viernes, 7 de noviembre de 2025

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido.

Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo avanzaba entre dunas que latían, contrayéndose con un pulso invisible, como si el desierto estuviera vivo.

A lo lejos, una estructura emergía de la neblina: torres fragmentadas, muros corroídos por la energía espiritual y un cielo rojizo que se doblaba sobre sí mismo.
Era el antiguo, Las Noches, la fortaleza que alguna vez dominó el reino hueco.

Nell levantó el brazo, deteniendo a todos.
—Ahí está… pero algo no anda bien. —Su voz, normalmente vivaz, sonaba apagada—. La arena no debería moverse así.

Ichigo avanzó un paso, el peso de Zangetsu vibrando en su espalda.
—No es viento… es reiatsu.

Kazui e Ichika, un poco más atrás, miraban el horizonte con los ojos entrecerrados.
Entre las torres se levantaban columnas de polvo negro que parecían contener rostros gritando en silencio.

Renji frunció el ceño.
—No es un enjambre… son restos espirituales.

Orihime apretó las manos.
—¿Restos? ¿De quién?

Renji no respondió.
A su alrededor, el suelo comenzaba a vibrar con un ritmo acompasado, como un corazón enterrado bajo kilómetros de arena.

Al llegar al umbral del palacio, el grupo sintió el cambio de inmediato.
El aire, antes árido, olía a humedad y hierro. Los muros estaban cubiertos de inscripciones que parecían moverse bajo la luz.

Y en el trono del salón principal, entre sombras y polvo, Tier Harribel los observaba.
Su cuerpo estaba cubierto de vendas improvisadas, el manto rasgado hasta los hombros. Su respiración era lenta, pero su mirada conservaba la dignidad de una reina.

Nell corrió hacia ella, con una mezcla de alivio y dolor.
—¡Harribel! ¡Pensé que estabas muerta!

La ex-Espada levantó la vista con esfuerzo, sus ojos dorados brillando con cansancio.
—Muerta… hubiera sido más sencillo —murmuró—. El Hueco Mundo ya no me pertenece.

Ichigo se adelantó, deteniendo a Nell con un gesto.
—¿Qué pasó aquí? ¿Quién te hizo esto?

Harribel lo observó por un momento, y en su rostro se dibujó una sombra de sonrisa.
—Tú… siempre llegas tarde, Kurosaki Ichigo.

Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió. Orihime se arrodilló a su lado, desplegando su escudo curativo.
Los anillos dorados flotaron sobre ella, iluminando las vendas manchadas.
El reishi que brotaba de sus heridas era anómalo: inestable, cambiaba de tonalidad, mezclando blanco, negro y rojo.

Orihime se estremeció.
—Esto… no es energía hollow.

Harribel asintió apenas.
—No… esto no es de este mundo.

La sala tembló levemente, y desde las grietas del techo comenzó a filtrarse arena negra.
Kazui la observó caer, notando que cada grano brillaba con una diminuta chispa espiritual.

—Papá… —murmuró—. Esa arena… respira.

Ichigo lo miró, sorprendido.
Y por un instante, creyó escuchar algo: una voz profunda, casi dormida, resonando en el fondo de su mente.

“El diseño… debe recomponerse.”

Ichigo se giró con violencia, espada en mano.
—¿Lo escucharon?

Renji, Rukia y Uryū intercambiaron miradas tensas.
Rukia habló primero:
—Sí. Una voz… como si no viniera de afuera, sino de dentro.

Harribel respiró con dificultad, la piel perlada de sudor.
—Hace semanas que los hollows dejaron de responder a mis órdenes. Primero, solo murmuraban cosas sin sentido. Luego… dejaron de pensar. —Sus ojos se entornaron—. Al principio creí que era una maldición. Pero no… todos escuchamos lo mismo.

Nadie habló.
El silencio pesó como una sentencia.

Finalmente, Ichigo rompió la quietud:
—¿Y qué escuchan?

Harribel alzó la cabeza, y sus labios se movieron apenas.
—Una voz que dice que el mundo debe volver a ser uno.

Renji golpeó el suelo con el mango de Zabimaru.
—¿Y quién demonios puede hacer algo así?

Uryū caminó hacia las columnas de piedra y apoyó la palma.
—Esto… —susurró—. Este reishi es demasiado antiguo. No pertenece a ninguna raza conocida. Ni shinigami, ni Quincy, ni hollow.

Rukia se acercó a Ichigo, la expresión grave.
—Entonces, ¿qué es?

Ichigo no respondió.
Solo miró a Harribel, que cerraba los ojos con un hilo de voz.
—El desierto… eligió un nuevo amo.

Las palabras se deshicieron en el aire como ceniza.

Horas después, mientras el grupo se reorganizaba, el capitán del 11.º escuadrón observaba el horizonte desde una terraza destruida.
El viento levantaba torbellinos de arena negra que parecían arrastrar susurros.

Sus dos zanpakutō, que vibraban suavemente, casi en sincronía.
Sintió una punzada en el pecho. No dolor… sino memoria.
Por un momento, creyó ver —en la refracción de la arena— una figura enorme, de cuerpo incompleto, moviéndose bajo la superficie del desierto.

Apretó los dientes.

“No es un enemigo común… es algo que siempre estuvo ahí.”

De regreso en la sala del trono, Harribel reposaba, mientras Nell vigilaba junto a ella.
Ichigo se acercó y habló con tono firme:
—Descansa. Nosotros nos encargaremos.

Harribel lo miró con un brillo extraño, entre tristeza y esperanza.
—No puedes encargarle nada al desierto, Kurosaki Ichigo.
—¿Por qué? —preguntó él.
—Porque el desierto… ha despertado.

Desde lo alto, el Hueco Mundo parece latir en ondas.
Las dunas se desplazan, formando un espiral casi perfecto alrededor del palacio.
Y bajo ellas, algo antiguo y sin rostro abre lentamente los ojos.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Capítulo 51: Camino a la marea

El grupo quedó enfilado tras la reacción en la arena. Los heridos habían sido atendidos por la Maga e Orihime; los que podían seguir, lo hicieron. La calma era tensa, como la calma antes del mar embravecido. Nell señaló una dirección con el brazo, la voz grave entre la arena:

—Allí está el fuerte de Harribel. Si la estructura madre está aquí, es en esa zona donde más probables son los nodos de conexión.

Abyss asintió y lanzó una orden corta: todos en formación. El capitán del 11.º colocó a sus filas con rapidez; su presencia imponía un ritmo que los demás seguían sin rechistar. Grimmjow y Nell avanzaron al frente como exploradores, seguidos por Ichigo, Uryū, Renji, Rukia, Orihime, Chad, Kazui, Ichika, Abyss, La Maga y el resto del contingente.

Mientras caminaban por la llanura polvorienta, Rukia se acercó a Ichika, que iba fría, aún con la tensión de la batalla pegada al pecho.

—¿Qué pasó hace un momento con Kazui? —preguntó Rukia con calma, mirando discretamente a la chica.

Ichika sintió cómo le subía el calor y se tornó roja como un tomate. Tartamudeó una excusa torpe:

—N-no es nada, mamá. Fue... nada.

Justo entonces, Renji apareció corriendo de la nada, como si lo hubiera llamado el viento,  con la sonrisa burlona, la señaló con el dedo.

—¿Qué pasa aquí? ¿Qué no me cuentan? ¿Qué ocurre con el hijo de Ichigo?

La cara de Ichika se contraía en una mezcla de irritación y vergüenza. Kazui trató de mirar al frente con naturalidad, pero su rubor no pasaba inadvertido.

Ichigo, que venía justo detrás con la respiración fuerte por la persecución del desierto, clavó los ojos en él.

—¿Por qué te miraba así Ichika? ¿Qué hiciste ahora? —preguntó Ichigo con esa mezcla de autoridad y cachondeo paternal.

Orihime, sonriendo y un tanto maternal, intervino antes de que la cosa subiera de tono:

—No es asunto nuestro. Es algo que ellos dos deben resolver.

Ichigo alzó una ceja, enarcando la voz con patente preocupación.

—Si es algo serio, me lo dices y yo lo arreglo.

—Ya no es un niño —respondió Orihime con firmeza, refiriéndose a Kazui—. Debe aprender por sí mismo a comportarse. Si no, Rukia y yo le enseñaremos.

El silencio que siguió a la frase fue ligero y cómico. Ichigo sintió, por primera vez en mucho tiempo, un frío de verdad: no por la guerra, sino por el hecho de que su hijo ya no era tan solo el niño que él recordaba. Rodó los ojos y murmuró algo entre dientes, pero no pudo evitar sonreír.

La formación avanzó con esos sobresaltos domésticos como ruido de fondo. En la delantera, los tres capitanes se reagruparon para discutir la estrategia. Sus voces eran bajas y tensas.

—Si lo que paso en Karakura y aquí está conectado —dijo Abyss—, no se trata solo de un brote aislado. Es un patrón.

La Maga, con su voz mesurada, añadió:

—Los hollows que vimos no se comportan como hollows. Se han convertido en alguna cosa nueva que consume y reconstituye. Si podemos cortar la raíz en varios puntos, quizá evitemos que el proceso se extienda.

El capitán del 11° escuadrón, serio, asintió.

—Necesitamos a Harribel. Si su castillo es el centro, su visión del Hueco Mundo nos dará una pista. Pero si esto ya ha avanzado, puede que no llegue a tiempo.

Nell, que caminaba a su lado, los miró con gravedad. Recordó entonces algo de las leyendas que había compartido con su propio pueblo, y habló con voz justa, sin dramatismo, pero con peso:

—Cuando peleamos en la guerra contra Yhwach, oímos de la antigua división de los tres mundos. Las historias dicen que, en los albores, todo era uno: humanos, hollows, espíritus. El Rey Espiritual separó aquello para preservar la armonía. Su espada estabilizó el equilibrio, y de esa división nacieron los reinos que conocemos.

Silencio. Las palabras calaron hondo.

—Eso existió por una razón —continuó Nell—. Si alguien o algo quiere volver a unirlos, las consecuencias serían... incalculables. No se trata solo de guerras territoriales: se trata de la mismísima línea entre la vida y la muerte.

La Maga tragó saliva y añadió:

—El Rey Espiritual es la razón por la que no sentimos a diario el peso del mundo en nuestros hombros. Si esa barrera se rompe, todo lo que llamamos orden colapsará.

Rukia apretó los labios, mirando al horizonte donde la silueta del fuerte de Harribel empezaba a recortarse.

—Si hay un plan para hablar con Harribel, debemos hacerlo cuanto antes; pero no como visitantes. Iremos con respuestas y, si es necesario, con fuerza.

El capitán clavó la mirada en Nell y dijo con voz baja:

—Nosotros llegaremos a la fortaleza. Esperemos que Harribel aun siga en pie, sino la tomamos a quien este ahí en ese momento. Este mundo no va a caer por inacción.

Nell lo miró con cierta melancolía y luego asintió. No era la primera vez que veían enemigos convertirse en aliados por la necesidad. No era la primera vez que la supervivencia dictaba extrañas alianzas.

El grupo aceleró el paso. En la marcha, entre planes y risas nerviosas, la brisa del Hueco Mundo traía un eco antiguo: un rumor del eclipse que nadie quería oír en voz alta, pero que nadie ya podía ignorar.

Mientras avanzaban, Ichika lanzó una última mirada a Kazui. No era una mirada de miedo, sino de decisión. Aquella conversación pendiente, prometida entre dientes, se acercaba.

En el aire, sobre la llanura de arenas, algo más profundo que la batalla empezaba a despertar: la certeza de que el tiempo para vacilar se acababa. Y una pregunta latente, entre los pasos de todos, resonaba como un latigazo: ¿quién iba a liderar la defensa cuando los tres mundos dejasen de estar separados?

lunes, 3 de noviembre de 2025

Capítulo 50: Ecos en la Arena

 El rugido de los HollowVacío sacudió el desierto. Sus cuerpos serpenteaban entre la arena como gusanos interminables, emergiendo y devorando a todo lo que se movía. El reishi en el aire era pesado, corrupto, imposible de clasificar.

—¡Liberen sus zanpakutō! —bramó el Capitán del 11º escuadrón, desenvainando a Hinomaru en un destello abrasador.

Uno a uno, respondieron al llamado:

Ichigo, con ambas manos, empuñó su Zangetsu cruzándolas frente a sí.

Renji desplegó a Zabimaru como un látigo sangriento.

Rukia hizo florecer a Sode no Shirayuki, levantando columnas de hielo que partían la arena.

Uryū materializó su arco, sus flechas iluminando la oscuridad.

Ichika y Kazui, aunque nerviosos, liberaron sus shikai, decididos a no quedarse atrás.

A su lado, Chad avanzó al frente. El Brazo Derecho del Gigante emergió sólido como hierro, mientras en el izquierdo se encendió el Brazo Izquierdo del Diablo, envuelto en energía abrasadora. Se plantó junto al Capitán del 11º como un muro inquebrantable.

Chad miró al capitán con seriedad.
—Tu segunda espada… ¿por qué la cargas a la espalda? Siento un reatsu muy distinto en ella.

El capitán giró apenas la cabeza, con una sonrisa feroz.
—Esa… es de último recurso.

Chad asintió, comprendiendo, y apretó los puños.

Mientras tanto, en la retaguardia, Orihime desplegaba sus escudos, restaurando miembros mutilados y cerrando heridas imposibles. Su voz temblaba, pero su poder se mantenía firme. A su lado, La Maga y los miembros del 4º escuadrón realizaban un milagro tras otro, arrancando a sus compañeros de las garras de la muerte.
Nell, con fuerza bruta y reishi salvaje, repelía a los HollowVacío que intentaban atravesar las líneas.

El caos era total. Cada vez que un HollowVacío caía, otro surgía de la arena.

—¡Esto es como pelear contra una maldita hidra! —gritó Kazui, jadeando, al cortar por enésima vez a uno de los gusanos.

—¿Qué hidra ni qué nada? —bufó Ichika, fulminándolo con la mirada—. Y luego de esto… vamos a tener una conversación los dos.

Kazui tragó saliva y se quedó callado, esquivando un zarpazo.

Fue Uryū quien respondió, sus ojos fríos calculando cada movimiento.
—A lo que se refiere es que en la mitología griega era una bestia a la que, si le cortabas una cabeza, le salían dos. Pero esto es distinto… —Disparó una flecha y luego frunció el ceño—. Estas cosas no duplican, no se multiplican. Son las mismas… como clones.

Uryū saltó a través de una plataforma de reishi, ganando altura. Desde lo alto, sus ojos se abrieron con alarma.

—¡No es una hidra… es más bien un hongo! ¡Están formando un círculo! ¡Y nosotros estamos en el centro!

El grito retumbó como un disparo.
De la arena emergió una estructura abominable: raíces oscuras que se entrelazaban como venas gigantes, todas conectadas a una máscara central con un orificio en medio. De allí fluía el reishi, unificando a todas las criaturas.

El grupo apenas alcanzó a escapar del círculo cuando la figura completa emergió. Era un monstruo colosal, un enjambre hecho carne, la encarnación del Hueco Mundo retorcido.

Sin dudar, Abyss dio un paso al frente.
—¡Yo me encargo!

Su shikai cortó en silencio, preciso, hiriendo directamente la estructura central. Un alarido gutural sacudió todo el desierto. El HollowVacío comenzó a desmoronarse, deshaciéndose en arena, disolviéndose en la nada como si jamás hubiera existido.

El silencio tras la batalla fue tan pesado como el rugido anterior.

Rukia se acercó a Nell, aún con la respiración agitada.
—Cuando apareció… lo llamaste HollowVacío. ¿Qué significa eso?

Nell la miró con seriedad, muy diferente a su tono habitual.
—Porque eso era. No era un hollow. No del todo. Hay leyendas… de criaturas que dejan de ser hollows, que pierden incluso lo que los hace hollows. Como un Plus que pierde el corazón y se convierte en hollow. Pero estos… estos son hollows que ya no son hollows. Vacíos de todo.

Se quedó en silencio un instante antes de añadir:
—Aizen escuchó hablar de ellos una vez. Se sorprendió… y envió a Arrancars para buscarlos. Pero nunca encontraron nada. Hasta ahora.

La arena volvió a crujir bajo sus pies. Nadie respiraba tranquilo.

El Hueco Mundo no estaba muerto. Estaba despertando.

Capítulo 52: La Fortaleza de la Reina

 El aire del Hueco Mundo se había vuelto espeso, casi sólido. Cada respiración pesaba como si el reishi mismo se negara a fluir. El grupo a...