacia los jóvenes. Ichigo y Renji saltaron al frente, interponiéndose, bloqueando el ataque con un choque que sacudió la calle entera.
Kazui apretó los dientes.
—¡No necesito que me protejas!
Ichigo lo miró de reojo.
—Entonces demuestra que eres un Shinigami… pero no olvides que aún eres mi hijo.
Ichika, con la respiración agitada, replicó:
—¡Lo mismo digo! No me quedaré atrás.
Los adultos sabían que aquello se estaba saliendo de control. Pero antes de que pudieran decidir si retirarlos, el hollow liberó un estallido de reiatsu oscuro que los separó a todos en distintas direcciones.
Mientras tanto, en el Seireitei, el capitán del 11º escuadrón permanecía sentado en silencio en el patio de su división. A su alrededor, sus hombres cuchicheaban, preocupados por la tensión creciente en el Seireitei y los rumores de hollows “inteligentes” en el mundo humano.
El capitán cerró los ojos y descendió hacia su mundo interior.
Allí lo esperaba el mismo paisaje de siempre: un horizonte ardiente, tres soles brillando en el firmamento y, bajo ellos, la silueta majestuosa de un dragón escarlata: Hinomaru.
—Has venido con preguntas otra vez… —rugió la bestia, sus ojos como brasas.
El shinigami caminó hasta quedar frente a él.
—Desde Karakura están llegando reportes… apareció un hollow que habló. Y no fue un balbuceo… habló de un eclipse, del equilibrio de los mundos. Tú conoces algo sobre eso, ¿verdad?
Hinomaru ladeó la cabeza, su cuerpo reptando alrededor como una serpiente en espiral.
—No. Esas palabras no significan nada para mí. Eclipse, profecías… no son recuerdos que posea.
El capitán frunció el ceño.
—¿Cómo puede ser que no sepas nada? Tú y Manzachiri me lo dijeron una vez. ¿De verdad no hay nada?
El dragón soltó un gruñido grave, casi triste.
—Lo único que sé… es que Manzachiri y yo compartimos un lazo. No sé si es destino o condena. Lo que sientas hacia él, lo siento yo. No somos rivales, pero tampoco somos aliados completos. Somos reflejos… y a veces, los reflejos muestran lo que no quieres ver.
El capitán guardó silencio. Ese enigma no hacía más que alimentar su inquietud.
—Entonces… ¿soy yo quien debe descubrir la verdad?
Los tres soles ardieron con mayor intensidad, bañando al dragón en luz.
—Sí. Tú decides si ese vínculo será fuerza… o ruina.
El capitán abrió los ojos, de vuelta en el Seireitei. A lo lejos, pudo sentir una vibración extraña en el aire: no era su imaginación, era el eco de lo que ocurría en el mundo humano.
Se puso de pie, ajustando su haori, con una sonrisa torcida.
—Entonces… el juego ya comenzó.
Sus hombres lo miraron, tensos, mientras él alzaba la vista al cielo.
En Karakura, el hollow se estremecía bajo la presión combinada de Ichigo, Renji y los demás. Pero antes de ser destruido, pronunció un último susurro:
—El eclipse… será el fin… de todos.
Su máscara se quebró en mil pedazos y su cuerpo se desintegró en la nada, dejando tras de sí un silencio gélido.
Kazui e Ichika, sudorosos y agitados, se miraron con una mezcla de miedo y emoción. Rukia, en cambio, apretó los puños con rabia.
Mientras tanto, en el 11º escuadrón, el capitán sabía que el verdadero desafío aún no había comenzado.
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