lunes, 6 de octubre de 2025

Capítulo 38: Preludio de Guerra

El Seireitei estaba envuelto en un aire extraño. No era solo tensión; era la sensación de que algo mucho más grande que ellos estaba por comenzar.

La reunión de capitanes había terminado, pero la discusión seguía flotando en los pasillos. Escuadrones enteros entrenaban con urgencia, levantando barreras y reforzando los muros espirituales. Las mariposas infernales iban y venían sin descanso, llevando mensajes que olían a guerra.

En el 4º escuadrón, La Maga daba instrucciones a sus tenientes sobre los suministros médicos.
—No subestimen lo que se avecina. —Su tono era sereno, pero firme—. No será como luchar contra hollows comunes. Prepárense como si cada herida pudiera ser la última.

En el 2º escuadrón, Abyss reunía a su división con la precisión de un general.
—No vamos a Hueco Mundo a improvisar. Quiero informes de rastreo listos, rutas de escape, y sellos de ocultamiento preparados. Si alguien cree que sobrevivirá sin disciplina, que se quede en el Seireitei.

El 11º escuadrón, en cambio, ardía con otra clase de energía. Los hombres reían, gritaban y afilaban sus espadas. Tala, con el adorno Kuchiki aún en su cabello, observaba a su capitán en silencio. Él no hablaba mucho, pero la presión espiritual que emanaba bastaba para callar incluso a los más ruidosos. Sabían que su sed de batalla sería el estandarte en aquel viaje. Dejándolo atrás, mientras sabia que tendría que ir a ver a Rukia antes de que todo esto comenzara.

Horas después, en los corredores iluminados por faroles de reishi, Rukia Kuchiki recibió un encargo directo de Shunsui. La orden era simple, pero la llevó a detenerse por un momento.

Tala, que la alcanzó, la miró con cierta curiosidad.
—¿Qué misión te dieron?

Rukia sostuvo el papel en silencio, antes de guardarlo bajo su uniforme. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ver a unos viejos amigos.

Tala arqueó una ceja, intrigada, pero no insistió. Había aprendido a respetar el peso de los silencios de los Kuchiki.

La noche caía sobre la ciudad, bañada en luces cálidas de neón y el bullicio humano que no podía percibir lo que se movía entre mundos.

Frente a una clínica modesta, de ventanas iluminadas y un letrero que decia “Clínica Kurosaki”, una figura se detuvo en la acera.

Rukia, con un viejo Gigai, alzó la mirada hacia el edificio. Sus ojos se endurecieron, como si estuviera conteniendo la mezcla de nostalgia y gravedad que la había traído allí.

—Es hora… —murmuró apenas, antes de dar un paso hacia adelante.

Y con ese movimiento, cruzó la puerta de la clínica, sabiendo que lo que se avecinaba exigiría más que el poder de los capitanes

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